John Allen ha sido uno de los periodistas en lengua inglesa más influyentes en la información sobre la Iglesia, además de un autor prolífico. Su columna semanal The Word from Rome, en el National Catholic Reporter, inauguró una nueva época en el periodismo religioso: muchos esperábamos con interés esos textos a la vez informativos y analíticos, que lograban hacer comprensibles y atractivos incluso los debates teológicos o canónicos más complejos, gracias a una insólita mezcla de profundidad, humor y amplitud de miras. En los textos de John nada era blanco o negro, no había buenos ni malos; sus crónicas eran el reino del matiz y de la pluralidad de voces. En el fondo latía algo que él llevaba muy dentro: entendía la comunicación como el deber de crear comunidad, no solo —ni principalmente— como transmisión, y mucho menos como lucimiento personal.
John era una persona comunitaria. Creía en el periodismo como una fuerza de bien, de verdad y de unión. Su profesionalidad lo llevó a publicar no pocas scoops importantes e incómodas, como es propio de quien nace periodista, pero entendía también esos momentos como servicio: el servicio que acaba prestando quien ama la verdad y busca comprender a los demás. He visto personalmente, en varias ocasiones, que en esos casos John terminaba siendo amigo y asesor informal de la persona sobre la que había tenido que escribir algo doloroso o difícil de contar. Nunca dejaba a nadie en la estacada. Como ha escrito Elise, su compañera de vida y trabajo en los últimos años, John tenía un lema que no traicionó ni una sola vez: «Nunca reduzcas a alguien a su peor momento».
Esa misma pasión del Reporter la puso después en Crux, el portal católico especializado que dirigió hasta su fallecimiento y que es desde entonces un punto de referencia indiscutible para la información católica en lengua inglesa. Muchos lo conocen también por sus podcasts y por su trabajo durante 20 años como analista vaticano de la CNN. Con motivo del último cónclave decidió interrumpir momentáneamente las sesiones semanales de quimioterapia para poder cubrir esos días desde la CBS. Sacando fuerzas de donde no las había, pudo dar la noticia de su vida, pocos meses antes de morir: la elección del primer papa estadounidense, el cardenal Robert Prevost, como León XIV.
Sí, el mismo cardenal Prevost para quien, poco antes, había cocinado un buen plato de spaghetti all’amatriciana en su casa del barrio de Prati, junto a su amada esposa Elise. Esa misma casa en la que nos reuníamos con frecuencia sus amigos romanos: laicos y religiosos, de todas las instituciones y de ninguna; de todas las sensibilidades; de izquierdas, de centro y de derechas. Siempre con su atención a la buena comida y al buen vino, que para él eran otro signo importante de la catolicidad: la religión del banquete y de la comunidad, del abrazo y de la acogida, que rehúye visiones demasiado estrechas o ideológicamente marcadas.
John ha sido un gigante de la información religiosa. Al preguntarme por qué, me vienen a la cabeza algunas de sus lecciones.
Presencia. John Allen era un periodista de presencia: no solo de escritorio, sino de territorio. Iba a los lugares, hablaba con mucha gente, escuchaba todas las voces. En los treinta años en que compartimos las calles de Roma, podías encontrártelo en congresos especializados sobre derecho canónico, teología, filosofía o historia de la Iglesia. Le interesaba comprender el fondo de los debates y entender las distintas posiciones. La mayoría de las veces no publicaba nada, pero ampliaba su mirada. Todo eso hacía que sus textos rezumaran una visión profunda y poliédrica de la realidad, lejos de soluciones binarias. Como un buen director de cine que dedica semanas a una escena de un minuto, John consideraba todo esto parte de su trabajo, un requisito necesario para hacerlo relevante a los demás.
Relación. Era habitual verlo en restaurantes de Roma conversando con un historiador, un cardenal, un profesor o un religioso, aprovechando cualquier contexto de diálogo y amistad para conocer mejor a las personas. Escuchaba mucho, y por eso sus crónicas eran capaces de abarcar tanto en tan poco espacio. Tenía amigos y fuentes de todas las sensibilidades eclesiales: se entendía con muchos y llegaba a las personas más allá de su encargo institucional, hasta llegar al núcleo y de la verdad de cada uno.
