«En Siria vivía mejor que en Melilla» - Alfa y Omega

«En Siria vivía mejor que en Melilla»

Mientras España negociaba con Bruselas el cupo de refugiados a los que reubicar, tenía malviviendo en Melilla a más de 10.000 sirios a la espera de solicitar asilo y poder llegar a la península. La dificultad de cruzar la frontera, unida a las condiciones infrahumanas en el CETI melillense han hecho que se haya reducido drásticamente el flujo de refugiados en la Frontera Sur, considerada por muchos el momento más duro de su travesía hasta Europa

Cristina Sánchez Aguilar
Estas son las condiciones en las que viven las familias sirias en Nador y Melilla, a la espera de poder llegar a la península. Foto: Luis de Vega

Ayer llegó al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas la cuarta tanda de los refugiados que España se ha comprometido a acoger antes de julio. Con este nuevo grupo son ya cerca de un centenar los sirios asentados en nuestro país, y las llegadas se seguirán sucediendo hasta completar los 586 previstos. La cifra supone tan solo el 3,6 % de los 15.000 desplazados que el Gobierno español se comprometió a reubicar ante la Unión Europea en septiembre de 2015.

La paradoja de esta situación aparece cuando ACNUR afirma que, desde 2014, más de 10.000 sirios han llegado a nuestro país a través de la frontera con Marruecos. Solo en 2015 se registraron 7.800 llegadas. Pero las autoridades se empeñan en reubicar únicamente a los sirios procedentes de países como Italia, Grecia o Turquía. No solo se ignora a los que llegan a través del país africano. Estos huidos de la guerra afirman que han vivido el momento más duro de su travesía al llegar a la frontera hispano-marroquí. «Es la peor de todas», afirma Aamer, sirio que llegó a Melilla junto a doce miembros de su familia tras cruzar países como Libia o Argelia.

Fronteras cerradas

El Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) ha publicado un informe en el que denuncia las vulneraciones de derechos humanos que se cometen en la Frontera Sur con los refugiados sirios. «No sabemos a ciencia cierta el motivo, pero las autoridades marroquíes dejan o no cruzar la frontera a los sirios de forma arbitraria. Muchos son rechazados y algunos incluso han sido detenidos en la frontera y han pasado varios días en la cárcel», señala una trabajadora de una organización civil, que habla con Alfa y Omega pero pide respetar su anonimato. «Yo lo he visto con mis propios ojos. Una de las veces que crucé la frontera, el policía marroquí dijo expresamente a una chica que venía detrás de mí: “Tú eres siria, tú fuera”».

Estas son las condiciones en las que viven las familias sirias en Nador y Melilla, a la espera de poder llegar a la península. Foto: José Palazón

En el documento, elaborado a través de una serie de entrevistas directas con refugiados en Nador y Melilla durante el último trimestre de 2015, los jesuitas afirman que «este cierre de fronteras arbitrario por parte de la Policía marroquí podría estar relacionado con un acuerdo de colaboración entre España y Marruecos para controlar el acceso de refugiados». El país norteafricano «abre o cierra las fronteras en función de las plazas de acogida disponibles en la península y en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla». Es una hipótesis. Porque «cuando hablas con la Policía española de frontera te dicen que nuestro sistema de control de flujos de refugiados es tan bueno que nos copian en el resto de Europa», afirma la trabajadora de la ONG. No corrobora esta teoría Issa, un joven sirio que trató de pasar por el puesto fronterizo de Tarjana: «La Policía española me empujó hacia Marruecos».

«Las mafias son las que más me ayudan»

Hay sirios que después de dos meses en Nador, cansados de esperar su anhelada llegada a Europa, deciden acudir a las mafias para cruzar la frontera. Estas, previo pago, facilitan el cruce. «Tienen una influencia enorme en los refugiados. Una joven siria nos dijo que las mafias eran quienes más la habían ayudado», señalan desde el SJM.

El trapicheo consiste en proveer a los sirios de documentación falsa, marroquí o española, y disfrazarles para que pasen camuflados. La cuestión es no parecer un solicitante de asilo. El engaño cuesta unos 1.000 euros por adulto. El caso de los niños es diferente: los pasantes se hacen pasar por sus padres y cruzan de su mano la frontera, o esconden a los pequeños en un coche marroquí. Esto cuesta entre 400 y 700 euros. «Es complicado que las familias sirias puedan cruzar juntas la frontera por el control policial. Muchas veces quedan separados padres e hijos, y es muy traumático, porque no saben qué harán los mafiosos con sus hijos cuando crucen. Pero tienen que fiarse», afirman desde el SJM. Los niños que llegan solos a Melilla son trasladados a uno de los tres centros de menores que hay en la ciudad hasta que alguien los reclama y se realizan las pruebas de ADN pertinentes. «Los resultados tardan en llegar meses, y durante ese tiempo, padres e hijos están separados y casi no pueden verse», explican los jesuitas.

