Cuando se aprobó la Constitución de 1978, la inmensa mayoría de los españoles asumimos con entusiasmo un nuevo ciclo en la Historia de España basado en la reconciliación y en las libertades. No fue un camino de rosas.

Durante un tiempo la izquierda se debatió entre la reforma y la ruptura. Hubo que superar la desconfianza recíproca y desafiar incomprensiones y radicalismos de uno y otro lado, bajo la terrible presión del terrorismo. Pero al final, como diría Adolfo Suárez, la concordia fue posible con el esfuerzo y la generosidad de muchos hombres y mujeres de aquella generación, de izquierdas y derechas, creyentes y no creyentes.

Ley de Memoria Democrática
No fue un ejercicio de olvido sino de verdadera memoria que ayudó a construir el futuro. Sin embargo en los últimos años algunos líderes políticos y culturales han empezado a sentirse incómodos con los grandes acuerdos de la Transición y han comenzado a impugnarlos. El proyecto de ley de Memoria Democrática aprobado por el Gobierno de Sánchez es una muestra de esa tendencia, solo que aquí no se trata de un debate abierto, que es plenamente legítimo, sino que se trata de imponer una versión oficial de la historia desde el poder político, algo inconcebible en una democracia. Habrá que examinar cuidadosamente en qué medida este proyecto pone en riesgo la libertad de expresión, de educación y religiosa.

La historia es materia para la investigación y el debate de los historiadores, teniendo presente que en ella el bien y el mal suelen estar repartidos y entrelazados. La memoria es la conciencia que cada persona y comunidad adquiere de su pasado, con sus luces y sus oscuridades, y el poder político no tiene derecho a imponérsela a nadie. Por supuesto que todas las víctimas de nuestra guerra fratricida merecen justicia. Pero merecen también lo que les ofrecimos en el 78: el perdón mutuo, el abrazo de la reconciliación, la decisión de caminar juntos aceptando nuestras diferencias.

Por cierto, si hay un signo que representa todo eso en nuestra cultura occidental, no solo para los cristianos, es la cruz, que se levanta en las plazas, en los cruces de los caminos, en valles y montañas a lo largo y ancho de Europa. Una cosa es segura: sin lo que la cruz significa no haremos de España un país mejor, dicho sea con profundo respeto y simpatía hacia el Estado laico, invención inequívoca de la tradición cristiana.