El loco de la Eucaristía que detuvo la peste en Pontevedra
La Archidiócesis de Santiago inicia el proceso de canonización del fray Juan de Navarrete, promotor de la devoción eucarística en Galicia
La capilla de O Santo, en Sanxenxo, acogió este verano el inicio oficial del proceso eclesial de canonización de Fray Juan de Navarrete, el «loco de la Eucaristía» de Galicia. Considerado desde hace siglos como una figura de referencia espiritual en la comarca, Navarrete fue el religioso que promovió la devoción eucarística en la zona.
Fray Juan nació, según la tradición, hacia 1488 en la localidad riojana de Navarrete, en el seno de una familia distinguida. Ingresó en la orden franciscana y profesó en el convento de Santa María de Jesús de Alcalá. All recibió su formación religiosa y probablemente fue ordenado sacerdote. Allí quedó marcado por la espiritualidad de san Diego de Alcalá y, posteriormente, por la figura de fray Cherubino de Espoleto. Durante su vida misionera destacó especialmente por su devoción al Santísimo Sacramento y por su empeño en extender su culto.
De hecho, una de sus más destacadas hijas espirituales, Teresa Enríquez, fue una insigne figura de la piedad eucarística castellana. El Papa Julio II la apodó significativamente como «la loca del Sacramento», en alusión a la intensidad y constancia de su devoción. El Papa León XIV reconoció recientemente las virtudes heroicas de esta mujer heredera de las enseñanzas espirituales de fray Juan.
Sacramento y limosnas
El franciscano promovió la fundación de cofradías eucarísticas y destinó las limosnas recibidas de personas principales a adquirir ornamentos y objetos litúrgicos para las iglesias más necesitadas. Entre ellos había cálices, corporales, toallas y arcas de plata. Su actividad coincidió con la de otras grandes figuras de la piedad eucarística española de los siglos XVI y XVII, como san Pascual Baylón y san Juan de Ribera.

Su fama como predicador llevó a que Alonso III de Fonseca, entonces arzobispo de Toledo y antiguo arzobispo de Santiago, se fijara en él. Por mandato suyo, fray Juan se trasladó hacia 1525 a Asturias y Galicia para desarrollar allí su labor misionera. Las crónicas lo describen como un religioso entregado a la oración, la penitencia y la predicación. Anunciaba el Evangelio «en las iglesias de todos los pueblos, en las calles, en las plazas, en las aldeas; a chicos, medianos y a grandes». Su misión en el noroeste peninsular se concentró probablemente en los últimos dos o tres años de su vida.
«Cesará la epidemia»
En Pontevedra, donde llegó en medio de un brote epidémico, compaginó la predicación con la atención a enfermos y pobres. Su entrega hizo que pronto comenzara a extenderse entre los vecinos una reputación de santidad. La tradición atribuye a fray Juan diversos milagros y favores, entre ellos la desaparición de aquella epidemia después de que promoviera una cofradía dedicada a la Pasión de Cristo. «Yo os prometo de parte de Dios que cesará la epidemia y que por 40 años no la habrá en esta villa, si se hiciese una cofradía en memoria de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo», dijo. Así se hizo y la pandemia se detuvo milagrosamente.
En una de sus salidas llegó hasta Portonovo, donde celebró Misa y predicó a los vecinos. Durante la homilía anunció que uno de los presentes moriría tres días después, sin saber que sería él mismo el protagonista de su profecía. Al regresar a Pontevedra, montado en un asno debido a su agotamiento, sufrió una caída y el accidente le causó heridas mortales, aunque permaneció con vida durante tres días. Tras recibir la confesión, la Comunión y la unción de los enfermos, murió antes de la medianoche, en 1528. Las crónicas cuentan que su rostro conservó una expresión serena y que de su cuerpo emanó una fragancia que los presentes interpretaron como signo de su santidad.
Para Luis Ángel Bermúdez Fernández, postulador de la causa del franciscano, «se trata de una figura de gran interés histórico y espiritual, por ser uno de los precursores de la devoción eucarística en España». Mientras muchos franciscanos de su tiempo soñaban con las misiones en América o en Oriente, «fray Juan entendió que la tierra de misión estaba en su propio entorno, dedicando toda su vida a la evangelización de los pueblos de la península», añade.