La historia de Lolo - Alfa y Omega

La historia de Lolo

Anabel Llamas Palacios
Ilustración: Elena de la Cueva

A veces, cuando pensamos en un santo, se nos viene a la cabeza un religioso, o alguien que vivió hace muchos años. ¿Pero a que jamás pensaríamos en un periodista en silla de ruedas, simpático, bromista, chistoso… y, claro…, muy amigo de Jesús? Bueno, pues la persona de la que vamos a hablar es hoy Siervo de Dios, y eso es el paso intermedio que tiene la Iglesia para declarar a una persona santa. ¿Queréis saber su historia?

Hace ochenta años, nació en un pueblo de Jaén que se llama Linares un bebé al que llamaron Manuel, Manuel Lozano Garrido. Con el tiempo, sus amigos le llamarían Lolo. ¿Bonito, verdad?

Era un niño como los demás: le encantaba el fútbol, coleccionaba cromos, y tenía un montón de hermanos: María, Agustín, Expecta, José María, Antonio Luis y Luci. Con todos ellos jugaba al teatro y le encantaba subirse a los árboles. Era muy feliz, pero con tan sólo seis añitos le pasó una cosa muy triste…, y es que su padre se fue al cielo, dejándole con su madre y sus hermanos. Vivió a partir de entonces en casa de su abuelo, que le enseñó muchas cosas de Dios. Lolo, como casi todos los niños de su edad, hizo la comunión y se confirmó, pero cuando él tenía 15 años se fueron también al cielo su madre y su abuelo. Ahora sí que se quedaba bastante solito. Fue su hermana mayor, entonces, quien tuvo que hacerse cargo de él. Estaréis pensando que la vida de Lolo no fue fácil desde el principio, ¿verdad? Pero es que Lolo contaba con una ventaja estupenda y es que quería mucho a Dios, y sobre todo sabía lo mucho que Dios le quería a él, con lo cual podía soportar cualquier prueba porque nunca se sentía solo.

Cuando comenzó la guerra civil española, Lolo era muy jovencito: tenía sólo 16 años, y a los 17 le mandaron al frente. No fue una experiencia fácil; sin embargo, sólo estuvo un año porque se puso enfermo de fiebres reumáticas. ¿Sabéis qué es eso? Pues que te duelen todos los huesos mucho.

Lolo se puso a estudiar Magisterio por las noches, porque por el día trabajaba en una tienda de telas para ayudar a su familia. No era un chico que se quedara parado: visitaba enfermos, daba catequesis en el barrio más pobre de Linares y también hacía visitas a la gente que estaba en la cárcel. Y además de todo esto, le encantaba jugar y reirse con sus amigos, y les hacía muchas bromas. Estudiaba, trabajaba, y siempre tenía a Dios presente en su corazón.

Pero su enfermedad de los huesos no le abandonaba, y a los 23 años ya tuvo que quedarse en una silla de ruedas. Tenía muchas dificultades para moverse, pero como tenía tantos amigos, la gente le iba a visitar a casa, porque escuchaba muy bien sus problemas, y sabía dar buenos consejos. Eso sí, nunca se quejaba de su enfermedad. Siempre estaba alegre y contento. Lolo no se podía mover, pero tenía una gran belleza de corazón que le hacía atractivo a los ojos de toda la gente que le conocía.

Desde los 23 años, hasta que se murió, con sólo 51 años, Lolo estuvo postrado en una silla de ruedas. Pero eso no le impidió hacer todas las cosas que hizo. Como ya no podía visitar enfermos, decidió escribir cuentos y artículos para los periódicos. Se le dio tan bien, que recibió numerosos premios por ello. También esto lo hizo con mucho esfuerzo: al principio escribía con la mano. Luego tuvo que cambiar de mano porque el brazo derecho se le quedó inmovilizado. Después se ató el lápiz a los dedos; lo intentó también con una máquina de escribir que le regalaron, y, al final del todo, grababa sus pensamientos en un magnetofón. Y la grabadora recogió nada menos que más de 300 artículos y 9 libros. ¡Impresionante!, ¿verdad?

Tú también puedes hablar con Lolo y contarle tus cosas. Era muy bueno escuchando. Seguro que un ángel cartero llevará tus pensamientos hasta Lolo en el cielo.

Al final, el 3 de noviembre de 1971, el Señor se llevó a Lolo con Él. Se fue poquito a poquito, mientras rezaba un Padre Nuestro junto a un amigo suyo. Pero siempre está ahí, para ti. Recuérdalo. Lolo amaba a Dios, y sabía muy bien que mucho más, infinitamente más, Dios lo amaba a él.