Conservamos en la retina cientos de imágenes de una visita que quedará en la memoria y el corazón de la diócesis y la ciudad de Madrid, y que ha alcanzado una proyección sorprendente tanto por la multitudinaria participación como por los mensajes de un Papa que ha estrenado un pontificado abierto a las grandes cuestiones del presente para proponer el mensaje del Evangelio como faro de humanidad. León XIV ha caminado entre nosotros y con nosotros como un madrileño más y se ha volcado en respuesta a una acogida conmovedora. Desde que el avión aterrizó en suelo español la figura del Pontífice ocupó las portadas de todos los medios y las calles de Madrid comenzaron a llenarse espontáneamente por miles de familias, niños, jóvenes, mayores; un pueblo que esperaba al Papa con ilusión y comunicaba sin tapujos la alegría de su fe.
Una agenda exigente combinó los actos institucionales como jefe de Estado, con el itinerario pastoral plasmado en encuentros cargados de significado y preparados por un entramado de equipos diocesanos que han sabido mostrar el rostro de una Iglesia viva y misionera que quiere responder a las esperanzas, a las necesidades y a los sufrimientos de las personas de este tiempo. En cada acto se quiso ofrecer al Santo Padre un espacio pastoral representativo con sus protagonistas: la fuerza de quienes salen adelante gracias a la acogida y a la solidaridad; la inquietante búsqueda espiritual y de sentido de los jóvenes; la comunidad reunida en torno a la Eucaristía en el Corpus; el diálogo con representantes del mundo del arte, la cultura, la economía y el deporte; la Rosa de Oro en la catedral de la Almudena y la fiesta de la Iglesia que peregrina en Madrid, Getafe y Alcalá. Se cuidó la belleza de los escenarios, la armonía de la música y la pertinencia de testimonios y relatos, así como la producción técnica.
Sin embargo, la acogida al Papa se gestó en cada parroquia, movimiento y asociación laical, en la vida consagrada, en colegios y universidades, en las familias, en todos los que acogieron a peregrinos, en las empresas que colaboraron, en las Administraciones y sus funcionarios, en los miles de voluntarios, con el trabajo de técnicos, periodistas, misioneros digitales, sanitarios, miles de personas que durante meses se dispusieron a ser parte de una gran polifonía a la que el Papa unió su voz. Y entre todos alzamos la mirada y el corazón en alabanza a Dios y como ejemplo de cuánto bien se puede hacer cuando hay voluntad y se trabaja en unidad. La armonía vivida no ha sido fruto de una organización perfecta ni de una suma de actividades, sino de un pueblo reunido por una promesa, la presencia de Jesucristo en medio suyo. Es de señalar el respeto de los madrileños que, sin ser creyentes o sin sentirse parte, se adaptaron a trastornos en el transporte y contribuyeron a que el Papa y el mundo conocieran una Iglesia entusiasta en una ciudad y una región acogedoras, ordenadas, con adecuadas infraestructuras y de gran calidad humana.

Al elegir los emplazamientos para los dos actos masivos, la vigilia con jóvenes y la Eucaristía de Corpus Christi, que acogerían sin límite a quienes quisieran participar, sabíamos que el gran eje central de Madrid en el paseo de la Castellana tenía ese potencial, pero todas las estimaciones fueron superadas por la enorme afluencia de jóvenes en la plaza de Lima, el sábado 6 y de peregrinos, el domingo 7, en la plaza de Cibeles. La ciudad acostumbrada al ruido, a la prisa y al movimiento constantes se transformó en templo a cielo abierto dando lugar al silencio, a la contemplación, a la oración y a la escucha de una voz capaz de recordar que el ser humano no vive solo de la inmediatez, que hay preguntas que ninguna tecnología puede responder y que juntos podemos ser sal de la tierra y luz del mundo.
La presencia tan fecunda del Papa en nuestra diócesis no puede quedar solo en el recuerdo agradecido y en la felicidad compartida durante cuatro días como un evento más; toca recuperar la vida ordinaria dejando espacios para volver a los mensajes recibidos, para compartir los testimonios en familia y en comunidad, seguros de que hemos vivido el paso de Dios por Madrid y por las demás diócesis hermanas: Barcelona, Sant Feliu, Canarias y Tenerife. Pero lo sabremos si somos capaces de vivir como les dijo el Papa a los jóvenes: «Nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad». «Es la virtud que cambia la historia más que ninguna».
Más allá de las fatigas de la preparación y del cansancio por la intensidad de los días, en lo personal conservo una serena paz interior como después de una fuerte experiencia espiritual. Al despedirlo y agradecer su presencia entre nosotros me encontré con la mirada clara y profunda de un Papa de gesto amable, más bien tímido y atento a cada persona, una mirada que trasluce una luz especial con la que dice mucho aún sin palabras. ¡Gracias, Santo Padre!