El que pierda su vida la encontrará

Daniel A. Escobar Portillo
Foto: Isabel Permuy

Conforme pasa la vida, dedicamos el tiempo a distintas tareas. Estos quehaceres nos exigen fuerza, muchas horas y gran organización para poder ser encajados en nuestro día a día. Probablemente, los niños y las personas mayores gozan de algo más de libertad: los pequeños porque tienen quien se ocupe de ellos; los que, por su edad, dejaron ya de trabajar, porque pueden disfrutar de un merecido descanso. Sin embargo, el resto de personas vivimos inmersas en el trabajo, familia y, a menudo, en el agobio y la preocupación. En este contexto escuchamos cómo hoy el Evangelio nos dice: «el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». ¿Cuál es el sentido de esta frase para quien todos los días está ocupado en su familia, su trabajo, sus amigos, sus proyectos? ¿Qué nos pide el Evangelio en estas páginas?

Fidelidad a la vocación de bautizados

No cabe duda de que Jesús habla de exigencia en este pasaje. El Señor lo pide todo. El tenor de estas expresiones puede conducirnos a pensar que los únicos destinatarios de la primera sección del Evangelio de hoy son los apóstoles, sus sucesores o, como mucho, los sacerdotes o las personas que se han consagrado a Dios de un modo particular. Por eso, ¿qué implicaría, pues, «perder la vida» para un padre de familia, para un estudiante o para un anciano que sufre los achaques de la enfermedad? Bastante tienen ya con responder con fidelidad a la misión que tienen que cumplir y con sobrellevar pacientemente los dolores, angustias y sufrimientos que la vida les depara. Sin lugar a dudas, estas líneas resuenan especialmente en quien ha recibido la llamada de Dios hacia una vocación de especial consagración al Señor. Este hecho no se puede negar. Pero tampoco se puede reducir el alcance del pasaje evangélico a los que han descubierto la llamada a la santidad a través de otros caminos. Y es aquí donde nos detenemos.

San Pablo nos dice en la segunda lectura que cuando fuimos bautizados nos incorporamos a la muerte y resurrección del Señor. Del mismo modo que en Cristo se produce el paso de la muerte a la vida, los bautizados participamos ya de esta realidad. Esta es la razón última por la que el Apóstol nos exhorta a llevar una vida nueva «muertos al pecado y vivos para Dios». Quien ha sido introducido en la fe es llamado también a «perder la vida», pero no a cambio de nada, sino para encontrar la vida verdadera. De este modo, comprobamos que Dios nos pide todo. «Perder la vida» significa ir sin cálculos en nuestra entrega hacia los demás y no anteponer nada a la voluntad de Dios. No se trata de dedicar más o menos tiempo a nuestra vida de fe, sino, más bien, a vivir sabiendo que toda circunstancia puede ser puesta ante los ojos de Dios. Supone, asimismo, valorar lo que no es aparente, lo oculto, lo inadvertido, que conforma el paso de nuestros días. Y esto sabemos que está abierto a cualquiera, independientemente de su edad, trabajo o situación.

La generosidad del Señor

Las palabras de Jesús nos hacen ver también la gran generosidad que Dios tiene con quien acoge a los que van a en su nombre. La mujer que recibe al profeta Eliseo, en la primera lectura, es ejemplo de hospitalidad. Puesto que da cobijo a Eliseo como enviado de Dios, recibe la recompensa de Dios por intercesión de su ilustre huésped.

En suma, el Señor es exigente, pero, al mismo tiempo, es tremendamente generoso. Ni un solo vaso de agua por uno de sus discípulos, nos dice, quedará sin recompensa. No estamos ante un simple intercambio, ante un dar para recibir algo a cambio. Nos situamos en la esfera del amor incondicional. Jesús nos hace ver que la entrega total es el verdadero camino para nuestra vida adquiera el pleno sentido y sea plenamente fecunda.

Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid


Evangelio

Foto: CNS

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Mateo 10, 37-42