Autor de La costurera de Dacca: «El boicot a las marcas no es la solución» - Alfa y Omega

Autor de La costurera de Dacca: «El boicot a las marcas no es la solución»

Jaume Sanllorente conoció en Bangladés la verdadera cara de la industria de la moda

Fran Otero
Jaume Sanllorente viajó a Bangladés tras el derrumbe del Rana Plaza. Foto: Lydia Cazorla

Jaume Sanllorente (Barcelona, 1976) es periodista. Un viaje a la India cambio su vida hasta el punto de marcharse allí, donde fundó la ONG Sonrisas de Bombay, con la que ha ayudado a miles de personas en los suburbios de la citada ciudad. Le impactó tanto la catástrofe del Rana Plaza en Dacca que decidió viajar a Bangladés para conocer de primera mano esa industria sobre la que pesaban ya miles de muertos.

¿Cuál es la situación actual?
Existen muchas fábricas –incluso hoy en día, después de desastres como el del Rana Plaza– en las que las condiciones de trabajo son infrahumanas: salas en las que las trabajadoras (mayormente mujeres) están hacinadas y amontonadas sin ventilación y con jornadas infames, teniendo un pequeño camastro debajo de su mesa de trabajo para dormir tres horas y seguir trabajando después. Cuando estuve en Bangladés muchas de ellas coincidían en contarme que se las había llegado a encerrar, motivo por el cual, cuando ha habido algún incendio, no han podido escapar.

¿Qué es lo más urgente?
En un primer lugar, las pésimas condiciones de trabajo. La vulneración de los derechos humanos es lo primero que se debe remediar. Los salarios son muy inferiores a muchos otros países, pero se irá avanzando.

¿Hacen algo las grandes multinacionales que trabajan allí?
Muchas de ellas firmaron varios acuerdos después de la tragedia del Rana Plaza en los que se comprometían, entre otras cosas, a reforzar los mecanismos de control a las empresas que contratan en Bangladés y, a su vez, los talleres que esas empresas contratan después. A todas las empresas occidentales que hacen su ropa allí no les interesa, desde luego, un nuevo escándalo que las ponga en el ojo del huracán de nuevo y, por ello, es algo que deben controlar y hacer el máximo esfuerzo para implementar mejoras. Pero, a la vez, deben ser conscientes de que ese esfuerzo tiene un precio: gastar más en determinadas medidas aunque eso suponga tener menos ganancias por prenda realizada. Y no todas están dispuestas a realizar ese esfuerzo.

¿Hay alguna solución?
La solución pasa, desde luego, por la mayor implicación de todos. Los trabajadores han intentado muchas cosas en estos años: manifestaciones pacíficas, representantes que abrieran diálogos con los responsables, etc. pero tienen un gran enemigo a la hora de exigir unos mínimos: la pobreza. Sus condiciones de vida son tan bajas que, muchas veces, no les queda otra que aceptar la tremenda situación en la que trabajan. Esa pobreza viene agravada, en numerosos casos –y eso sucede también en India, país en el que vivo– por el escaso nivel educativo. Cuando no se conocen los propios derechos, es inimaginable poderlos exigir.

¿Cómo deberíamos comportarnos los consumidores?
Sin lugar a dudas, el boicot a determinadas marcas no es la solución. Primero, porque que una marca u otra salga señalada en los medios no significa que las otras no tengan responsabilidad alguna; o incluso que la señalada en los medios no haya tomado medidas ya para las mejoras. Y segundo –lo más importante– porque hay que pensar que de todas esas prendas viven –mejor o peor– muchísimas familias en Bangladés.

Entonces…
Creo que la respuesta por parte del consumidor debería pasar por preguntar, conocer, informarnos del tema: saber exactamente qué protocolos se han seguido para esa camisa que nos hemos comprado o esos pantalones que llevamos. Incluso, aunque pueda parecer extraño, preguntarle a la persona que nos atienda en esa tienda si ella los conoce. Igual no tiene ni idea, pero si muchos clientes ya le empiezan a preguntar, se informará e informará a sus responsables y poco a poco habrá mucha más conciencia y sensibilidad. Si exigimos coherencia a los responsables de muchas marcas, debemos exigírnosla primero a nosotros como consumidores. Para exigir derechos, hay que cumplir obligaciones.