«La inteligencia artificial tiene límites que ayudan en la evangelización»
Las X Conversaciones PPC abordan el impacto de la inteligencia artificial en la misión de la Iglesia
La editorial PPC y el Instituto Superior de Pastoral han organizado este jueves el encuentro Evangelizar en tiempos de IA. En él se ha articulado un espacio para la reflexión y el diálogo sobre cómo la inteligencia artificial transforma la evangelización y la pastoral. Tiene lugar precisamente en vísperas de que el Papa León XIV presente el lunes su primera encíclica, Magnifica humanitas, que versa sobre este asunto. «La inteligencia artificial tiene límites que nos ayudan en la evangelización», afirma Ignacio María Fernández de Torres, del Instituto Superior de Pastoral.
—¿La IA nos está evangelizando de alguna manera? ¿Nos está adoctrinando o manipulando? ¿O hay que darle también una connotación positiva?
—Bueno, hay un poco de todo. La inteligencia artificial está modificando el contexto cultural en el que nos desenvolvemos. Está afectando directamente a cuestiones básicas sobre cómo conocemos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos o cómo respondemos a muchos problemas. En ese sentido, la inteligencia artificial desafía a nuestra propia humanidad y también a nuestra fe. Por tanto, interfiere en el sentido que damos a la evangelización y en la manera en que la llevamos a cabo.
No es humana
—¿Qué implicaciones tiene eso para la Iglesia y para la evangelización?
—Hay un elemento fundamental: la inteligencia artificial no es humana. Tiene límites clarísimos. Puede parecerse a lo humano en algunos aspectos, pero eso no significa ni de lejos que sea humana o que pueda sustituir al ser humano. Precisamente esos límites nos ayudan a reconocer y recuperar las grandes fortalezas de la evangelización: la visión cristiana del ser humano, la capacidad de amar, de entregar la vida y de abrirnos a la trascendencia.

—¿Puede entonces la inteligencia artificial transmitir la fe o pesan más sus límites?
—La inteligencia artificial puede contar cosas sobre Dios o sobre teología, pero no puede vivir la experiencia del encuentro con Dios ni puede saber a Dios. Una cosa es saber cosas sobre Dios y otra muy distinta es conocer a Dios en el sentido en que lo expresaba santa Teresa de Jesús. Y precisamente esas limitaciones nos recuerdan dónde tiene que incidir realmente la evangelización.
—Eso obliga a la Iglesia a replantearse ciertas cuestiones en su salida al mundo…
—Claro. La inteligencia artificial tiene capacidades enormes: maneja un volumen inmenso de información, una gran variedad de datos y una velocidad impresionante. Todo eso también interpela a la Iglesia. Nos obliga a preguntarnos qué capacidad tenemos de adaptarnos a la pluralidad de nuestro mundo y de nuestra cultura, qué capacidad tenemos de llegar a todas partes y de ir al ritmo de los tiempos para que la historia no nos pase por encima.
Una experiencia auténtica
—¿Y qué reflexión provoca eso sobre la propia evangelización?
—Nos hace preguntarnos si realmente estamos anunciando la verdad de Cristo o si, en ocasiones, estamos transmitiendo ideologías, gustos personales o formas de poder. Hemos visto casos en los que determinadas personas, creyéndose tocadas por la mano de Dios, terminaron provocando consecuencias terroríficas: abusos de conciencia, abusos físicos, psicológicos, morales o espirituales. Por eso, reflexionar sobre el valor y la verdad también nos lleva a cuestionarnos qué estamos transmitiendo realmente cuando evangelizamos. A veces transmitimos leyes, apologética o panfletos, pero no una auténtica experiencia de encuentro con Cristo.
—¿Qué se le puede exigir a la IA?
—A la inteligencia artificial le exigimos que sea sostenible, responsable, fiable y transparente. Pero tendríamos que hacernos esas mismas preguntas a nosotros mismos: hasta qué punto nuestra manera de evangelizar y de transmitir la fe es también fiable, sostenible, transparente y responsable.
Consecuencias
—¿Qué consecuencias prácticas cree que debería sacar la Iglesia de todo esto?
—Para mí hay varias consecuencias muy importantes. La primera es que la Iglesia sea un hogar intelectualmente habitable. Tiene que ser capaz de inculturarse en este mundo. No puede tener miedo ni asustarse. Tiene que mirar al toro cara a cara y cogerlo por los cuernos. La Iglesia posee un patrimonio humano, espiritual, moral y cultural enorme que debe saber poner en valor. Pero al mismo tiempo la inteligencia artificial nos habla de un mundo dinámico, que no se detiene, y la Iglesia tiene que avanzar a ese ritmo.
—¿Existe el riesgo de quedarse atrás?
—Claro. Como decía el padre Arrupe, a él no le daban miedo las preguntas nuevas; lo que le preocupaba era tener respuestas viejas para preguntas nuevas.