La verdadera realidad de la Iglesia, recuperada - Alfa y Omega

La verdadera realidad de la Iglesia, recuperada

ENTREVISTA / «He tenido el privilegio de asistir a las últimas jornadas del Concilio Vaticano II, es decir, de su tercera sesión, que terminó el 21 de noviembre de 1964. Ninguna información puede suplir la visión directa de las sesiones del Concilio; ningún texto equivale a los discursos, pronunciados en latín con todos los acentos del mundo, con la voz y el gesto de los distintos Padres conciliares; ninguna crónica sustituye a la visión de las naves de San Pedro, con el enorme baldaquino de Bernini y los dos mil cardenales, arzobispos y obispos, púrpura y morado, en sus escaños…»: así escribía don Julián Marías en un largo ensayo, Panorama desde el Concilio, publicado ese mismo año 64, y recogido en el número 31 de la colección Alianza, en el 67, posteriormente reeditado en Problemas del cristianismo

Leticia Escardó
La basílica de San Pedro, durante el Concilio Vaticano II

Don Julián Marías, en aquel ensayo hablaba usted que veía libertad, gozo y esperanza en la Iglesia; cuarenta años después, ¿cómo ve el panorama?
La primera enseñanza de mi asistencia al Concilio fue constatar que la Iglesia no era lo que parecía, lo que oficialmente figuraba como ella; la Iglesia era mucho más abierta, mucho más libre, tenía afán de libertad precisamente y con un espíritu verdaderamente religioso. En ese sentido, creo que el Concilio fue algo valiosísimo: recuperar la verdadera realidad de la Iglesia. Dejó un germen de renovación y de vitalidad que yo confiaba iba a continuar. En cierto sentido así ha ocurrido, pero ha ocurrido también un factor negativo que es el siguiente. Poco después de concluir, en los años inmediatamente siguientes al Concilio, empezó a haber una preocupación social y política mayor que religiosa. Entonces se multiplicaron encuentros, diálogos, reuniones, en los cuales yo no creo mucho. Entonces se hizo un planteamiento menos religioso. Y, por tanto, menos personal. Más social y político, considerando diálogos entre ideologías, funcionando la religión como una ideología política, lo que no es. Y esto frenó el efecto profundamente vivificador y personal que representó el Concilio. Se han mezclado las dos tendencias; hay un grado mayor de amplitud y libertad en la Iglesia -sin duda ninguna-, pero no es total. Convive con la aproximación a las cuestiones político-sociales desde una pseudoideología, produciéndose una omisión de los planteamientos religiosos intelectuales.

De vez en cuando se ven renovaciones fecundas. Pero otras veces se ve actuar el planteamiento económico-social-político. Por ejemplo, el abuso de la palabra teología -que es la ciencia de Dios-, mezclada con otros términos, para hablar de la teología de la liberación, de la teología del trabajo… Mantengo la esperanza, porque sigue vivo lo fecundo y creador. Hoy mismo he tenido una experiencia muy aleccionadora en este sentido. Porque gran parte de la Iglesia se está ocupando de problemas vivos, actuales, apasionantes, pero desde una perspectiva religiosa. Ha habido una adulteración del Concilio, pero no se ha perdido el espíritu vivificador.

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Hablemos del famoso concepto del aggiornamento, ¿está hoy la Iglesia puesta al día?
Bastante. Sí. En el Concilio sucedió algo extraordinario, fue poder contar, medir, constatar la realidad de la Iglesia. La imagen real de la Iglesia, que había vivido a la defensiva, con un espíritu de asedio o contraofensiva, no se correspondía con la vitalidad presente que estaba allí. A mí me produjo mucha impresión. La opinión de la Iglesia era sólo la de algunos eclesiásticos. Por un tecnicismo no se votó el esquema de la libertad religiosa, cierto, pero fue aclamado.

