Llora el violín por Ennio Morricone - Alfa y Omega

Hace un año nos despertábamos con la triste noticia del fallecimiento de uno de los grandes genios de la música: Ennio Morricone. El maestro italiano, conocido en la historia del cine por componer algunas de las bandas sonoras más famosas, dominaba el arte de combinar sonidos e instrumentos, pero siempre fue discreto y nunca quiso destacar sobre su música y restarle protagonismo a las melodías que salían de lo más profundo de su alma. La humildad fue su principal leitmotiv y a su entierro en Roma solo asistieron sus familiares más íntimos. Poco antes de morir y a pesar de su avanzada edad decía que la mejor composición estaba aún por escribir y un año después de su muerte sus melodías siguen resonando más allá del silencio ensordecedor que deja en el panorama musical y cinematográfico, un hueco muy difícil de superar.

Llora el violín la ausencia de su maestro, como le gustaba que se dirigieran a él, aunque siempre destacó por su sabiduría, sencillez y ausencia de notoriedad ante el público que le seguía en sus conciertos por las plazas más emblemáticas del mundo, como la de San Marcos en Venecia.

Cuando recibió en 2007 el Óscar honorífico a su carrera musical, sabía que era una distinción bastante merecida, entre otras cosas, por la magistral composición que hizo en 1986 de la banda sonora de la película de La Misión, de Roland Joffé. Morricone, que era un católico ferviente, decía que «la música es el único arte real que se acerca verdaderamente al Padre eterno y a la eternidad».

Contó a un periodista cómo partió de tres temáticas para crear la banda sonora de La Misión: la música étnica, representada en el sacerdote tocando el oboe, en un gesto de atraerse la confianza de los indígenas; y la música europea y la música coral, que servía a los indios de cauce de comunicación con los jesuitas. Así como otras de sus melodías anteriores habían sido más incisivas, perturbadoras o dinámicas, con las de La Misión da un giro al sentido de la música en las películas, poniendo el valor de la sintonía en la pantalla incluso por encima de las escenas que visiona el espectador.

El desembarco en el cine

La llegada de Morricone al cine fue algo casual y una respuesta a las peticiones de los directores del momento. A Sergio Leone le conocía del colegio y de ahí surgió su participación en Por un puñado de dólares y El bueno, el feo y el malo. Así, dio vida de nuevo al algo anticuado género wéstern, reproduciendo con pocos y escogidos instrumentos los silencios, sonidos de la América profunda y los silbidos del lejano oeste. Erase una vez América inspira una de sus melodías más reconocidas por la crítica.

Sus composiciones reproducían en muchas ocasiones sonidos de la vida cotidiana, pero también daban sentido al cine de terror con melodías más inquietantes, perturbadoras y rompedoras. Siempre reconoció que nunca se negó a intentar componer la música que le pedían los directores y que nunca se atrevió a formular un juicio sobre la misma hasta que estuviera montada con las imágenes y la escuchara el director: «No podía asumir toda la responsabilidad ni menos aún imponer mi música».

Cuenta Morricone en una de sus entrevistas que al terminar la banda sonora para la película Átame, Almodóvar se quedó en silencio y nunca supo si le había agradado su trabajo. La banda sonora de la película de Tarantino Los odiosos ocho le llevó a la cumbre de nuevo en la gala de los Óscar en 2015. Morricone no escondía tampoco su predilección por las voces femeninas, a las que consideraba en esencia más poéticas. Prueba de ello fue el disco que grabó con Dulce Pontes, en el cual la artista pone voz a unas melodías muy difíciles de superar por su intrínseca calidad musical.

«Todas las partituras son hijas mías» dirá como sinónimo de precaución de que nadie menospreciara ninguna composición ni la comparase con alguna otra de sus obras maestras. Aunque amaba los conciertos e interpretar su propia música, siempre reconoció que en sus inicios la música del cine le acabó dando una fama mundial detrás del telón mucho más notoria de lo que nunca imaginó le brindaría el séptimo arte. Para él incluso una escena sin diálogo entre personajes y tan solo con música era capaz de transmitir una fuerza increíble.

A pesar de su gusto por Bach, entre otros grandes compositores de música clásica, rompía los moldes tradicionales del género. El concepto de inspiración era para él algo viejo y romántico, y la voz humana la primera de las melodías. Creía con gran convicción en el trabajo, más que en la inspiración. Diría que esta no existe, que representa tan solo el 1 % del total, frente al 99 % de la transpiración.

Redescubrir el tiempo e intensificar los afectos

Ennio, el genio salió siempre de su palacete romano de Piazza Verona como un gladiador con los gritos, silbidos y el sudor propio del luchador romano. En toda su carrera había trabajado en más de 500 películas, resultado del trabajo infatigable del compositor día a día y de la experimentación. «Si uno está parado, las ideas no surgen» diría. Si de algo se arrepentía era de haber robado tiempo a su familia, en especial a María, su venerada esposa, algo que sí pudo hacer los últimos días de su vida gracias al confinamiento: «Ahora no es el momento de componer, si no el de redescubrir el tiempo, la calma e intensificar los afectos».

Quizá la música del maestro fuera en realidad un intento de su genio creador de no solo elevar el espíritu y descubrir la belleza de la creación, sino también de que nos descubriéramos a nosotros mismos: «Al acabar la película, tengo que decir que en realidad me identifiqué con cada persona de la película: el feo, el bueno y el malo. Sin profundizar demasiado, todos tenemos eso en nosotros, todos tenemos el potencial de ser cada uno de esos».

Esperamos que la discreción que manejó en los escenarios a la hora de coger la batuta sea fuente de inspiración para todos, no solo para los músicos sino también para los espectadores. Y que cualquier persona al tocar, escuchar y revivir de nuevo sus melodías sienta que el violín derrama lágrimas, lágrimas de pena pues, aunque lo sigue buscando, no encuentra al maestro que le escriba la última partitura.

Inés Ceballos