En medio de las plantaciones, en una línea de casas hechas con unos cuantos ladrillos y láminas de aluminio, encontramos nuestro pesebre: un cuarto, oscuro y sin ventilación. En un camastro, arrinconada y cubierta por una sábana roída, sucia y con fuerte olor a orines, Pranjsamma. El misterio de la fragilidad y el sufrimiento humano nos deja a los cuatro en silencio. Supongo que los pastores al contemplar a Jesús también hicieron silencio

He visto en las noticias una imagen que me ha impactado: la Sagrada Familia separada y enjaulada. Ese es el belén navideño de una iglesia metodista de California y es la realidad de muchas familias en la frontera sur de los Estados Unidos. Esta imagen, lejos de escandalizarme, me trae al corazón las palabras del Papa tras su visita a Greccio: «La contemplación de la escena de la Navidad nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él».

En casa aún no hemos puesto el belén, pero el otro día tuve un anticipo de uno viviente. Iba a llevar la comunión a tres mujeres ancianas y enfermas acompañada por uno de nuestros feligreses y dos alumnas del cole. Como a los pastores, el tiempo nos apremiaba, y en medio de las plantaciones, en una línea de casas hechas con unos cuantos ladrillos y láminas de aluminio, encontramos nuestro pesebre: un cuarto, oscuro y sin ventilación. En un camastro, arrinconada y cubierta por una sábana roída, sucia y con fuerte olor a orines, Pranjsamma. Es difícil calcular la edad de esta mujer que es solo piel y huesos rígidos. Su mirada, no perdida del todo, y su respiración sofocada son las únicas señas de vida que demuestra. Está sola. Tiene un marido anciano que trabaja en la capital y son los vecinos quienes se encargan de mantenerla con vida.

Dilushi lee el Evangelio y Alexander me ayuda a incorporarla un poco para poder darle la comunión. Cristo Eucaristía encarnado en el cuerpo sufriente de esta mujer. Le acaricio la frente y el rostro con toda la ternura de la que soy capaz. El misterio de la fragilidad y el sufrimiento humano nos deja a los cuatro en silencio. Supongo que los pastores al contemplar a Jesús también hicieron silencio.

Regresando a casa les pregunto a las chicas si la semana próxima se anima a repetir. Koncina responde tajantemente: «Of course, sister». Ante tan rotunda afirmación le pregunto el porqué. «Porque Jesús vive en esa casa, sister».

Beatriz Galán Domingo, SMC
Misionera comboniana en Talawakelle, Sri Lanka