El Papa pone como ejemplo el corredor humanitario que ha llevado a Italia a cien refugiados

«Dios continúa considerándonos sus hijos cuando estamos perdidos, y viene hacia nosotros con ternura cuando volvemos a Él. Y nos habla con tanta bondad cuando nosotros creemos que somos justos»…

Alfa y Omega

«Dios continúa considerándonos sus hijos cuando estamos perdidos, y viene hacia nosotros con ternura cuando volvemos a Él. Y nos habla con tanta bondad cuando nosotros creemos que somos justos». Así ha resumido el Papa Francisco, este domingo, la parábola del padre misericordioso. Después, dedicó unas palabras a los refugiados sirios y a las hijas de la caridad asesinadas el viernes en Yemen

En la víspera de la cumbre de la Unión Europea con Turquía para abordar el desafío de los refugiados, el Papa ha citado con admiración, «como señal concreta de compromiso por la paz y la vida», el corredor humanitario que ha permitido que la semana pasada llegaran a Italia 24 familias de refugiados sirios procedentes del Líbano. Son, en total, un centenar de personas, entre las que hay discapacitados y niños enfermos.

«Este proyecto-piloto, que une la solidaridad y la seguridad, permite ayudar a las personas que huyen de la guerra y de la violencia», ha subrayado el Pontífice después del rezo del Ángelus. Francisco también ha celebrado que la iniciativa sea ecuménica, «ya que es sostenida por la Comunidad de San Egidio, la Federación de la Iglesia Evangélica Italiana, y la Iglesia valdense y metodista»

Durante los saludos, el Pontífice también manifestó su cercanía a las Misioneras de la Caridad por el asesinato, el vierns en Yemen, de cuatro religiosas, y de varios enfermos y discapacitados a los que atendían. «Estos son los mártires de hoy. Y esto no es títular en los periódicos ¡no es noticia! Estos mártires que dan su sangre por la Iglesia son víctimas de sus asesinos y también de la indiferencia. De esta globalización de la indiferencia. Que no importa».

El Papa ha concluido sus palabras pidiendo que se acompañen con la oración los ejercicios espirituales que él y sus colaboradores comienzan esta tarde y que durarán hasta el viernes.

El hijo pródigo: «¡Cuánta ternura!»

Antes de la oración mariana, el Papa había desgranado el Evangelio de este domingo, la parábola del padre misericordioso. Antes que su perdón, llamó la atención sobre el hecho de que el padre deja a su hijo menor «irse, aun conociendo los posibles riesgos. Así hace Dios con nosotros: nos deja libres, también ante equivocaciones, porque creándonos ha hecho el gran don de la libertad. Es nuestra responsabilidad el hacer un buen uso. ¡Este don de la libertad que nos da Dios me sorprende siempre!».

Además, cuando el hijo se aleja, «el padre lo lleva siempre en el corazón; espera con esperanza su vuelta; escruta el camino en la esperanza de verlo. Y un día lo ve aparecer a lo lejos. Esto significa que este padre, cada día, salía a la terraza a mirar si el hijo volvía… Entonces se conmueve al verlo, se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. ¡Cuánta ternura! Y este hijo había hecho tantas cosas graves, ¡eh! Pero el padre lo recibe así».

El Papa continuó explicando que el padre también tiene esta misma actitud hacia el hijo mayor, que no quiere acoger al pródigo. «El padre sale a encontrar también a este hijo». La actitud de sentirnos siempre justos, advirtió Francisco, «es una actitud mala, ¡es la soberbia! Es del diablo». Pero también entonces «el Padre viene a buscarnos. ¡Este es nuestro Padre!». Por último, el Obispo de Roma habló de un tercer hijo, que «está escondido»: Jesús, que para reconciliarnos con Dios, «tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos». Él es «la extensión de los brazos y del corazón del Padre».

Como conclusión, Francisco señaló que esta parábola «revela el corazón de Dios. Él es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama inconmensurablemente, espera siempre nuestra conversión cada vez que nos equivocamos; está atento a nuestro regreso cuando nos alejamos de Él pensando que no lo necesitamos. Está siempre preparado para abrirnos los brazos pase lo que pase. Como el padre del Evangelio, también Dios continúa considerándonos sus hijos cuando estamos perdidos, y viene hacia nosotros con ternura cuando volvemos a Él. Y nos habla con tanta bondad cuando nosotros creemos que somos justos. Los errores que cometemos, también si son grandes, no dañan la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Reconciliación podemos siempre de nuevo comenzar: Él nos acoge, nos da de nuevo la dignidad de hijos suyos».

Alfa y Omega

[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»Palabras del Papa antes del rezo del Ángelus»]Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el capítulo 15º del evangelio de Lucas encontramos las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja encontrada (v. 4-7), aquella de la moneda encontrada (v. 8-10), y la gran parábola del hijo pródigo, o mejor, del padre misericordioso (v. 11-32). Hoy, sería bonito que cada uno de nosotros tomase el Evangelio, este capítulo 15 del evangelio según Lucas, y leyese las tres parábolas. Hoy, dentro del itinerario cuaresmal, el Evangelio nos presenta justamente esta última parábola del padre misericordioso, que tiene como protagonista un padre con sus dos hijos. El relato nos hace ver algunos gestos de este padre: es un hombre que está siempre preparado para perdonar y que espera contra toda esperanza. Llama sobre todo la atención su tolerancia ante la decisión del hijo más joven de irse de casa: se podría haber opuesto, sabiendo que era todavía inmaduro, un joven chico, o buscar algún abogado para quitarle la herencia, estando todavía vivo. En cambio le deja irse, aun conociendo los posibles riesgos. Así hace Dios con nosotros: nos deja libres, también ante equivocaciones, porque creándonos ha hecho el gran don de la libertad. Es nuestra responsabilidad el hacer un buen uso. ¡Este don de la libertad que nos da Dios me sorprende siempre!