Precisión. Prestaba extrema atención al dato. No conozco otro periodista que haya publicado tantas correcciones y fe de erratas. Para él era fundamental que, si un dato no era correcto, se aclarara públicamente, y no tenía ningún reparo en hacerlo, a veces con un fino sentido del humor. Siempre confirmaba los datos; doy fe de ello desde el otro lado de la profesión durante casi treinta años.
Claridad. Fue un gran intérprete y explicador de la Iglesia, capaz de utilizar metáforas deportivas, culinarias, culturales o cinematográficas que iluminaban la comprensión de los hechos. Muchas veces era una frase de los Simpson (¡tenía miles memorizadas!). Se dice que la metáfora es a menudo el mejor modo de explicar la realidad, y él fue un narrador extraordinario, un verdadero storyteller, algo que —según me contó— aprendió de su abuelo.
Foco. Era fascinante verlo trabajar: se aislaba por completo, ya fuera en un avión o en cualquier otro lugar. Mientras estaba con la noticia, estaba totalmente inmerso en ella; y en cuanto terminaba, reaparecía su enorme capacidad relacional, como si saliera de un túnel. Este foco también le permitió escribir numerosos libros que compitieron en librerías de todo el mundo y solían figurar en los rankings de literatura católica junto a los de Scott Hahn y George Weigel. Entre ellos alcanzaron gran difusión su biografía de Benedicto XVI, su documentado libro sobre el Opus Dei, su conocido Cónclave, así como otros sobre la estructura del Vaticano (All the Pope’s Men) o sobre el papa Francisco. Puso mucha ilusión en otro libro sobre la persecución religiosa en el mundo (The Global War on Christians), que, en mi opinión, aún está por descubrir.
Generosidad. Daba lo mejor de sí mismo con sus colaboradores y era extremadamente generoso con sus compañeros de trabajo, como lo era en sus banquetes: hacía siempre comunidad. Hoy hay muchos periodistas especializados que le deben mucho. Pienso, sin duda, en su esposa Elise Harris, pero también en otros como Stacy Meichtry (The Wall Street Journal), Inés San Martín (The Pontifical Mission Societies), Christopher White (National Catholic Reporter), Filipe Domingues (O Estado de S. Paulo) o toda la actual plantilla de su Crux, formada por jóvenes periodistas que han tenido en él una gran escuela.
Creo que las crónicas de John Allen y sus libros serán, con el tiempo, un material extraordinario para redescubrir el valor del periodismo con mayúsculas. Merecerían ser objeto de una tesis doctoral como ejemplo de lo que significa el periodismo especializado bien hecho: riguroso, informado, honesto, divertido y profundamente respetuoso con la complejidad de la realidad.

Cuando hace unos días fui a despedirme por penúltima vez, le llevé uno de sus amados tiramisú, que ya no pudo tomar por las dificultades para deglutir; al menos lo pudo disfrutar su querida Elise. «Thanks, my friend», decía, mientras hacía el gesto de no poder. Los volverá a tomar en el paraíso (donde estoy seguro de que ya habrá recibido el abrazo del Padre y de sus padres: se había preparado bien para ello). Tiramisú y su famoso licor de hierbas Canaja, que compartía con tanta generosidad con sus muchos amigos en la terraza de su casa romana.
Una palabra sobresale sobre todas en el funeral de John Allen, el pasado 26 de enero: amistad. «Thanks, my friend» fue el sentir de los cientos de amigos que llenaban la basílica: colegas de profesión, amigos de Roma, fuentes… e incluso varios de quienes habían sido objeto de informaciones incómodas, pero siempre tratadas con honestidad. Porque para John lo primero era la persona, la comunidad, y eso daba sentido al periodismo, a su Periodismo. Gracias, John, por tus lecciones de periodismo, y por haber vivido «para la comunidad».