Mi amigo Emmanuel vive en la antigua leprosería, en una pequeña habitación. Cuando llegué a Kanzenze, en octubre de 2009, vivían allí todavía siete personas afectadas por la lepra. Ahora ya solo quedan tres: Emmanuel, Caroline y Louis. La lepra es una enfermedad tradicionalmente ligada a la brujería y a los malos espíritus, lo que hizo que algunas personas, una vez curadas, no pudieran volver a sus familias. Otros fueron abandonados en nuestro hospital que, desde entonces, es su único hogar.

Hogar, familia, amistad, comunidad… son palabras que forman el corazón del Evangelio. Y, entre ellas, la que más me gusta es amistad. Porque Jesús no nos llama siervos sino amigos; porque Jesús está deseando darnos a conocer todo lo que ha recibido del Padre; porque Jesús quiere introducirnos en el Misterio mismo de la Trinidad, que es un misterio de amistad. Por eso, la experiencia de la amistad, tener un amigo, es un tesoro. Perderlo es como la desaparición de un océano, y dejarlo marchar es, como dice Van Broeckhoven, lanzar una perla al mar con el deseo, libre de avidez, de recuperarla en el Misterio de Dios. Para mí, perder a un amigo ha sido una de las cosas más difíciles de este mundo.

A pesar de que la pérdida forma parte de nuestro crecimiento como humanos, cuando acontece no hay nada que la explique ni que le quite el dolor que conlleva. Pero ver marchar a un amigo es a la vez una puerta que se cierra y una ventana que se abre. Isabel Solá, la misionera española recientemente asesinada en Haití, comentaba en un precioso texto, escrito tras el terremoto que devastó el país, que la lección del dolor, aunque no es fácil, nos enseña a ser más humanos y menos ambiciosos.

Es precisamente el dolor de la pérdida lo que más me ha abierto a esa vocación de vivir el amor de amistad de Jesús ahí donde la oscuridad está llamada a volverse luz. Vivir con los más pobres me ha regalado la experiencia de la amistad que no se paga con las cosas de este mundo, sino con el cariño, con la presencia, con la alegría de ser invitada por Jesús a amar a los que son menos amados.

Emmanuel vino el otro día, prontito por la mañana, a regalarme un gallo. El día anterior, Louis, Caroline, Emmanuel y yo habíamos pasado juntos un rato en la leprosería, compartiendo nuestras pequeñas cosas. Emmanuel estaba tan contento de verme de regreso que me dio todo lo que tenía y lo hizo con una gran alegría. La amistad de los pobres es así: siempre te acogen, nunca te rechazan, su puerta está siempre abierta. Como mi amigo Emmanuel. Como el mismo Dios.

Victoria Braquehais
Religiosa de la Pureza de María. Misionera en la República Democrática del Congo