Miedo a pedir asilo

Algunos sirios, tras cruzar la frontera de Marruecos, acceden al puesto fronterizo español, se quitan el disfraz y muestran su pasaporte real para poder pedir asilo en nuestro país. Pero hay otros, denuncia el SJM, «que entran también a España con pasaporte marroquí, porque no quieren formalizar una solicitud de asilo. Creen que si no son registrados en España, su acceso a otros países europeos será más fácil». Están confundidos. En realidad, lo que dice el Tratado de Dublín es que si terceros países rechazan su solicitud de asilo, serán devueltos al primer país por el que entraron a la UE, hayan pedido asilo en él, o no. Aun así, solo en 2015 hubo 14.600 solicitudes. España solo concedió 1.020. A día de hoy, hay 16.430 peticiones aún pendientes de resolución.

A la espera del traslado

Estas son las condiciones en las que viven las familias sirias en Nador y Melilla, a la espera de poder llegar a la península. Foto: José Palazón

Lo que no saben quienes esperan llegar a países como Suecia o Alemania es que los que cruzan a Melilla sin pedir asilo tardarán, como mínimo, seis meses más en llegar a la península. «No saber cuándo serán trasladados es lo que más les afecta. Llegan contentos a Melilla porque han pisado Europa, pero pasan las semanas y esa alegría va desapareciendo. Viven pendientes del listado de nombres que se cuelga en el CETI semanalmente y que indica quién abandona el centro esa semana», explica la trabajadora de la ONG.

Hay casos en los que el traslado se alarga sin ningún motivo aparente. Incluso en casos de urgencias médicas, como ocurrió con Rania. Esta mujer salió de Siria con un cáncer diagnosticado. Su nombre estaba en la famosa lista de traslados, pero finalmente le impidieron la salida porque no habían llegado los resultados de las pruebas de ADN que se tuvo que hacer para comprobar la relación con su sobrino. Ella solo quería llegar a Suecia, donde viven sus tres hijos.

La agonía del CETI

Cuando aparecen en la deseada lista, Cruz Roja los traslada en barco rumbo a Málaga. «No se les avisa previamente de a qué ciudad y con qué entidad van a ir. El mismo día de la salida se les da un papel con el nombre de la ONG que se hará cargo de ellos», explica el informe.

A finales de 2015 había 1.400 personas en el CETI de Melilla –con capacidad para 480 personas–. Ahora se ha reducido el flujo de sirios llegados a Marruecos, por la complejidad de la ruta. Según la Delegación de Gobierno en Melilla, actualmente en el centro hay 87 sirios.

El paso por el centro es voluntario, pero la alternativa para quienes no tienen más dinero es la calle. Entidades como ACNUR, el Defensor del Pueblo y diversas ONG han denunciado la falta de condiciones del CETI. «Para mi hija, de dos años, es muy duro. Hace frío y la niña está siempre enferma. En Siria vivía mejor que aquí», reconoce Ahmed.

Además del hacinamiento, la escasez de plazas para los talleres formativos o la desinformación en la que viven sus residentes, el informe destaca «las expulsiones temporales del CETI sin proporcionar alojamiento alternativo». Omar, de 33 años, fue expulsado del centro por estar cerca de una pelea entre marroquíes y argelinos. «Me hicieron dormir en la calle y me robaron todo lo que tenía». Alí, de 23 años, reconoce que el CETI «es como una cárcel». El SJM afirma que «es comprensible la necesidad de sancionar conductas inapropiadas, pero es inaceptable la falta de tipificación de las infracciones y el procedimiento a seguir, que es únicamente a juicio de la dirección».

La atención sanitaria también deja mucho que desear. Una familia siria tiene un hijo de dos años con un tumor cerebral. «Hemos acudido varias veces al médico del CETI pero nos dejan fuera horas, y nos dicen que hay que esperar». Un día la fiebre le subió a 41 grados, pero «nadie nos atendió», concluyen los padres.