En espíritu y verdad

Daniel A. Escobar Portillo
Jesús y la samaritana. Fresco de la basílica de Sant’Angelo in Formis, Capua, Italia

Tras haber escuchado los dos primeros domingos de Cuaresma los relatos de las tentaciones del Señor en el desierto y la Transfiguración, la temática del Evangelio da un giro. Durante tres domingos, a partir de hoy, el texto evangélico propuesto por la liturgia vinculará a Jesús con tres realidades significativas: el agua, con el encuentro entre el Señor y la samaritana; la luz, mediante el episodio de la curación del ciego de nacimiento; la vida, a través del pasaje de la resurrección de Lázaro. Agua, luz y vida aparecen, por lo tanto, como temas centrales del itinerario cuaresmal, ya que apoyan la catequesis bautismal. En efecto, desde hace siglos, la Iglesia ha llevado a cabo durante este período la preparación próxima a la recepción de este sacramento. El detenernos en estos pasajes permite a quienes ya hemos recibido los sacramentos de la iniciación cristiana profundizar en la comprensión de los mismos.

El encuentro con la samaritana

La escena de hoy nos permite apreciar, en primer término, la relevancia del encuentro entre Jesús y la samaritana. No era sencillo entablar una conversación entre Jesús y esta mujer, dado que, como indica el mismo pasaje, «los judíos no se tratan con los samaritanos». Este pueblo es despreciado en la Escritura y, hasta cierto punto, es tenido como un grupo heterogéneo y poco organizado. Tampoco desde una óptica religiosa se les consideraba a la altura de la piedad de sus vecinos del sur, los judíos. De ahí se entiende la reacción de la samaritana, cuando dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Sin embargo, a Jesús parece importarle poco la procedencia de esta persona. Tampoco dudó en poner en una parábola como ejemplo de misericordia a un samaritano, frente al sacerdote y al levita. Con ello el Señor ha querido mostrar no solo que a Jesús poco le importan los estereotipos sobre las personas, sino también que ninguna condición previa es un obstáculo definitivo para el diálogo entre Dios y el hombre. Siempre es posible esta comunión si nosotros no la impedimos, puesto que la iniciativa la lleva el mismo Señor.

«Dame de beber»

La conversación es iniciada por Jesús, quien a causa del cansancio físico le pide agua a la samaritana. Si en un primer momento esta mujer parece tener en su mano la capacidad de saciar la sed del Señor, enseguida Jesús se erige en la fuente del agua verdadera, del agua viva. Lo que al principio se plantea como Jesús, objeto de la misericordia de una persona que, por casualidad, se ha encontrado, se transformará en una ocasión del Señor para revelar su misión y cambiar la vida de la samaritana. Así se refleja en la frase: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Evidentemente, la mujer ha comprendido que el Señor le ofrecía algo más profundo que el agua física. También muestra la situación anterior: una vida de rutina que solo producía sed y que, a pesar de acudir a este o a otros pozos, no daba respuesta a lo más profundo de su corazón.

La Iglesia ha visto siempre en este episodio una explicación y una catequesis al sacramento del Bautismo. Partiendo de una situación anterior de pecado, el neófito es introducido en una vida nueva, gracias al agua, que es la fuerza del Espíritu Santo. Quienes hemos probado esta agua viva, que sacia, no tenemos precisión de recurrir más a ningún pozo hecho por manos humanas. Ni siquiera hemos de inquietarnos sobre el lugar físico en el que adorar al Señor. Cristo es el que nos ha abierto la puerta a un culto en espíritu y verdad, es decir una relación profunda con Dios, posible en cualquier momento y lugar.

Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid


Evangelio

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Juan 4, 5-15. 19-26. 39a. 40-42