Mis medallas

Colgada del cuello llevo una cadena con una cruz y cinco medallas. «¡Qué exageración!», me dicen algunos. «Elige la que más te guste y deja el resto en casa», añaden. Siempre respondo lo mismo: ni quiero…

Rodrigo Pinedo

Colgada del cuello llevo una cadena con una cruz y cinco medallas. «¡Qué exageración!», me dicen algunos. «Elige la que más te guste y deja el resto en casa», añaden. Siempre respondo lo mismo: ni quiero ni puedo elegir.

La cruz me la regaló Carmen, una amiga de mi familia a la que siempre consideré mi tercera abuela y que tenía una fe a prueba de bombas. Llevo también una medalla de la Virgen de Loreto con un avión en el reverso; perteneció a mi abuelo Carlos, quien además de aviador fue un pozo de sabiduría y un hombre bueno y generoso. Y llevo una medalla con la cruz de San Juan con mi nombre de bautismo: Rodrigo María. Me la trajo mi madre de Menorca y constituye un recordatorio del regalo que me hicieron mis padres al bautizarme. Y del regalo que me hacen cada día con su ejemplo. Siempre han buscado lo mejor para sus cuatro hijos aunque a veces uno no lo entienda. Jamás olvidaré lo que lloré cuando me cambiaron de colegio, pero hoy vuelvo la vista y veo que mi paso por Nuestra Señora del Recuerdo ha sido fundamental: en sus aulas no solo aprendí a pensar, sino que también conocí a mi grupo de amigos para toda la vida, a mi núcleo duro, y me topé con jesuitas que me hicieron (y me hacen) trabajar por mi fe. Lo tengo presente cada día, al ver la medalla que llevo de la Virgen del colegio.

Por último, llevo una medalla del Sagrado Corazón y la Sagrada Familia y otra de la Virgen de Lourdes con Bernadette. Me las regalaron el mismo día: en mi quinta peregrinación con enfermos al santuario en octubre de 2011, justo después de haberme consagrado a la Virgen. La medalla del Sagrado Corazón me la dio el equipo con el que peregrino; la de la Virgen me la dio un gran amigo, que hasta ese momento la llevaba colgada. Con ambas me vienen imágenes de las peregrinaciones con la Hospitalidad de Madrid –algunas junto a un amigo que ya no está– y rememoro las lecciones de vida y fe de personas en apariencia vulnerables. El año pasado no pude sumarme a la peregrinación, pero este necesitaba ir sí o sí. Del 10 al 14 de octubre me enfundaré el uniforme de camillero de nuevo y, a la vuelta, quizá cuente algo en estas páginas. Aunque todavía estáis a tiempo de vivir la experiencia en primera persona, apuntándoos en www.hospitalidadmadrid.es. Si os animáis, más que por la foto que encabeza esta columna, quizá me reconozcáis por el tintineo de mis medallas cuando corro de un lado para otro.

Rodrigo Pinedo