Con su permiso, señores y amigos, quiero darles las gracias y pedirles perdón, como le gusta decir a nuestro Papa Francisco; y también ¡hasta siempre! Cuando se ha estado tanto tiempo juntos -878 semanas y 40 más de la primera etapa de Alfa y Omega, que se dice pronto-, es de elemental educación dar las gracias -que de bien nacidos es ser agradecidos-. Lo hago conmovido; naturalmente no puede ser de otra manera

Quiero, ante todo, dar las gracias a Dios nuestro Señor por haberme permitido vivir esta apasionante aventura profesional de Alfa y Omega. Quiero dar las gracias más sinceras al cardenal Rouco, por su confianza, larga, total, permanente e incondicional; también a sus obispos auxiliares, los actuales y los anteriores, como don Javier Martínez y don Eugenio Romero Pose, y quiero darles las gracias a todos ustedes, lectores y amigos, por su paciente fidelidad. Pido perdón por mis deficiencias y perdono de corazón a los que -estando de vuelta de la religión sin haber ido- han tratado de zancadillear y de hacer daño a Alfa y Omega, por no querer entrar en su reducto ideológico, ni en ningún otro.

Si algo he aprendido, eclesialmente, en estos intensos 20 últimos de mis 74 años, es que en la Iglesia no hay ruptura, sino continuidad con diversos acentos y matices. Sin mirar ni a la izquierda ni a la derecha, sino dentro, he procurado huir de chismorreos y frivolidades, y hacer un periodismo no de pequeño cabotaje, como dice el Papa, sino en y desde la barca de todos, que es la Iglesia; no en jardines legítimos, sino en la viña común. He buscado poner la luz no debajo de ningún celemín, sino bien alta, en el candelero, de modo que alumbre a todos los de la casa. Si es verdad eso de que un buen director es el que acierta a rodearse de personas mejores que él, he sido el mejor de los directores, porque todos y cada uno de los que hacen Alfa y Omega y de los cien que han pasado por ella, con la responsable valentía de su calidad profesional, son indudablemente mejores que yo, y la pena de decir adiós jubilosamente a un trabajo tan apasionante se compensa con la esperanza cierta de que, sin mí al frente, todo será mejor. Vivir, decía el poeta, es saber decir adiós.

¡A Dios, señores y amigos, y que Él les guarde siempre!

P.D. Mester Gonzalo de Berceo, bachiller en verdades, me ruega que les despida en su nombre. Da gracias a Santa María por haber tratado de contribuir al esplendor de la verdad, –Querría vos contar un buen aveniment-, y brinda por ustedes con un vaso de bon vino

Miguel Ángel Velasco