Decía Jean Guitton que él oía dos voces en el Concilio, una la de aquellos Padres que tienen profundamente arraigada la preocupación por tutelar el depósito de la fe, que representaría el eje vertical, y otros que, aun sintiendo igual, proponen una visión más actual de los problemas, más amplia, que representarían el eje horizontal, y que ambos ejes, para ser fieles al mensaje de Cristo, deberían cruzarse a la altura del corazón. ¿Ha prevalecido un eje sobre otro?
No lo podría decir. La risa va por barrios. Depende. En todo caso, esta idea es un esquema, esquemática. Lo que yo viví fue la formación de un nuevo consensus en el seno de la Iglesia como realidad humana. Hablé entonces de la alegría que dominaba el Concilio, del gozo que se respiraba al ejercer la libertad. Dije entonces: «Se podría pensar desde fuera que el Concilio va haciendo ciertas concesiones, se va adaptando a las nuevas circunstancias, va cediendo a las presiones de una sociedad que, en buena parte, se había enajenado del catolicismo, del cristianismo en su conjunto y aun de toda religión. Creo que esto sería una descripción enteramente equivocada y desorientadora. El Concilio no va aceptando a regañadientes y desde fuera la enorme transformación a la que estamos asisitiendo; yo diría que la está gozando, que se está sintiendo renancer. ¿A qué? A la autenticidad histórica. Creo que cada día que pasa es menos difícil, para los dos mil hombres que se sientan en las naves de San Pedro, armonizar su vocación y deber de prelados de la Iglesia católica con su irrenunciable condición de hombres de la segunda mitad del siglo XX. Espero que esto redoble la fecundidad de su sacerdocio y de su magisterio». Yo creo que algo fundamental en el mantenimiento actual del espíritu del Concilio es la pervivencia del Papa Juan Pablo II, un hombre con un conocimiento profundo del pensamiento actual, muy de su tiempo y profundamente religioso.

En todos estos 40 años, ¿se han producido muchas adherencias histórico-sociales al espíritu conciliar?
Se ha desprendido de muchas. Pero se han adherido otras. Son ineliminables. ¿Por qué no se pueden eliminar? Porque son inseparables de la condición humana. Pero hay que distinguir. Hay que advertirlas. Yo recuerdo que hace algunos años, hablando con unos misioneros, me contaban su labor en África, algunos querían convertir a los infieles no ya a la religión católica, sino a las costumbres de sus madres, fuesen navarras o escocesas. Y la religión no es eso. Aquello eran adherencias histórico sociales. Pero, hace muchos menos años, oía contar la labor de otros misioneros, también en África: hacían pozos, escuelas, dispensarios…, todo menos convertir a la fe. Esto les parecía intrusismo en su libertad. Entonces yo me preguntaba: ¿Y por qué no mandar para hacer esta labor a maestros, médicos, peritos agrícolas, que sin duda la harían mejor? También esto son adherencias histórico-sociales. Yo creo que hay que llevar el conocimiento de la religión cristiana con el testimonio y el ejemplo personal a todos los que no la conocen, para hacer que esta forma de vida sea algo atractivo para aquellos que no la conocen, y dejar que cada cual libremente la acepte o no. Pero sin renunciar al anuncio evangélico.

Una reunión preparatoria del Concilio. En la mesa, segundo por la derecha, monseñor Casimiro Morcillo que fue Subsecretario del Concilio

Hace cuarenta años, ¿le parecía, don Julián, que el mayor problema de la Iglesia era la falta de libertad?
Me parecía la inadecuación entre la realidad vital de la Iglesia y su imagen. Lo que daba el tono, lo que pasaba por ser la representación de la Iglesia, no se correspondía con la realidad. Cuando se empezó a contar a los miembros que estaban en el Concilio y lo que representaban, entonces se percibió la verdadera imagen, abierta, con ansias de libertad religiosa, porque sin libertad no hay religión. La fe es un don, es una gracia, que no se puede imponer, que se tiene o no se tiene. Se puede fomentar, pero no se puede imponer.

Y en este momento, ¿cuál sería a su juicio el mayor peligro para la Iglesia?
Yo creo que aquella actitud liberal se ha abierto camino. Que está bien. El mayor peligro actual para la Iglesia es la indiferencia. No solamente me refiero a la indiferencia religiosa, sino a la indiferencia personal. Se ha difundido un concepto exclusivamente biológico de la persona. Hay un gran número de personas que creen que cuando una persona muere, se acaba todo. No hay nada más. Por tanto, no siente esperanza ni responsabilidad. Esto sí me parece grave.

¿Se contempló la indiferencia en el Concilio?
No. No la había, allí había muchísimo entusiasmo.

¿Haría falta otro Concilio, el Vaticano III?
No sería fácil. Para empezar, en el Vaticano II se hablaba en latín, ¿en qué lengua se podría hablar hoy? Pero han pasado pocos años. Permanece vivo aún el espíritu conciliar, pese a los desfallecimientos, y gracias a la pervivencia histórica de Juan Pablo II.

¿Y después?
¡Ah!, después…, el Espíritu Santo decidirá.