Juan Pablo II, a los jóvenes universitarios: «El sentido de la vida es conocer a Cristo»

¿Por qué la Iglesia emplea tantas energías en su misión educativa? «En esto se resume la educación, éste es el sentido de la vida: conocer a Cristo»: don Javier Prades, Rector de la Universidad San Dámaso, recogió ayer estas palabras de Juan Pablo II en su conferencia La misión evangelizadora de la Universidad, en homenaje a Juan XXIII y Juan Pablo II, con motivo de su canonización, de la que ofrecemos un extracto:

Redacción
Juan Pablo II, en un encuentro con jóvenes, en Los Ángeles, en 1987

«En la universidad no es posible alcanzar radicalmente la esencia de la verdad»: con estas palabras, un joven profesor de Filología clásica de la Universidad de Basilea, llamado Friedrich Nietzsche, se dirigía por carta a su amigo Erwin Rohde, el 15 de diciembre de 1870. Nueve años después, abandonaba para siempre la universidad movido por el deseo de ser no sólo más sabio, sino un hombre más bueno y más verdadero. El aire de la academia impedía esa aspiración.

Han pasado casi ciento cincuenta años. Esta enemistad entre la universidad y la verdad sigue vigente en no pocos sectores de la cultura, y entre los propios universitarios. Que tal pérdida de confianza provenga de motivos reales o presuntos, de índole financiera, política o intelectual, que sea un mal español o europeo, o que se deba a una mezcla de todos ellos, resulta ahora secundario. El dato que se impone es el de un desafecto cada vez mayor respecto a esta institución secular y su misión, con la consecuencia de que no pocos la siguen abandonando. Si recordamos episodios recientes de vandalismo e intolerancia en los campus de muchas universidades españolas, parece que nada ha cambiado bajo el sol desde finales del siglo XIX.

El dictamen lapidario de Nietzsche nos pone frente a una cuestión nuclear: ¿es la universidad un obstáculo para la investigación de la verdad o, por el contrario, es un espacio privilegiado para profundizar en ella? Y si esto segundo fuese lo cierto, ¿qué función cumple una universidad de la Iglesia en la búsqueda de la verdad? ¿Qué lugar ocupa dentro de la misión evangelizadora de la Iglesia? ¿Constituye un lugar secundario, o más bien un momento esencial dentro de ella?

Hombres íntegros

La presencia eclesial en el mundo universitario ha sido, y sigue siendo, criticada e incluso combatida en ocasiones con mucha violencia, desde determinadas ideologías que se sirven del poder político. No obstante, la ausencia de la Iglesia del foro universitario constituiría, además de una injusticia, un daño gravísimo para la verdad y el hombre y un extrañamiento pernicioso entre fe y cultura. Por eso, no puede renunciar a hacerse presente, y a buscar los medios adecuados y legítimos para seguir en ella.

Merece la pena reflexionar, aunque sea brevemente, sobre los rasgos esenciales de la presencia educativa de la Iglesia, guiándonos por las enseñanzas de san Juan Pablo II. ¿Cuál es el fin último de una universidad de la Iglesia? En tanto que universidad, pretende formar hombres dotados de una profunda formación moral y una sólida preparación científica -«insignes en su saber», dirá el Papa polaco- que les capacite para ejercer de modo profesional y competente funciones comprometidas en la sociedad. Y en cuanto católica buscará, además, impulsar en los estudiantes el encuentro con el Dios revelado, y con él la santidad. Éste es el fin último de una universidad de la Iglesia. En uno de sus discursos a estudiantes en centros superiores católicos, pronunciado en Washington en 1979, les confiesa san Juan Pablo II: «Me gustaría hablar algo sobre la educación católica, deciros por qué la Iglesia la considera tan importante y gasta tantas energías en proveeros a vosotros y a millones de jóvenes como vosotros de una educación católica. La respuesta puede resumirse en un palabra, en una persona, Jesucristo. En esto se resume la educación, éste es el sentido de la vida: conocer a Cristo».

No sirve sólo, pues, a su inteligencia, sino también a su libertad, a su conciencia, a su anhelo de fraternidad, esto es, al hombre íntegro. Con la Tradición de la Iglesia tenemos que insistir en que cualquier interpretación del conocimiento y de la cultura que minimice o ignore al hombre histórico en su totalidad -su deseo de plenitud, su sed de verdad y de absoluto, las preguntas que surgen ante los enigmas del sufrimiento y de la muerte- representa una interpretación no sólo falsa, sino también dañina para la dignidad del hombre.

Cuando hablamos de universidades de la Iglesia no nos referimos a instituciones que sólo busquen dar testimonio del contenido de la fe, como si fuera algo aislado, sino ante instituciones cuya actividad quiere dar respuesta «a la más profunda y noble aspiración de la persona humana: el deseo de conocer la verdad».

Un homenaje a dos Papas santos

El Acto académico de homenaje a Juan XXIII y Juan Pablo II que, con motivo de su canonización, tuvo lugar ayer en la Universidad San Dámaso, de Madrid, fue inaugurado y clausurado por el cardenal Rouco, Gran Canciller de la USD, y en él participaron, además del Rector, don Javier Prades, los Decanos de las distintas Facultades de la Universidad: don Patricio de Navascués, don Jordi Girau, don Roberto Serres y don Gerardo del Pozo, así como el profesor Andrzej Dobrzynski, Director del Centro de Documentación y Estudio del pontificado de Juan Pablo II, de Roma.