Benedicto XVI toca el corazón de la tierra de la libertad
Con palabras y gestos, Benedicto XVI ha tocado el corazón de los estadounidenses. Los medios de comunicación han seguido su Visita minuto a minuto, y todos sus interlocutores han quedado conquistados…
El octavo viaje apostólico internacional del Papa fuera de Italia ha estado repleto de elocuentes gestos. Comenzaron el 16 de abril, con la fiesta de cumpleaños por sus 81 años que Bush ofreció al Papa en los jardines de la Casa Blanca, junto a 9.000 personas, que ofreció unas imágenes del todo inéditas. A esto hay que añadir las imponentes Eucaristías que celebró Benedicto XVI en estadios de béisbol de la capital y de Nueva York. Tampoco ha pasado desapercibida la visita del Santo Padre a una sinagoga en la Gran Manzana, la ciudad con la mayor comunidad judía fuera de Israel. Ni mucho menos su encuentro privado con víctimas de abusos sexuales cometidos por representantes de la Iglesia. Cabe también resaltar el gran silencio en la Zona Cero, en el cráter de las torres gemelas, y la oración por las víctimas de los atentados del 11 de septiembre…
Antes de la peregrinación apostólica, según constataba el vaticanista estadounidense John Allen, la opinión pública de este país apenas sabía tres cosas de él: «Es más bondadoso de lo que se esperaba cuando fue elegido, ha tenido un problema con los musulmanes, y viste mocasines rojos de Prada» (y esto de la marca, resaltaba Allen, ni siquiera es cierto…). En una semana, la percepción ha cambiado totalmente. Benedicto XVI conmovió a la nación cuando se encontró en Nueva York el 19 de abril con más de 20.000 jóvenes y descendió del palco para tomar de la mano a una muchacha de color, respondiendo a su saludo. Después, apoyó su frente sobre la de la chica, y ambos se echaron a reír. Cuando llegó a esa ciudad para dormir en la Nunciatura vaticana ante las Naciones Unidas, no se resistió a los cantos de unos centenares de jóvenes y bajó a saludarlos después de cenar. Y todo esto a pesar de que las medidas de seguridad eran superiores a las que se despliegan para proteger al mismo Presidente de los Estados Unidos.

Pero en la opinión pública no sólo han cautivado sus gestos, sino que también ha logrado crear química con su mensaje. En la tierra de la libertad, prácticamente todos sus discursos han servido para penetrar en el sentido profundo de esta esencial dimensión humana, que no puede estar disociada de la verdad, ni de la responsabilidad. «La libertad no es sólo un don, sino también una llamada a la responsabilidad personal», le dijo a Bush en la ceremonia de bienvenida en la Casa Blanca. «La defensa de la libertad es una llamada a cultivar la virtud, la autodisciplina, el sacrificio por el bien común y un sentido de responsabilidad ante los menos afortunados. Además, exige el valor de empeñarse en la vida civil, llevando las propias creencias religiosas y los valores más profundos a un debate público razonable. En una palabra, la libertad es siempre nueva».
En este contexto, el Papa presentó su propuesta de forma sumamente atractiva para un estadounidense. Ante Bush, citó el discurso de despedida del presidente Washington, quien consideraba que «la religión y la moralidad son soportes indispensables para la prosperidad política». De hecho, el inquilino de la Casa Blanca le agradeció el que, en estos tres años de pontificado, que el Papa cumplió en Estados Unidos, se haya convertido en la conciencia moral de la Humanidad para superar el relativismo moral, que niega la existencia de valores morales objetivos.
Libertad y verdad
Pero cuando más claramente desarmó su mensaje a los estadounidenses fue cuando supo transmitirlo a partir de su propia experiencia en sus años de juventud: «Fueron arruinados por un régimen funesto que pensaba tener todas las respuestas», que lo invadió todo. «Declaró proscrito a Dios, y así se hizo ciego a todo lo bueno y verdadero. Muchos de los padres y abuelos de ustedes les habrán contado el horror de la destrucción que siguió después. Algunos de ellos, de hecho, vinieron a América precisamente para escapar de este terror».

El obispo de Roma dio gracias a Dios porque hoy muchos «pueden gozar de las libertades que surgieron gracias a la expansión de la democracia y del respeto de los derechos humanos». Pero advirtió: «El poder destructivo permanece». Y prosiguió: «¿Han notado ustedes que, con frecuencia, se reivindica la libertad sin hacer jamás referencia a la verdad de la persona humana?», preguntó a los jóvenes. Pero, «¿qué objeto tiene una libertad que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio?».
«La verdad no es una imposición —dijo por último—. Tampoco es un mero conjunto de reglas. Es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona; de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Buscando la verdad llegamos a vivir basados en la fe porque, en definitiva, la verdad es una persona: Jesucristo».
Laicidad positiva
Esta visión de la libertad le llevó también a impulsar el «concepto positivo de laicidad» que se vive en los Estados Unidos, a diferencia de la visión europea. «Ciertamente en Europa no podemos sencillamente copiar a los Estados Unidos: tenemos nuestra historia. Pero todos debemos aprender unos de otros», dijo el Papa en el avión, rumbo a Washington. «Lo que encuentro fascinante en los Estados Unidos —confesó— es que comenzaron con un concepto positivo de laicidad, porque este nuevo pueblo estaba formado por comunidades y personas que habían huido de las Iglesias de Estado y querían tener un Estado laico, secular, que abriera posibilidades a todas las confesiones, para todas las formas de ejercicio religioso. Así nació un Estado intencionalmente laico: eran contrarios a una Iglesia de Estado. Pero laico debía ser el Estado precisamente por amor a la religión en su autenticidad, que puede vivirse sólo libremente. Y así encontramos este conjunto de un Estado intencional y decididamente laico, pero precisamente por una voluntad religiosa, para dar autenticidad a la religión».
La visita de Benedicto XVI a los Estados Unidos ha confirmado el protagonismo de los católicos de lengua española. El Papa no ha utilizado apelativos comunes como hispanos o latinos, sino que ha preferido dirigirse a ellos, hablando en español en los grandes momentos de celebración, como a los fieles de lengua española. De hecho, muchos de los inmigrantes hispanoamericanos son asistidos espiritualmente por sacerdotes, religiosas y religiosos no iberoamericanos, sino españoles.
De los 67,5 millones de católicos estadounidenses, el 30 % es hispano y el porcentaje aumenta hasta el 44,5 % entre los que tienen entre 18 y 39 años. Se trata de una tendencia que, por otra parte, sigue aumentando todos los años a causa de la inmigración del centro y sur de América.
En la misa que presidió el Papa en el estadio de béisbol de los Yankees, en Nueva York, invitó, en español, «a hacer que nuestras comunidades eclesiales sean cada día más acogedoras y fraternas». La misma idea reiteró el 17 de abril, en otro estadio de béisbol, el Nationals Stadium de Washington, donde se refirió además así a estas personas: «La Iglesia espera mucho de ustedes. No la defrauden en su donación generosa. Lo que han recibido gratis, denlo gratis».
En la historia de la Iglesia en los Estados Unidos habrá un antes y un después de esta visita. El país con mayor número de católicos del mundo, después de Brasil, México y Filipinas, le recibió tras haber vivido en los últimos siete años una de sus crisis más profundas. Los escándalos de algunos sacerdotes habían sumido a los católicos, y en particular a sus pastores, en la humillación mediática. El increíble crecimiento experimentado por esta Iglesia en los últimos doscientos años parecía desmoronarse… En este contexto, la Visita se presentaba como una incógnita.
