El Caballero de Gracia

Concha D’Olhaberriague
Foto: De San Bernardo

El oratorio de Caballero de Gracia, semioculto entre dos fachadas discretas integradas en los edificios colindantes, es la única iglesia que hoy tiene acceso por la Gran Vía, a la cual asoma una cruz muy sencilla colocada sobre la curva del ábside, obra de Carlos Luque, quien reforma esta cara externa a principios del XX, cuando se abre la nueva calle.

La entrada principal se encuentra en la calle que da nombre al oratorio. Gracia es la españolización del apellido de Jacobo Gratii, noble italiano, modenés, vecino del Madrid de Felipe II y Felipe III, diplomático vaticano y promotor de diversas instituciones de carácter caritativo, religioso y educativo. Entre las fundaciones del muy famoso y longevo caballero italiano –se dice que vivió 102 años–, está el convento desaparecido de franciscanas concepcionistas, situado en la confluencia de la calle del oratorio, llamada antaño de La Florida, con la del Clavel. En este monasterio, surgió la Congregación del Santísimo Sacramento.

Durante el reinado de Carlos III fueron varios los miembros de la alta nobleza afiliados a la congregación, y así, el apoyo del rey, gran devoto de los franciscanos, resultó decisivo para la construcción del templo, pues la adoración de la Sagrada Forma las 24 horas, otorgada por privilegio papal, requería una capilla independiente pero cercana al convento.

El proyecto se encargó a Juan de Villanueva, arquitecto del Museo del Prado y el Observatorio Astronómico, residente un tiempo en Italia y muy influido por los modelos de la antigüedad grecolatina, que recrea con suma elegancia y un cuidado especial los detalles y el acabado en esta su única iglesia. Todo ello podemos apreciarlo en la traza del oratorio, de planta basilical, con un crucero en elipse, bóveda de cañón adornada por casetones, una sola nave –aunque parece que haya tres por el porte de las columnas de un solo bloque de granito, coronadas por capiteles corintios y separadas del muro por un pasillo– y una cúpula oval que llena de luz el espacio e invita al recogimiento, creando un ámbito majestuoso sin dejar de ser íntimo.

Entre las obras de arte del templo destaca el Cristo de la agonía, una de las mejores tallas del XVII, y la vidriera de La Última Cena de Maumejean a modo de retablo.