Pero la separación de aquel hijo es sólo física; el padre lo lleva siempre en el corazón; espera con esperanza su vuelta; escruta el camino en la esperanza de verlo. Y un día lo ve aparecer a lo lejos.

Pero esto significa que este padre, cada día, salía a la terraza a mirar si el hijo volvía… Entonces se conmueve al verlo, se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó (cfr v. 20). ¡Cuánta ternura! Y este hijo había hecho tantas cosas graves, ¡eh! Pero el padre lo recibe así.

La misma actitud reserva el padre para el hijo mayor, que siempre se ha quedado en casa y ahora está indignado y protesta porque no entiende y no comparte toda aquella bondad con el hermano que se había equivocado. El padre sale a encontrar también a este hijo y le recuerda «Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo (v. 31), es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y esto me hace pensar en una cosa: cuando uno se siente pecador, se siente de verdad poca cosa como he escuchado a tanta gente, que me dicen: «Pero, Padre, ¡yo soy lo peor!» En cambio cuando uno se siente justo –«Yo siempre he hecho bien las cosas»– también el Padre viene a buscarnos, porque aquella actitud de sentirnos justos es una actitud mala, ¡es la soberbia! Es del diablo. El Padre espera a que se reconozcan los pecadores y va a buscar a aquellos que se sienten justos. ¡Este es nuestro Padre!

Y en esta parábola se puede entrever también un tercer hijo: ¿un tercer hijo? ¿Y dónde? ¡Está escondido! Es aquel que «no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos» (Fil 2, 6-7). Este hijo–Siervo es Jesús. Es la extensión de los brazos y del corazón del Padre: Él ha recibido al pródigo y ha lavado sus pies sucios: Él ha preparado el banquete para la fiesta del perdón. Él, Jesús, nos enseña a ser misericordiosos como el Padre.

La figura del padre de la parábola revela el corazón de Dios. Él es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama inconmensurablemente, espera siempre nuestra conversión cada vez que nos equivocamos; está atento a nuestro regreso cuando nos alejamos de Él pensando que no lo necesitamos. Está siempre preparado para abrirnos los brazos pase lo que pase. Como el padre del Evangelio, también Dios continúa considerándonos sus hijos cuando estamos perdidos, y viene hacia nosotros con ternura cuando volvemos a Él. Y nos habla con tanta bondad cuando nosotros creemos que somos justos. Los errores que cometemos, también si son grandes, no dañan la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Reconciliación podemos siempre de nuevo comenzar: Él nos acoge, nos da de nuevo la dignidad de hijos suyos y nos dice: «¡Ve hacia delante! ¡Ve en paz! ¡Levántate, ve hacia delante!»

Que en este tiempo de Cuaresma, que nos separa de la Pascua, seamos llamados a intensificar el camino interior de la conversión. Permitamos encontrar la mirada del amor de nuestro Padre, y volvamos a Él con todo el corazón, rechazando cualquier compromiso con el pecado. Que la Virgen María nos acompañe hasta el abrazo regenerador con la Divida Misericordia.

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[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»Palabras del Papa después del rezo del Ángelus»]

Queridos hermanos y hermanas:

Expreso mi viva cercanía a las Misioneras de la Caridad por el grave luto que las ha golpeado hace dos días con el asesinato de cuatro religiosas en Adén, en Yemen, donde asistían a ancianos. Rezo por ellas y por las otras personas asesinadas en el ataque, y por sus familiares. Estos son los mártires de hoy. Y esto no es títular en los periódicos ¡no es noticia! Estos mártires que dan su sangre por la Iglesia son víctimas de sus asesinos y también de la indiferencia. De esta globalización de la indiferencia. Que no importa. Que la Madre Teresa acompañe en el paraíso a estas hijas suyas mártires de la caridad, e interceda por la paz y el sagrado respeto de la vida humana.

Como señal concreta de compromiso por la paz y la vida quisiera citar y expresar admiración por la iniciativa de los corredores humanitarios para los refugiados, puesta en marcha últimamente en Italia. Este proyecto-piloto, que une la solidaridad y la seguridad, permite ayudar a las personas que huyen de la guerra y de la violencia, como los cien prófugos ya transferidos a Italia, entre los que se encuentran niños enfermos, personas discapacitadas, viudas de guerra con hijos y ancianos. Me alegro también porque esta iniciativa es ecuménica, ya que es sostenida por la Comunidad de San Egidio, la Federación de la Iglesia Evangélica Italiana, y la Iglesia valdense y metodista.

Saludo a todos ustedes, peregrinos venidos de Italia y de tantos países, en particular a los fieles de la Misión Católica de Hagen (Alemania), como también a aquellos de Timisoara (Rumanía), Valencia (España) y de Dinamarca.

Saludo a los grupos parroquiales de Taranto, Avellino, Dobbiaco, Fane (Verona) y Roma; a los chicos de Milán, Almenno San Salvatore, Verdellino-Zingonia, Latiano, y a los jóvenes de Vigonovo; las Escuelas Don Carlo Costamagna de Busto Arsizio e Immacolata de Soresina; a los grupos de oración Santa Maria degli Angeli e della Speranza; y a la Confederación Nacional de Exalumnos de la Escuela Católica.

Por favor les pido nos recuerden en la oración, a mí y a mis colaboradores, que desde esta tarde hasta el próximo viernes asistiremos a los Ejercicios Espirituales. Deseo a todos un buen domingo. Buen almuerzo y ¡hasta la vista!

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