El tema que el Pontífice escogió para este viaje no fue casual, Cristo, nuestra esperanza, y el eslogan ha contagiado a los 67,5 millones de católicos del país, la denominación religiosa más numerosa. El Santo Padre lo presentó con convicción, en ocasiones con seducción, pero siempre con gran naturalidad. Y lo hizo sin ocultar ni minimizar nunca la amplitud de la crisis vivida.
Ya en el avión, mientras viajaba hacia los Estados Unidos, Benedicto XVI reconoció, ante los periodistas: «Me resulta difícil comprender cómo fue posible que algunos sacerdotes fracasaran de esta forma en la misión de llevar alivio, de llevar el amor de Dios a estos niños. Estoy avergonzado y haremos todo lo posible para asegurar que esto no se repita en el futuro. Quien es verdaderamente culpable de ser pedófilo no puede ser sacerdote», sentenció, aclarando que, ante todo, hay que «hacer justicia y ayudar a las víctimas, porque están profundamente afectadas». El 17 de abril, por sorpresa, el Papa recibió en la capilla de la Nunciatura Apostólica, en Washington, a un grupo de víctimas de abusos sexuales de sacerdotes. Fue un encuentro sin cámaras. Las víctimas rezaron con el Papa, quien después escuchó sus relatos personales y les ofreció palabras de aliento y esperanza.
Pero Benedicto XVI quiso también ofrecer un diagnóstico sobre las causas de este mal para poder eliminarlo en su raíz. Al reunirse con unos 350 cardenales y obispos del país, en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, de Washington, denunció que la respuesta de la Iglesia en el país a los casos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes ha sido «tratada a veces de pésimo modo», aunque también advirtió de que, para comprender esta crisis, debe enmarcarse en un contexto más amplio, pues de hecho estos abusos no sólo han tenido lugar entre un pequeño porcentaje de sacerdotes, sino también entre un porcentaje superior en muchas profesiones, en particular, la de los maestros. «Debemos reafirmar con urgencia los valores que sostienen la sociedad, a fin de ofrecer a jóvenes y adultos una sólida formación moral», dijo el Papa. Y, en particular, llamó la atención sobre la exaltación mediática de la pornografía y de la violencia.
La crisis de la desunión
Ahora bien, el carácter dramático de los abusos sexuales podría distraer de la otra crisis más extendida que ha vivido en las últimas décadas la Iglesia en este país: lo que -simplificando la cuestión- se ha descrito como división entre conservadores y progresistas. La crisis estalló tras el Concilio Vaticano II (1963-1965), y todavía hoy se experimentan en Estados Unidos sus repercusiones. Al celebrar misa en la catedral de San Patricio en Nueva York, junto a tres mil sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, el 19 de abril, el Papa se refirió a esta división como a «una de las grandes desilusiones que siguieron» al Concilio, y afirmó: «¡Podemos avanzar sólo si fijamos juntos nuestra mirada en Cristo! Con la luz de la fe descubriremos entonces la sabiduría y la fuerza necesarias para abrirnos hacia puntos de vista que no siempre coinciden del todo con nuestras ideas o nuestras suposiciones. Así podemos valorar los puntos de vista de otros, ya sean más jóvenes o más ancianos que nosotros, y escuchar por fin lo que el Espíritu nos dice a nosotros y a la Iglesia». De este modo, «caminaremos juntos hacia la verdadera renovación espiritual que quería el Concilio, la única renovación que puede reforzar la Iglesia en la santidad y en la unidad indispensable para la proclamación eficaz del Evangelio en el mundo de hoy». Por este camino, «la Iglesia en América conocerá una nueva primavera», y será misionera —como dijo en el estadio de béisbol de los Yankees, en Nueva York, en el día del adiós—; «un pueblo de la alegría», formado por «heraldos de la esperanza que no defrauda, nacida de la fe en la Palabra de Dios y de la confianza en sus promesas». El Himno a la Alegría selló esa última misa del Papa en territorio estadounidense. Las notas de Beethoven mostraron gráficamente cómo la Iglesia en el país vive ahora un nuevo inicio con Cristo, nuestra esperanza.