Manuel Pizarro aconseja a los religiosos ecónomos «no hacer nunca nada que no se pueda contar y explicar»

El ex diputado y ex presidente de Endesa impartió este martes una conferencia en el Instituto Teológico de Vida Religiosa. Pizarro aseguró que el mercado puede ser lugar de encuentro y recordó la importancia de la sostenibilidad de las obras de los religiosos

José Calderero de Aldecoa
Manuel Pizarro, el cardenal Sebastián y Carlos Martínez, director del ITVR. Foto: ITVR

El ex diputado y ex presidente de Endesa impartió este martes una conferencia en el Instituto Teológico de Vida Religiosa. Pizarro aseguró que el mercado puede ser lugar de encuentro y recordó la importancia de la sostenibilidad de las obras de los religiosos

«No hacer nunca nada que no se pueda contar y explicar». Este fue el consejo del ex presidente de Endesa, Manuel Pizarro, a los participantes de la jornada de estudio en torno al documento Economía al servicio del carisma y la misión –recientemente publicado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada– organizada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa (ITVR).

El también ex diputado del Partido Popular, que impartió una conferencia sobre el funcionamiento de la economía y los mercados, aseguró que ese ha sido el principio que «ha regido toda mi vida profesional».

Durante su alocución, Pizarro aseguró que el mercado puede ser lugar de encuentro y recordó la importancia de la sostenibilidad de las obras de los religiosos.

Trabajo y fraternidad

La jornada se celebró este martes 17 de abril en el ITVR y comenzó con una Eucaristía presidida por el cardenal Fernando Sebastián, que centró su homilía en tres claves: trabajo, sobriedad y fraternidad.

El evento contó, además, con las intervenciones de sor Antonia González, Provincial de las Hijas de la Caridad; del padre Jaime Badiola, economista y administrador provincial de la Compañía de Jesús en España; o del padre Ángel de la Parte, ecónomo provincial de los Claretianos, entre otros.

En su conferencia, De la Parte explicó que «las personas consagradas estamos llamadas a ser buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, administradores prudentes y fieles» y eso supone entregarse a la «tarea de cuidar con diligencia aquello que se le ha confiado».

J. C. de A.