El hogar del lenguaje - Alfa y Omega

«Tras siglos de búsqueda de soportes y de escritura humana sobre piedra, barro, madera o metal, el lenguaje encontró finalmente su hogar en la materia viva». El infinito encontró su fin en el junco. Las palabras se cobijaron en una planta acuática y nació el primer libro de la historia. Y en ese principio está contenida toda la humanidad, en torno a la palabra transmitida. Mientras Irene Vallejo, flamante Premio Nacional de Ensayo por su Infinito en un junco (Siruela) me lleva de la mano por la Biblioteca de Alejandría y miro en el interior del cofre donde Alejandro Magno guardaba su Ilíada, mi hija de 2 años no despega la vista de la tableta. Traspasada por el ingente amor a los libros que destila de este extraño bestseller –ensayo sobre el origen de los libros, a la vez que libro de caballerías y anecdotario filológico– que no ha necesitado más publicidad que el boca a boca, me levanto del sofá y traigo todos los libros infantiles que encuentro por la casa. Se los leo. Y ella sonríe y pide más, aunque con la mirada desea encender la pantalla que todo lo abarca.

«Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos», vuelve a susurrarme Irene. Y yo me envalentono y me aplico en el mundo de la dinosauria que quería ser bailarina porque «la humanidad desafió la soberanía absoluta de la destrucción al inventar la escritura y los libros».Quiero que la niña sea agradecida receptora de ese desafío. Porque gracias a él estoy hoy aquí, con el papel entre mis manos, el junco y la dinosauria, alentando la supervivencia a toda serie de aparatos tecnológicos que presagiaban su muerte. Pero como dice Umberto Eco, el libro «pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor». 

Me gustaría que el afán de conocimiento de mi hija no sea solo a través de sonidos y colores. Que sepa que durante siglos ríos de conocimiento acabaron en la hoguera para controlar a las masas. Que ser librero es la sempiterna profesión más hermosa del mundo. Que el hombre que mandó bombardear la biblioteca de Sarajevo fue un profesor especializado en Shakespeare que amaba la literatura, pero más la ideología. Hay una legión de amantes de los libros ahí fuera. Solo hay que buscar «Irene Vallejo» en Twitter.