Ante nuestros ojos, se levanta un testimonio desgarrador. Niños devastados por el hambre. Niños arrojados por la desidia moderna a un sufrimiento sin odio, a una tristeza sin rencor. Nos conmueven cuando sonríen con sus juguetes elementales, cuando imponen al mal su rotundo deseo de felicidad, cuando invocan sin saberlo su humanidad triunfante sobre la desolación

La penosa circunstancia ética del hombre en este tiempo, su triste inclinación a la indiferencia y su dejadez en labrarse una vida plena pueden percibirse con precisión cuando dedicamos una jornada concreta, y solo ella, a la caridad con los más débiles. 20 de noviembre, Día Universal del Niño. Elegimos una fecha anual como para darnos vacaciones el resto del año en las obligaciones que tenemos los cristianos respecto de la completa realización y la dignidad de los más pequeños. No se trata de que nada humano nos sea ajeno por pura solidaridad mundana. Más que esta, lo que debe movernos a los cristianos es saber que todo hombre encarna la inspiración permanente de Dios, la delicada intimidad de su designio, la perfecta voluntad de su amoroso proyecto.

Olvidadizos, desatentos, torpemente secularizados por un laicismo de aberrante ignorancia y de no escasa apatía social, los hombres de hoy se asoman en un día preciso a la infinita vergüenza del sufrimiento de los niños. Como si en la balanza de nuestros actos pudiera descontarse esa mínima parte de mirada a lo que está ocurriendo, a la violencia constante ejercida contra los más inocentes, contra los que deberían ser los más queridos. La nuestra es la única especie que actúa de un modo tan cruel con su descendencia. Estamos devastando las posibilidades de una existencia próspera en la tierra por flácida comodidad y codicia insoportable. Estamos destruyendo lo que ni siquiera es nuestro. Y, además, estamos permitiendo que las imágenes que nos golpean estos días sean la permanente sombra que se alarga sobre la vida entera de unos niños a los que hemos mostrado el rostro del infierno.

Tan cerca de nosotros

Están ahí, tan cerca de nosotros en tiempos de comunicaciones veloces y de instantánea información. Desde hace años, vuelcan ante nuestros ojos nuestra vergüenza, nuestra indignidad, nuestro pecado. Y hemos de rogar que la misericordia de Dios nos perdone por cada una de estas vidas y por cada momento de dolor. Porque el ejercicio de nuestra libertad no es ajeno a la preocupación por esos cuerpos alentados por un espíritu inmortal. Porque los católicos no creemos que nuestra redención dependa en exclusiva de la humillación ante Dios en un acto individual encerrado en la propia conciencia. Porque los católicos pensamos que nuestra salvación no se alcanza a través de la fe justificante a solas, sino mediante el compromiso de cada uno de nosotros con la existencia de todos en la tierra.

Ante nuestros ojos, se levanta un testimonio desgarrador. Niños devastados por el hambre, con el cuerpo escuálido y los ojos inmensos, desmesurados, ensanchados sobre un rostro salpicado de insectos. Niños arrojados por la desidia moderna a un sufrimiento sin odio, a una tristeza sin rencor, a una insidiosa existencia sometida a los ritmos implacables de la naturaleza y a la impasible crueldad de la materia. Nos conmueven cuando sonríen con sus juguetes elementales, cuando imponen al mal su rotundo deseo de felicidad, cuando invocan sin saberlo su humanidad triunfante sobre la desolación.

¿A qué esperamos?

Nos humillan cuando protegen su dignidad inmensa trabajando para aliviar la miseria de sus familias, cuando abrazan a sus padres, confiados y con toda la dicha que puede caber en sus vidas, cuando se tienden aún esperanzados en la camilla de un hospital precario, cuando aprenden a rezar. A rezar al mismo Dios al que rezamos desde hace 20 siglos, mientras somos incapaces de evitar que todo esto ocurra, a pesar del sacrificio de tantos hombres y mujeres ejemplares que dedican su vida entera a aliviar un daño tan fácilmente reparable. ¿A qué esperamos? ¿A que la miseria se acompañe de desesperación? ¿A que el hambre y la pobreza alimenten un rencor canalizado luego en la violencia y el crimen? ¿A que incluso el pálpito de Dios se arranque de sus corazones, como suprema expropiación a la que les podemos condenar?

Unos minutos de culpabilidad

La sociedad les presta un día de atención. Seguramente, ni siquiera eso. Unos minutos de apresurada culpa, de sensibilidad estimulada, de ligera tribulación. Todo muy rápido, todo muy aseado, todo rendido a la fugacidad de sentimientos que caracteriza a nuestra época. Jesús nos echaría a latigazos de nuestros sillones de espectadores corruptos, nos despojaría a gritos de nuestra presuntuosa arrogancia, nos recordaría lo lejos que estamos de él, y lo muy cerca que están, como no dejó de decirlo en su vida terrena, estos niños inocentes que sufren en un silencio atronador. Piedra de escándalo para nosotros, severa advertencia contra nuestra pretendida rectitud, muestra clara de la debilidad del hombre. Ellos son la pureza de la Creación, el espejo de los motivos que llevaron a nuestra existencia, el lugar donde se encuentra, densa y única, la Verdad de nuestra condición. Son el reino de este mundo.

Fernando García de Cortázar, SJ
Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto