Dios ha estado grande con nosotros y estamos alegres

El obispo auxiliar de Madrid monseñor Fidel Herráez testimonia, en esta página, su experiencia, llena de la humanidad, sencilla y profunda a la vez, del nuevo Papa que hace florecer la presencia de Cristo en su Iglesia

Fidel Herráez Vegas
El cardenal Rouco preside la Eucaristía, en la catedral de Buenos Aires, concelebrada con su cardenal arzobispo y monseñor Herráez, en abril de 2006
El obispo auxiliar de Madrid monseñor Fidel Herráez testimonia, en esta página, su experiencia, llena de la humanidad, sencilla y profunda a la vez, del nuevo Papa que hace florecer la presencia de Cristo en su Iglesia

Durante las pasadas semanas, la Iglesia y cada uno de nosotros hemos vivido a la espera, como en una larga Vigilia de oración. Dábamos gracias por Benedicto XVI y sus fecundos años de pontificado, renovábamos la fe y la confianza en Jesucristo en cuyas manos seguía segura la Iglesia, rogábamos por aquel que, en los designios de Dios, sería en breve el timonel de la barca de Pedro y nos abríamos al Espíritu del Señor para acogerle de corazón, en la fe y en el amor, fuese quien fuese y viniera de donde viniera.

Hoy ya tenemos entre nosotros al nuevo sucesor de Pedro, al Papa que Dios, en su providencia amorosa, nos regala para ser padre y pastor de toda la Iglesia en medio del mundo y del tiempo presente, al elegido de Dios en la persona del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, con el nombre de Francisco. Una vez más, podemos decir con el salmista que «el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 126). Damos gracias a Dios de corazón y pedimos que le bendiga abundantemente, a fin de que su vida y su tarea como Vicario de Cristo sea una bendición para la Iglesia y para toda la Humanidad.

Personalmente, a la común sorpresa inicial, se me unió enseguida la alegría de haber conocido al cardenal Bergoglio en algunas ocasiones anteriores, con el grato recuerdo que conservo de aquellos encuentros que ahora evoco con especial significado e intensidad. Esto es lo que, en estas líneas, quiero sencillamente compartir. La primera vez que le conocí fue con motivo de los Ejercicios espirituales que se organizan anualmente para los obispos de España y que monseñor Bergoglio dirigió en enero del año 2006. Conservo los apuntes que él mismo, además de sus intervenciones, nos daba cada día. Al retomarlos ahora, recuerdo la preparación y fidelidad ignaciana con que fue desarrollando el esquema de los Ejercicios y, al mismo tiempo, la aplicación actualizada y práctica de los temas, con las llamadas a la exigencia evangélica que conllevan siempre esos días de oración. Tuve ocasión de hablar con él y de percibir rasgos de su persona como la sencillez en las palabras y la profundidad en la búsqueda de lo esencial.

A las 3 de la madrugada…

Tres meses después, en abril del mismo año, quiso nuestro señor cardenal de Madrid que yo le acompañase en su viaje a Argentina, con ocasión de recibir un Doctorado Honoris Causa, que le había otorgado la Universidad que la Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino (FASTA) tiene en Mar de Plata. Nuestra estancia entre esta ciudad y la de Buenos Aires duró aproximadamente una semana. Fue entonces cuando volví a encontrarme con el cardenal Bergoglio, con quien estuvimos en diversos encuentros, en los que tuve la oportunidad de conocerle y tratarle bastante de cerca.

Subrayo tres momentos en los que ya entonces me impactó su modo de ser y de hacer. El primero fue a nuestra llegada a Buenos Aires en un vuelo que aterrizó a las 3 de la madrugada. El cardenal Bergoglio estaba, a esa hora, esperándonos en el aeropuerto, para acogernos del modo más entrañable y acompañarnos él mismo hasta el lugar donde esos días íbamos a residir. Todo con la mayor naturalidad y servicio fraternal.

La segunda ocasión de conocerle más cercana y abiertamente fue en su casa, donde nuestro cardenal y él vivieron esos días algunos encuentros en los que tuvieron la amabilidad de querer que también estuviera yo presente. En un momento, caminando yo con él, todavía en su casa, hablábamos los dos y me valoraba muy positivamente la comunión eclesial que percibía entre el cardenal de Madrid y su obispo auxiliar; unión que se debía sin duda –decía él– a la bondad que percibía en nosotros. Volviéndome a él, me permití decirle con la espontaneidad y confianza del momento: «También usted tiene cara de buena persona». Se sonrió, me puso la mano en el hombro y con tanta humildad como fino humor me dijo: «La próxima vez que me confiese puedo hacerlo contigo y… ya verás que no es tanto».

Un tercer momento fue el de la comida que compartimos con el cardenal Bergoglio y sus tres obispos auxiliares. Para mí fue llamativa la actitud servicial y fraterna que mantuvo en todo momento, la atención que prestó a los mínimos detalles y su modo de estar pendiente de cuanto pudiera hacernos sentir más a gusto y más en familia.

Otro día concelebramos también con él la Eucaristía de la tarde, en la catedral. De esta experiencia y de las anteriores conservo la imagen de su gran sensibilidad pastoral; su actitud de fe, hondamente religiosa y sencillamente orante; su piedad mariana, tierna y confiada; su capacidad de acoger y pensar en los demás; su delicadeza y espíritu de servicio; su humildad, cercanía y modesta presencia, junto a la claridad de mente y serena firmeza para acometer la misión confiada en los momentos difíciles.

Son rasgos de nuestro Santo Padre, Francisco, que, entre otros, se irán repitiendo, estos días, en los medios de comunicación y, sobre todo, en el corazón de los creyentes. Doy gracias a Dios por haberlos experimentado personalmente. También celebro en mi corazón que éstos y otros muchos dones que iremos reconociendo en este hombre de Dios sean, ya desde ahora, un inmenso regalo para la Iglesia universal.

+ Fidel Herráez Vegas