He vivido con un santo
He vivido con un santo es el título del libro, editado por Rizzoli, que acaba de ser presentado en Roma, y que recoge una conversación del arzobispo de Cracovia, cardenal Stanislao Dziwisz, que fue Secretario particular del Beato Juan Pablo II, con el periodista Gianfranco Svidercoschi, antiguo Vicedirector de L’Osservatore Romano. Éstos son algunos párrafos del avance editorial publicado en el diario de la Santa Sede. Habla el cardenal Dziwisz:
La enfermedad había sido desgarradora, interminable, pero yo no me había preparado para el final. O quizás, dentro de mí no había querido hacerlo; los primeros días fueron terribles…, han pasado nueve años pero me parece que fue ayer. Se acabó el tiempo de la tristeza durante el cual la ausencia, el vacío era tan fuerte, tan insoportable, que mucha gente sintió la necesidad de desfogarse y de expresarlo; como aquella señora que firmaba Ania que dejó esta nota en una de las columnas de la plaza de San Pedro: «Siento algo muy extraño; como si sólo ahora me diera cuenta de que tengo que arreglármelas sola, de que tú ya no estás…».
Debo confesar que los momentos más oscuros eran los de la oración. Sí, ciertamente entendía que era la voluntad del Señor, pero me costaba enormemente en mi interior convencerme de que él se había marchado para siempre. Pero luego, una vez que lo acepté, volví a sentir su presencia; de otra manera, obviamente, pero fue una sensación clara, neta, precisa. Y desde entonces ha sido siempre así: sigue estando en medio de nosotros; más aún, habría que decir que su presencia se ha hecho todavía más profunda, más eficaz. Así que, con el pasar de los días, terminaba el tiempo del dolor y empezaba el de la nostalgia. ¿Cómo podía vivirlo quien durante casi cuarenta años había vivido, hablado, rezado, comido, sufrido, con Karol Wojtyla cada día; y quien un día de mayo de 1981, teniéndolo en brazos, después del atentado, había temido incluso que se muriese; y quien siempre había dado vueltas por el mundo con él y, al final de cada jornada, le daba las buenas noches?
En mi corazón, en mi memoria, en todo mi ser ha quedado la señal imborrable de los años pasados juntos. No podía ser de otro modo. Ha sido la más larga e importante experiencia de mi vida, y mi nostalgia es constructiva, me sirve de inspiración para el servicio de la Iglesia; es una nostalgia llena de gratitud y de esperanza, porque el mundo descubre más cada día la santidad de Juan Pablo II… Muchos comentaristas y expertos en cuestiones religiosas han tardado en comprenderle, en comprender su particular modo de guiar la Iglesia católica, porque pensaban que podían juzgarle según los habituales esquemas culturales, un poco ideológicos y otro poco políticos; en cambio, la gente sencilla, de fe pura y auténtica, ha sabido ir enseguida al meollo y ha entendido que la riqueza de aquella alma, de aquel ser tan plenamente hombre, venía de la ejemplaridad evangélica de una existencia entera.
El chasco del primer Secretario
[Así cuenta el cardenal Dziwisz lo primero que se le vino a la cabeza en el momento de la elección de Juan Pablo II]
Pensé maliciosamente en el primer Secretario del Partido Comunista de Silesia, que esperaba la vuelta del cardenal Wojtyla, del Cónclave, para cantarle las cuarenta porque había salido del país con un simple visado turístico. Si hubiera podido, le hubiera enviado al señor Secretario un telegrama: «Lo siento, pero la Providencia ha dispuesto de otra manera».
Stanislao Dziwisz
La esfera ce los libros
2008
184
18,90 €