La cruz es más que un símbolo cristiano. Es un símbolo cósmico. Al final, el sufrimiento nos toca a todos de una u otra manera y nos pone ante la verdad. La cruz es ese veneno, que lleva su antídoto escondido. El veneno se cura con el veneno, el antídoto es extraído del veneno (los griegos lo llamaban fármakon). La amargura se quita abrazando la amargura. El leño amargo endulza el agua amarga. La cruz es la llave que da sentido a la muerte del ser. La muerte cura la muerte. No podemos perder la perspectiva.

Cuando investigamos cómo una célula se come a otra, lo que estamos sintiendo es el vértigo de lo que está fuera de control, que tarde o temprano nos afectará y desvelará el sinsentido de todo aquello por lo que nos movemos y existimos. Cuando repensamos nuestra ciencia, la bioquímica, la medicina, el derecho, el efecto perverso de ese conocimiento es que desde ese lugar creemos estar atacando al mal radical cuando solo estamos poniendo paños calientes. Si no penetramos nuestras ciencias por la incómoda pregunta: ¿qué sentido tiene el sufrimiento, la muerte, la injusticia, la insoportable soledad no querida?, no aportamos nada más que andamios en el vacío. En definitiva ¿por qué la cruz es el símbolo universal en el que Dios se ha querido presentar a nosotros como cúlmen de su encarnación?

Los padres griegos no suelen utilizar la palabra stauros (cruz) para referirse al instrumento del suplicio de Cristo sino xylon (leño, madero). Remiten siempre a las aguas amargas de Mará en el desierto que fueron endulzadas por Moisés con un leño; o al mástil de madera en el que Moisés enroscó una serpiente de bronce, para neutralizar el veneno de las serpientes que provocaban la muerte haciendo que se curaran todos aquellos que levantando la vista la miraban. ¡Dejemos de echar azúcar en las heridas, estas se curan con sal! Todas nuestras técnicas y métodos científicos y psicológicos tratan de echar azúcar a las heridas que nos motivan al estudio de la naturaleza herida/caída de las personas.

Todas las ciencias esconden en su cometido y motivación la reparación de las carencias, la cauterización de las llagas del ser humano derivadas del pecado original. Estas llagas son la manifestación externa de esa infección antropológica que no deja de reproducirse de generación en generación. Es el desfondamiento antropológico, la insatisfacción, la clave de toda búsqueda, de toda mejora y todo peligro. Decía así, Ludwig von Mises, miembro significativo de la Escuela de Viena de economía: «El hombre al actuar aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor. La mente le presenta al actor situaciones más gratas que las que este, mediante la acción, pretende alcanzar. El malestar es siempre el incentivo que induce al individuo a actuar […] Pero ni el malestar ni el representase un estado de cosas más atractivo bastan por sí solos para … reducir la incomodidad sentida» .

La muerte cura
El secreto a voces que saca a la luz el cristianismo es casi una contradicción: la muerte del ser se cura dando el ser . Pero es una contradicción solo en apariencia. Mirándola detenidamente todo el mundo sabe que la enfermedad se cura recibiendo cuidados. Dar el ser es entrar gratuitamente en la dinámica del sacrificio: ¿qué es sacrificar? La búsqueda del sentido de los ritos, de la liturgia, de los símbolos, es algo constitutivo del ser humano. Sacerdote es el que hace lo sagrado, que es el sacrificio. Pero cuando lo hace está conmemorando el único sacrificio que vale: el de un Dios que se dio a sí mismo en expiación. Este sacrificio hace pasar el culto de la Iglesia de lo sagrado a lo santo. Por eso el sacerdote, más que un repartidor de culto a otro es el transmisor/donante de su propia sangre: o se da a sí mismo o está vacío de sentido lo que hace. El resto de los que formamos parte de la Iglesia también tenemos un cometido sacerdotal por nuestro bautismo para con los demás miembros que la componen.

El bautismo nos da la posibilidad de aspirar a ejercer con toda legitimidad como sacerdotes (aquellos que ofician el sacrificio de sí mismos sobre el altar del otro, entendiendo al otro como presencia de Cristo ante mí); como reyes, cuya realeza es hacerse el último para servir sin condiciones a los demás; y como profetas: aquellos que profieren la verdad, duela o no, levante ampollas o no. El bautismo confiere la potencia de aspirar a la santidad entendida como ética más allá de la ética, del intercambio o la reciprocidad. Lo sagrado se queda en numinoso, misterioso, envuelto en sangre , lo santo se transforma en liturgia de santidad, en implicación ética que transciende los límites de la ética .

