El destino reservó funciones distintas a los católicos Konrad Adenauer y Helmut Kohl: al primero le incumbió la tarea moral de volver a levantar un país en ruina; al segundo le correspondió realizar una rectificación de la historia –la unificación– y una aceleración de la misma a través del impulso a la construcción europea. Sin embargo, les une el hecho de haber sido dados por amortizados antes de cambiar el devenir de los tiempos de forma irreversible.

El ascenso de Kohl fue el de un burócrata gris que gestionó con eficacia pero sin brío el land de Renania Palatinado hasta que fue designado candidato de la Unión Cristiano-Demócrata (CDU) de cara a los comicios de 1976. Fue derrotado por el socialdemócrata Helmut Schmidt. Dijo entonces el líder bávaro Franz-Josef Strauss: «Kohl nunca será canciller, es totalmente incapaz de serlo: le falta el carácter, el espíritu y la capacidad política». El aludido calló, si bien conservó el control de la CDU. Cuatro años después el vapuleado en las elecciones federales fue el propio Strauss.

La suerte empezó a sonreír a Kohl cuando el Partido Liberal rompió su coalición con los socialdemócratas y le encumbró a la cancillería mediante una moción de censura. El nuevo canciller, tal vez en un ejercicio de autoestima, disolvió el Bundestag para ser legitimado por el voto popular. La jugada le salió redonda. Durante este primer mandato, cuyo símbolo principal fue su foto cogido de la mano con François Mitterrand en Verdún, Kohl torció el cuello al mantra pacifista –los SS 20 acechaban el territorio germano– y potenció el poderío económico de Alemania al tiempo que el país alcanzaba sus mejores niveles de bienestar. Así se cumplió uno de los objetivos originarios de la CDU, inspirado en la doctrina social de la Iglesia.

Algunos compañeros de partido estuvieron a punto de arrebatarle el liderazgo a principios de 1989: le reprochaban su falta de iniciativa. No tardarían en arrepentirse. Por segunda vez, gracias a la caída del Muro y a la unificación, el destino rescató a un Kohl que supo estar a la altura. ¿Cómo? Apostando por la Alemania europea en vez de la Europa alemana, exactamente lo que querían Adenauer y otros dos católicos, el italiano Alcide De Gasperi y el alemán Robert Schuman, los mismos que, animados por su fe, impulsaron el ideal europeo.

José María Ballester Esquivias