El esplendor de Cristo

En realidad, el origen de la fiesta del Corpus Christi es la Eucaristía que Jesús mismo instituye el Jueves Santo. Sin embargo, el origen próximo de esta devoción se encuentra en la visión de una joven…

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Corpus Christi en la ciudad de Granada. Foto: EFE/Juan Ferreras

En realidad, el origen de la fiesta del Corpus Christi es la Eucaristía que Jesús mismo instituye el Jueves Santo. Sin embargo, el origen próximo de esta devoción se encuentra en la visión de una joven belga de 16 años llamada Juliana, que en 1208 ve una luna llena e inmaculada atravesada por una franja de color negro, algo que el Señor le inspira para interpretar así: a la Eucaristía le falta una fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia. Tras comunicarlo a varios sacerdotes, el obispo de Lieja accede a instaurar la primera fiesta eucarística en su diócesis, en 1247, de carácter local. «Pero uno de aquellos sacerdotes fue el que en 1261 sería elegido Papa con el nombre de Urbano IV, quien en el tercer año de su pontificado instaura una fiesta más solemne en honor de la Eucaristía», explica el historiador Juan Estanislao López Gómez, autor de varios libros sobre el Corpus Christi y su celebración, especialmente en Toledo.

Al poco de ser elegido, a Urbano IV le hacen llegar los corporales de Daroca, el milagro eucarístico más conocido en la España de la Reconquista; y en 1263 tiene lugar en Bolsena (Italia) otro conocido milagro eucarístico: un sacerdote tiene dudas sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía y en plena celebración de la Misa ve cómo empieza a gotear sangre de la Hostia. «Todos estos hechos fueron conocidos por el Papa, que habiendo conocido también a santa Juliana, decide proclamar la bula de institución de la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia ya en 1264», afirma el historiador. Así, en su bula Transiturus de hoc mundo, el Papa Urbano IV instituye «una fiesta especial y solemne de tan gran sacramento, el primer jueves después de la Octava de Pentecostés», una devoción que no tardaría en extenderse por toda la cristiandad.

Arraigo en España

La fiesta entró en España por Toledo, la sede primada, y desde allí se extendió por la península. Por ejemplo, ya desde el siglo XV está establecida de forma definitiva la fiesta en Madrid, como confirma un documento de 1481: «Que todas las fiestas del Cuerpo de Nuestro Señor que de aquí en adelante se hiciesen, que todos los oficios de la Villa saquen cada oficio sus juegos con representación honrosa lo más honradamente que ellos pudieren». Además, al estar la sede de la Corte en Madrid, el Corpus pasó a convertirse en una fiesta que mezclaba lo cortesano y lo popular.

El Corpus arraigó de manera especial en nuestro país, «porque la liturgia mozárabe que existía desde el siglo VII era especialmente eucarística –explica López Gómez–. La Misa del Jueves Santo tiene una liturgia propia, y al Jueves después de Pascua le daba mucha importancia también. En la catedral de Toledo existía el rito de la renovación: todos los jueves, el sacerdote consagraba dos Hostias grandes, una para consumir y otra para quedar guardada en el copón hasta el jueves siguiente, como una continuación del sacrificio eucarístico. Por eso el Corpus aterrizó tan bien en la diócesis de Toledo, que entonces era enorme y abarcaba buena parte de España».

Desde allí se extendió sobre todo a la América española, «hasta en sus aspectos profanos, como los gigantones y la tarasca: un monstruo que simboliza el pecado, que va delante de la custodia y huye del esplendor de Cristo. En Toledo pervive la costumbre de poner encima de tarasca una muñeca que se llama tarasquilla y representa como amiga del pecado a Ana Bolena, causante del cisma anglicano».

En medio de nosotros

Desde entonces, en todo el mundo millones de fieles han celebrado lo que explicaba en su bula Urbano IV: «Es un memorial dulcísimo, sacrosanto y saludable en el cual renovamos nuestra gratitud por nuestra redención, nos alejamos del mal, nos afianzamos en el bien y progresamos en la adquisición de las virtudes y de la gracia, nos confortamos por la presencia corporal de nuestro mismo Salvador, pues en esta conmemoración sacramental de Cristo está presente Él en medio de nosotros, con una forma distinta, pero en su verdadera sustancia».

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo