El arte de desprenderse del vil metal

¿Somos conscientes del uso que hacemos del dinero? La diferencia entre invertir en un Banco u otro, o entre comprar en una tienda de ropa u otra, puede suponer un cambio vital en las vidas de muchas personas que forman parte de esa estructura, y en la configuración del sistema económico y financiero. A pequeña escala, también afecta: hacer un contrato a nuestra empleada del hogar, no cobrar en negro, o dar dinero a quien lo necesita, pueden dar un giro de 180 grados a nuestra relación con el vil metal

Cristina Sánchez Aguilar

¿Somos conscientes del uso que hacemos del dinero? La diferencia entre invertir en un Banco u otro, o entre comprar en una tienda de ropa u otra, puede suponer un cambio vital en las vidas de muchas personas que forman parte de esa estructura, y en la configuración del sistema económico y financiero. A pequeña escala, también afecta: hacer un contrato a nuestra empleada del hogar, no cobrar en negro, o dar dinero a quien lo necesita, pueden dar un giro de 180 grados a nuestra relación con el vil metal

¿Mi ganancia es la ganancia de todos?

«Nunca he visto un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre», afirmó el Papa Francisco, el pasado viernes, durante la homilía de la Misa en Santa Marta. «Hay tesoros que seducen en vida, pero que la muerte destruye», recalcó el Pontífice. A veces, incluso, «destruyen en vida», recuerda Antonio, cuando se refiere al dinero. «Estaba tan obsesionado por ascender en mi empresa, por tener el mejor puesto, y con la mejor remuneración, que hasta me olvidé de cuidar a mi familia, de cuidar de mis amigos», reconoce. Eso sin nombrar «lo tío Gilito que me volví. Cuanto más dinero ganaba, más atesoraba, y enjuiciaba a los que venían a pedirme que les ayudase, pensando que algo habrían hecho mal para llegar al punto que habían llegado. Estaba convencido de que yo me merecía ese dinero, porque lo había trabajado dignamente». Pero «no era feliz». Porque, como decía el Papa en Santa Marta, el único tesoro que podremos llevar con nosotros «no es lo que has guardado para ti, sino lo que has dado a los demás».

Hace unos años, volvió a la parroquia, de la mano de su mujer, y comenzó a participar en una de las nuevas realidades eclesiales que se daban cita allí. «Se me cayó la venda de los ojos. Fue un proceso lento, pero en mi reconversión acepté que el dinero y el éxito sólo me hacían sufrir». Ahora, Antonio «es la persona más generosa que he conocido», cuentan los que le rodean, porque él cumple el precepto evangélico de que no sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda. Ha pagado médicos, alquileres de pisos, hasta una residencia mensual a un anciano que no tenía a nadie que le ayudase. Y un sinfín de cosas más. Además, cada mes, da el diezmo a su movimiento -el 10% de sus ganancias mensuales-, algo que cada vez está más extendido en la Iglesia. «Mi ganancia es la ganancia de todos», sostiene.

Hay muchas formas más de dar el diezmo, como, por ejemplo, colaborando cada mes con instituciones que trabajen con los más desfavorecidos, o practicando la limosna cada día, que, en un paseo por la ciudad, oportunidades no faltan.

Quien esté libre de hacer chanchullos, que tire la primera piedra

¿Quién no ha hecho, o hace de vez en cuando, algún chanchullo para pagar menos? Es un clásico escuchar, en cualquier conversación, que alguien tiene un conocido que cobra en negro para no declarar ese dinero, o un amigo autónomo que pide tickets de comida para pasarlo como gastos y así tener menos beneficios –ergo, pagar menos-. Otro de los enredos más recurrentes es el referido a las empleadas del hogar. Más, desde que la nueva normativa entró en vigor, el pasado año, y cuyas consecuencias no han sido buenas. ¿He preferido no complicarme la vida y echar a la chica para no hacerla un contrato y, así, no pagar la Seguridad Social? Otro tejemaneje es seguir pagando lo mismo, y que ella cargue con el coste de dicha Seguridad Social, lo que conlleva que perciba mucho menos por el mismo trabajo. Algunos, más moderados, sólo han rebajado las horas, para que las puedan contratar otros. Liliana, trabajadora doméstica en varias casas, se daba de alta a sí misma, lo que la permitía cotizar y tener sus papeles en regla. Tras la entrada en vigor de la nueva medida, sus tres jefes la despidieron «porque era una complicación», reconoce la mujer.

No es el caso de Pedro y Marisa, quienes no sólo hicieron un contrato a su chica, sino que, además, para velar por su futuro -ella era administrativa en su país, y aquí no encontraba trabajo de lo suyo-, la contrataron para hacer algunas labores de administración en una sociedad unipersonal propiedad de Pedro, que, por cierto, no necesitaba empleados. Pero, así, ella tenía un trabajo acorde con su formación, y seguía, a la vez, limpiando en la casa. Decisión que, a esta familia, lógicamente, le supuso mayor coste que tenerla sólo como empleada del hogar.

Y en el Banco…

¿Busco ganar en mis inversiones hasta el último céntimo, a cualquier precio? ¿Soy responsable con el uso que se hace de mi dinero y me preocupo por saber dónde invierte mi Banco para darme más rentabilidad que otro? ¿Busco, con mis depósitos, ayudar a proyectos sociales que favorezcan el desarrollo humano y social?

Juan llevaba años ahorrando el mayor número de euros posible. Trabajador incansable de la construcción, su mayor preocupación era poner a buen recaudo sus ingresos, y que le dieran la mayor rentabilidad posible. «Me he pasado años recorriéndome los Bancos, buscando siempre los depósitos con mayor porcentaje de renta, sin importarme el cómo ni el por qué. Sólo la cifra final», reconoce. Hace un par de años, cuando la crisis llegó a su punto más álgido en España y los Bancos asomaron la patita, Juan se replanteó la situación: «Un amigo me contó que había sido banquero hasta hace dos años, y que la única consigna del departamento, en la última década, era vender a toda costa. A nuestra costa». Lo que se ha traducido en dramas personales y familiares que han provocado, como ya se sabe, hasta suicidios. «Y encima, ahora, van y los rescatan», añade.

Desde hace meses, Juan busca una alternativa para, «con el movimiento de mi dinero, poder ayudar a otros». Investigando, «me he enterado de que existe la Banca ética» y ha encontrado el Proyecto Fiare, con el que trabaja Cáritas, entre otras instituciones. Según su presidente estatal, Peru Sasia, «Fiare trata el capital con carácter no lucrativo. Las personas y organizaciones que acuden, no buscan altas retribuciones, o maximizar su patrimonio, sino que apuestan por un compromiso transformador». La Banca ética hace intermediación financiera: conecta el ahorro con el crédito e informa a los clientes del destino de su dinero, cuáles son los criterios para prestar, y quién lo hace: «Trabajamos en ámbitos relacionados con la lucha contra la exclusión y la pobreza, que fomenten el cooperativismo, el desarrollo comunitario, y todo lo que tenga que ver con la transformación de valores», concluye Sasia.

Se puede ayudar al sistema productivo

Desde que el café es recogido, grano a grano, hasta que llega a nuestra casa, hay varios estados: la elaboración, la importación, el transporte, el envasado y la compra. En cómo se realicen estos pasos está la diferencia entre un comercio que puede resultar pernicioso para todos los que colaboran en esta cadena, o un comercio justo. Porque no es lo mismo que el recolector de café trabaje bajo unas condiciones laborales deplorables y con un sueldo irrisorio, o con unas condiciones laborales dignas. Tampoco es lo mismo que una empresa destruya el medio ambiente con sus prácticas, a que trabaje respetando la naturaleza, don sagrado de Dios.

Las alternativas existen. Una es el comercio justo, que vende productos elaborados por cooperativas de campesinos o artesanos de los países del Sur, y cuyo proceso está garantizado por el sello de Fairtrade -una asociación que se encarga del seguimiento de estos productos-. Su objetivo es «modificar los valores de compra y de la sociedad para vivir mejor, porque está comprobado que consumir más no da la felicidad», asegura doña Mercedes García de Vinuesa, Presidenta de la Coordinadora Estatal de Comercio Justo.

También en España avanza un fenómeno conocido como grupos de consumo, en el que varias personas -suelen ser agrupaciones vecinales- se juntan para comprar productos, normalmente frutas y verduras, directamente al agricultor. Esto beneficia tanto al comprador, que tiene un producto de calidad, como al productor, que aumenta los ingresos -recibe el importe íntegro- y favorece su proceso productivo, ya que muchas veces estos pequeños agricultores no saben cuánto van a vender, y así, incluso pueden hacer números y no quedarse con excedentes.

¿Sé dónde se fabrica mi camiseta?

Todos los días gastamos dinero en comida, prendas de ropa o pequeños caprichos… Pero, ¿conozco cómo es la cadena de producción de un vestido? Con nuestros gastos, también somos responsables directos de favorecer un sistema más justo para los pequeños productores y comerciantes. Somos parte de una gran cadena que, normalmente, favorece más a quienes explotan más. ¿Que por qué? Porque ellos nos ofrecen los productos más baratos. Y oiga, si una camiseta me cuesta 10 euros y otra 30, sin pensármelo, compro la de 10.

Pero… esa diferencia de 20 euros entre una y otra, ¿de dónde procede? ¿No será que abaratar costes también supone un recorte de la dignidad de quienes lo fabrican o producen? Hace unas semanas, el derrumbamiento de un edificio de talleres de ropa en Bangladesh sacó a la luz las injustas condiciones laborales a las que son sometidas miles de personas en todo el mundo. A raíz de este suceso, el Papa Francisco, incansable denunciante del trabajo esclavo durante su etapa como arzobispo de Buenos Aires, volvió a recordar que «no pagar honradamente, no dar un trabajo porque sólo se tienen en cuenta los resultados financieros, porque sólo se busca la ganancia, va en contra de Dios». Pero… ¿sólo es culpa de las multinacionales? Porque, si no hay demanda, no hay oferta… «¡Cuántas fábricas de ropa no habrán cerrado en nuestro país por esta brutal competencia!», explicaba el misionero José Javier Bometón, Hermano marista que vivió la tragedia bengalí en primera persona. Según Bometón, «la industria textil equivale a un 80% de las exportaciones de Bangladesh, y muchas empresas europeas importan ropa de allí, debido a los bajos costes, dados los bajos salarios -un trabajador recibe 38 euros al mes- y las escasas seguridades laborales».

Mirar la etiqueta de la ropa cuando se adquiere una prenda, o preocuparse por buscar marcas cuyo proceso íntegro se realice en España, y con transparencia, es una buena alternativa para que descienda la demanda que provoca esta situación brutal.

Por Cristina Sánchez Aguilar