Nacidas para eucaristizar - Alfa y Omega

Esto sucedió en aquella España. La España de hace un siglo. Aquella España que, al igual que el resto de Europa, vivió la belle epoque primero y los felices años 20 después de la gran guerra. Aquella España que se consideraba católica, inmune a cualquier intento secularizador porque aquella era la España de la gran promesa, la España que había evangelizado medio mundo, la España que en 1919 había sido consagrada al Sagrado Corazón de Jesús.

Sin embargo, aquella España denominada católica mostraba ya hastío. Profesaba una fe que algunos llamarán sociológica. En aquella España lo normal era ser católico, estar bautizado. Pero ¿era realmente católica?

A principios de siglo Azorín echaba de menos un catolicismo recio, como el de santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o fray Luis de León. Miguel de Unamuno dijo entonces que España necesitaba «una honda sacudida, un movimiento entrañable y un movimiento religioso…». Y Antonio Machado denunció lo que consideraba «una religión espiritualmente huera» y hablaba de la muerte del sentimiento religioso en España. Manuel Azaña hizo suyos estos argumentos como arma política contra la Iglesia; así podía justificar una legislación anticlerical que se convertiría en anticristiana, al declarar solemnemente, como dogma laico que había que creer: «España ha dejado de ser católica».

Los obispos españoles tardaron en caer en la cuenta de que algo estaba sucediendo. En los primeros años del siglo XX denunciaron la progresiva secularización que se estaba dando en la sociedad. No era algo nuevo. Desde finales del siglo anterior clamaban contra las llamadas libertades de perdición que el Papa Pío IX había condenado en el Syllabus. Sin embargo, a pesar de las señales de alarma, la realidad se impuso con el cambio de régimen.

A finales de 1931, una vez proclamada la II República, los obispos despertaron. Habían vivido hasta entonces una ensoñación. Había una religiosidad superficial, a pesar de las fiestas religiosas que tenían más de carácter social que de fe recia y profunda. «El espíritu católico –escribían al Papa Pío XI–, no informaba de verdad y con constancia la vida pública».

En aquella España, comenzó su ministerio pastoral un joven sacerdote sevillano llamado Manuel González. Ante el primer sagrario abandonado que encontró, sacó una valiosa lección: «Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré… ¡Este amor no se parece a ningún otro amor!».

Aquel joven sacerdote entendió que no solo había que denunciar el mal que afectaba a aquella sociedad. Era necesario poner remedios. Y la solución a lo que estaba sucediendo solo podía venir de la misma fe. Ese sacerdote vio claramente que, solo recuperando el centro de la vida de la Iglesia, la Eucaristía, el misterio de la fe, se podría no solo recuperar, sino también fortalecer y hacer crecer la vida cristiana.

San Manuel González comprendió entonces la razón de ser de su sacerdocio. «Ser cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo. Emplear mi sacerdocio en cuidar a Jesucristo en las necesidades que su vida de sagrario le ha creado. Alimentarlo con mi amor. Calentarlo con mi presencia. Entretenerlo con mi conversación. Defenderlo contra el abandono y la ingratitud. Proporcionar desahogos a su Corazón con mis santos Sacrificios. Servirle de pies para llevarlo a donde lo desean. De manos para dar limosna en su nombre aun a los que no lo quieren. De boca para hablar de Él y consolar por Él y gritar a favor de Él cuando se empeñen en no oírlo […] hasta que lo oigan y lo sigan […]. ¡Qué hermoso sacerdocio!».

Nació así las obras de las Tres Marías, de los discípulos de San Juan, de los niños reparadores, de los misioneros eucarísticos. Y el 3 de mayo de 1921, la primera comunidad de Misioneras Eucarísticas de Nazaret. Llamadas a recordar la centralidad del misterio eucarístico en la vida de la Iglesia, acompañando a Jesús abandonado en los sagrarios y reparando la falta de amor de aquellos que nos llamamos discípulos del Señor. Nacen como misioneras para anunciar la buena nueva de la salvación que se perpetúa en la Eucaristía, sacramento de caridad. Y realizando esta misión de forma sencilla, oculta, con alegría, como la sagrada familia de Nazaret.

Aquello que sucedió hace 100 años, la intuición divina de san Manuel González ahora es más necesaria que nunca. La pandemia provocó un confinamiento que vació los templos y durante mucho tiempo los fieles fueron privados del alimento eucarístico. Fueron circunstancias extraordinarias que conllevaron medidas también extraordinarias. Sin embargo, aquello que era excepcional, la suspensión de la celebración eucarística, la asistencia a la misa por medios audiovisuales, la falta de comunión eucarística sustituida por las comuniones espirituales…, se está convirtiendo en normal y habitual.

A la pérdida del sentido religioso y transcendente de la vida, característica propia del momento que estamos viviendo, se une la relativización de los sacramentos, especialmente de la eucaristía, como algo de lo que podemos prescindir porque los fieles se acostumbran a ello. Entonces sin el alimento eucarístico, la vida cristiana languidece, la fe se debilita, la esperanza se oscurece y la caridad desaparece.

Y es por esto, por lo que el lema del centenario, Nacidas para eucaristizar, pone en valor la misión de las misioneras eucarísticas y de toda la familia eucarística reparadora en tiempo de pandemia. Expresa que la fuente de donde mana la misión es la Eucaristía, centro y culmen de la vida cristiana. Describe al mismo tiempo el fin de la misión, congregar a todo el pueblo de Dios para que ofrezca al Señor un culto agradable. Y pone de manifiesto que cada misionera eucarística, cada miembro de la familia eucarística y cada cristiano está llamado a convertirse, como dice la plegaria eucarística tercera, en ofrenda permanente.

Es en la Eucaristía y por medio de la eucaristía como habitamos en Cristo y Él habita en nosotros, como escribe san Hilario: «Él está en nosotros por la celebración del sacramento: así se manifiesta la perfecta unidad realizada por el Mediador, porque nosotros habitamos en él y él habita en el Padre y, permaneciendo en el Padre, habita también en nosotros».

Al ser morada del mismo Cristo Eucaristía, al ser transformados en Eucaristía, eucaristizados, somos enviados. Nos partimos y repartimos para ser testigos de este amor que se ha entregado por nosotros. Eucaristizar la sociedad es dar testimonio del amor de Cristo por nosotros. Así por medio de las obras de caridad, de la entrega generosa de la vida podremos llevar a todos, como quería san Manuel González, «al conocimiento, amor e imitación del Corazón de Jesús y, os lo diré, hasta la santa chifladura por Él».