La pregunta que nos asalta cuando los acontecimientos como los terremotos, las catástrofes nucleares o la COVID-19 es: ¿se trata de donarse todo o solo en parte? Todo el mundo reclama el todo. El amor es todo o nada, no hay fragmentos a compartir. El ser, que no se puede trocear. ¿Pero «todo el ser» quién nos lo dará? El mercadeo del amor es el consuelo de los que habiendo aspirado a todo se han quedado a medias. Los hombres se autoafirman: «No hay nada más». La tristeza y la amargura se apoderan de ese sentimiento frustrante de que no hay nada más que el trozo o sucedáneo del amor que experimento con el placer, lo agradable de algunas experiencias o momento, y nos auto consolamos. ¿Pero es que acaso puede un ciego guiar a otro ciego? O los dos reclaman lo mismo y ninguno lo puede dar… no se puede dar lo que uno no tiene. Tiene uno que haberlo recibido todo para poder darlo todo.

El neopelagianismo mundial en el que estamos inseridos cree que no se necesita a la Iglesia ni la ayuda de la gracia para hacer el bien, pero con eso se pierde una dimensión antropológica y social que no puede dar la solidaridad entre los pueblos, la ética cívica o la educación de la ciudadanía. ¿De qué tipo de bien hablamos? El concepto de bien que manejan las éticas dominantes se queda corto. Haría falta una supraética para comprenderlo. Se trata según la encíclica Deus Caritas est de un amor por encima de la muerte, que es lo que ejemplifica la cruz de manera paradigmática. No valen pactos. ¿Puede brotar la fuerza que el hombre necesita para amar así, la capacidad de donarse a sí mismo para que el otro sea, de un sacramento devaluado, o considerado un rito en desuso, o mejor, desnudado de su significado? La fuerza deriva de la participación en un sacramento que, sin tener que pasar necesariamente por el sufrimiento de Cristo, sin embargo, produce el mismo efecto que produjo en él: hace experimentar la resurrección en aquel que come su carne y bebe su sangre, es decir, da la fuerza para vivir para el otro. Este descubrimiento está en las antípodas de la vida sin Cristo y sin la Iglesia. Lo que el hombre no ha advertido es que vivir para uno mismo, algo que no se pone en cuestión como objetivo vital del hombre postmoderno, es el infierno, es la soledad y el miedo al otro, una condenación que pesa como una losa. Sartre y el nihilismo al uso nos lo recuerdan una y otra vez con el pesimismo del que sabe que no hay salida (A puerta cerrada). Vivir para el otro es la fuente de la vida, de la realización como persona, de la verdadera humanización.

«Sobre todo, hoy, cuando el aislamiento y la soledad son una condición generalizada, a la que en realidad no ponen remedio el ruido y el conformismo de grupo, resulta decisivo el acompañamiento personal, que da a quien crece la certeza de ser amado, comprendido y acogido» . Ahora bien, el tema, repito, es si se puede dar lo que uno no tiene. ¿Dónde y cómo se puede recibir? Esta es la oferta de salvación en la historia que prepara para el más allá de la historia. La necesidad de un amor no negociable, de un amor gratuito, que el hombre tiene como posibilidad, aun cuando cree que no existe, si se abre a la fe. ¿Dónde encontramos esa vocación a la caridad en forma de acompañamiento al otro herido por el pecado original? Es la oportunidad de anunciar el Evangelio.

Solo la Iglesia tiene la posibilidad de comunicar este secreto a voces que guarda desde hace milenios, porque ella es este mismo cuerpo redivivo, hecho carne, que hace extensivos los miembros de Cristo al hombre de cada generación para que se pueda unir a él, para que se le pueda tocar, conocer. La Iglesia hace de manos de Cristo para tocarle y de altavoz para oírle. Frente al griterío babélico que nos envuelve solo vale el testimonio: la vida comunitaria interior: ¡miradlos con que amor al hombre trabajan, estudian, hablan, dicen, se cuidan, son uno! La búsqueda de razones para explicarse ese enigma no se deja esperar: actúan así porque han experimentado el ser amados en la liturgia, en la vida de la fe que comparten, han bebido agua de la misma fuente, … yo también quiero beber de esa fuente. La clave es pues levantar el leño, encaramados en él, mostrar la esperanza en que no nos morimos por las heridas que, al que no ha conocido a Cristo le roban la esperanza, y dejar que lo miren. Las conclusiones las sacarán cuando ya no puedan más, cuando ya el azúcar, los antidepresivos, los ansiolíticos y las mil drogas y fuentes de alienación ya no sirvan más.