Al entrar en la habitación me encontré a Cielo en su cama, mirando hacia la pared y de espaldas a la puerta. La persona que la acompañaba se dispuso a salir y al pasar a mi lado me dijo: «No tiene ganas de hablar». Le di los buenos días, aún de espaldas, y comencé a cantarle Cumpleaños feliz. Cuando se giró para mirarme le dije sonriendo: «Tu amigo Jesús ha venido para felicitarte. Te traigo la Eucaristía». ¡Qué sonrisa tan bonita me dedicó!

Para mi sorpresa, Cielo se puso a hablarme durante más de una hora. Me contó que, a pesar de su enfermedad, nunca había culpado a Dios. «Algunos me preguntan cómo sigo yendo a Misa con lo mal que se está portando Dios conmigo». Me guiñó un ojo y me dijo bajito, como si fuera un secreto: «Cuando veo venir a estas personas saco mi móvil y disimulo como si estuviera hablando».

«Yo también te voy a contar un secreto: que nuestro Dios te quiere muchísimo y que estás en muy buenas manos, porque Él nunca abandona a sus hijos y menos a los que tienen una fe tan viva como tú, así que acabemos dejando que Él se haga uno contigo a través de este sacramento y que tu cuerpo debilitado por la enfermedad recobre por la Eucaristía el rostro y la fuerza del mismo Jesucristo». Después de recibir la comunión, cerró sus ojos, le di la bendición y la dejé con aquella paz que solo pueden entender y encontrar los que como Cielo tienen una fe vivida y una vida de fe.

Por la tarde estaba en la misma postura de la mañana, con cuatro personas en la habitación. De espaldas mirando a la pared y en silencio. Le dije: «Cielo, buenas noches». Giró su cuello: «Qué alegría, has venido a verme. Mira, estos son mis hijos de los que hablamos [una preciosa niña de unos 15 años y un mozarrón de 20]». Comimos un dulcito de los que habían llevado para celebrar el cumpleaños y, al marcharme, me hizo prometerle que iría a la mañana siguiente cuando terminara mi guardia. Así lo hice. Solo estaban su marido y una enfermera. Esperé a que esta se marchara para ponerme al lado de la cama. Me contó que había dormido mal por el dolor de cabeza que había tenido, tan fuerte con el de ahora. Aun así, en silencio, buscó mis manos y las cogió con fuerza para despedirse de mí, diciéndome: «Gracias».

Manuel Lagar
Capellán del hospital de Mérida