«Hasta entonces no habían entendido la Escritura»

Daniel A. Escobar Portillo
‘San Pedro y san Juan corren hacia el sepulcro’, de James Tissot. Museo de Brooklyn (Nueva York)

Durante el tiempo de Pascua, que este domingo comenzamos, hay un versículo de un salmo que escucharemos a menudo estos días: «Este es el día que hizo el Señor». Si algo se nos presenta desde la Vigilia Pascual en la liturgia es la acción de Dios y la novedad. Celebramos que en la historia ha habido un cambio definitivo, que es precisamente lo que conmemoramos; una transformación radical en la historia, cuyos efectos todavía no nos han sido manifestados por completo. En cierta medida, se cumple también en nosotros la frase que leemos casi al final del Evangelio de este domingo: «No habían entendido la Escritura».

A la gloria se llegó pasando por la cruz

Estamos viviendo tiempos terribles, que ponen ante nosotros la cruda realidad del sufrimiento y la muerte; días en los que, sin duda, también a muchos puede costar reconocer la acción de Dios, su presencia en nuestra vida y en nuestra situación presente. Muchos guardamos todavía en la mente la imagen de hace pocos días del Papa ante una plaza de San Pedro lluviosa, anocheciendo y vacía, con la mirada alzada hacia la figura de Cristo crucificado. El Papa expresaba con ese gesto una súplica sencilla, pero profunda, de quien pide y eleva su corazón a Dios, mientras sigue aquí abajo siendo testigo de tanto dolor. Pocas veces, probablemente, nos hemos sentido los cristianos identificados con tanta fuerza con una imagen vista en televisión. A través de la escena evangélica de la barca que se hundía, Francisco se refirió a la fe, no únicamente invitándonos a ponernos en las manos de Dios, sino también proponiéndonos cómo comenzar un itinerario de confianza en Dios a pesar de lo que ven nuestros ojos. Y lo formulaba con estas palabras: «El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos». Es imprescindible, pues, saber que nosotros no podemos, en último término, fabricar nuestra salvación, sino que necesitamos de alguien que la realice.

La experiencia del naufragio en la barca se les presentó de nuevo a los discípulos, probablemente con mayor virulencia interior, al ver cómo el Señor era humillado, azotado y crucificado; y el desconcierto fue tal que el único apóstol que acompaña a Jesús en la cruz es Juan. El pasaje de este domingo presenta la otra cara de la moneda a través de unos hechos constatables que se pueden ver: un sepulcro vacío, unos lienzos tendidos, un sudario enrollado, los discípulos logran creer. Este orden, primero ver y después creer, es fundamental para el evangelista Juan y, por lo tanto, para comprender cómo actúa la fe en nosotros.

Este domingo se nos recuerda y se celebra que Jesús vive, y que el acontecimiento de la Resurrección de Cristo no es un deseo ni un invento, sino un hecho que, narrado conforme aquí aparece, lo estaremos contemplando de modo especial durante los próximos 50 días de duración del tiempo pascual. Hace pocos días la resurrección de Lázaro nos preparaba para lo que hoy celebramos. Ahora ya, cuando la liturgia nos dice: «Este es el día que hizo el Señor», se nos revela que ya se ha producido el cambio, la nueva realidad, la nueva creación. «El primer día de la semana», como empieza el Evangelio, evoca claramente el inicio de la creación del mundo.

La presencia de Simón Pedro

Aparte del Señor y del discípulo amado, el gran protagonista de este capítulo es Simón Pedro. Es el primero en entrar en el sepulcro, tras cederle el paso el otro discípulo. Mediante este signo, la Sagrada Escritura nos propone a Pedro como garante del acontecimiento del triunfo de Jesús sobre la muerte. Los días que siguieron a la resurrección estarán repletos de detalles en los que Pedro aglutina a la comunidad en torno a él. Por eso las semanas que prolongan el domingo de Pascua incorporan lecturas del libro de los Hechos de los Apóstoles, en las que ha quedado plasmada la autoridad de Pedro entre la primitiva comunidad. Cuando, siglos después, vemos al Papa Francisco ponerse ante el Señor en la cruz, sabemos que quienes estamos bajo su cayado estamos al mismo tiempo en las manos de Cristo, Buen Pastor, quien nos ha liberado de la muerte definitiva.

Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia de Madrid


Evangelio

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.

Juan 20, 1-9