Solo un intelectual de primer nivel podía ser capaz de escribir un sólido y profundo tratado sirviéndose de la fina ironía. Jean Guitton lo consiguió a través de Mi testamento filosófico, en el que pone forma y contenido a su propio entierro a través de diálogos con personajes a los que trató –san Pablo VI o el general Charles de Gaulle– con otros a los que por obvias razones biológicas no pudo conocer, como El Greco, Dante Alighieri o Blaise Pascal. Y lo hace con un doble objetivo: explicar con rigor al gran público las grandes cuestiones de la existencia a través del hilo conductor que siempre guió la suya: la fe incondicional en Dios y en la Iglesia. Pero no lo hace como lo haría un moralista rígido, sino como un pedagogo. Un estilo que se percibe nítidamente en su conversación. Cuando el matemático convertido en filósofo le pregunta por la indiferencia religiosa de nuestro tiempo, Guitton responde que el hombre «es al mismo tiempo un animal religioso y un animal materialista. Es naturalmente religioso y naturalmente materialista. Por lo que tiene tendencia a fabricar materialismos religiosos y religiones materialistas». Guitton prolonga este argumento cuando Pascal quiere saber su opinión acerca de la agresividad antirreligiosa, otro de los rasgos característicos de hoy en día. Guitton articula su respuesta en dos partes. En primer lugar, que es «menor que en su juventud» (nacido en 1901, vivió la dura puesta en marcha de la laicidad a la francesa) para puntualizar a continuación que dicha agresividad se explica de la misma manera que la indiferencia: «El hombre está resentido con Dios por no estar a la altura de los técnicos. Se siente humillado por haberse visto obligado a pedirle antaño lo que hoy podemos conseguir nosotros mismos», por lo que «ya no soporta la idea de un ser superior, en el que ya no ve la utilidad material».

Estas frases contundentes, sencillas, comprensivas a la vez que reafirman claramente las verdades de la fe, se bastan a sí mismas para explicar por qué Guitton es uno de los pilares de la intelectualidad católica contemporánea y por qué san Pablo VI hizo de él uno de sus interlocutores de referencia. Lo cual no significa que Guitton estuviese libre de todo reproche: sus coqueteos durante la Segunda Guerra Mundial con el régimen de Vichy o su imprudencia al colaborar con científicos de dudosa credibilidad como los hermanos Bogdanoff mancillan levemente su trayectoria. Mejor quedarse con el grueso de su obra, en la que destaca Mi testamento filosófico.

José María Ballester Esquivias