Dice Francisco en Laudato si que «tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. Les hace falta entonces una conversión ecológica».

Monseñor Osoro se ha hecho eco de la petición del Papa y ha convocado en Madrid la Jornada Mundial por el Cuidado de la Creación para el primer sábado de septiembre. Una jornada ecuménica, sobre todo en comunión con nuestros hermanos ortodoxos. Ya el mismo Papa comenzaba su encíclica citando esta tremenda sentencia del patriarca Bartolomé: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados».

Y es cierto que, como dice el Papa, «la tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería». Y esta no es una cuestión baladí, porque «por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho». Ser o no ser sensible al cuidado de la creación depende de reconocer a Dios como creador o, en el paroxismo de nuestra autosuficiencia, pretender sustituirle: «parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros».

Es más, no está en juego solo el valor de la creación, sino también el valor de cada una de nuestras vidas: «¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido!».

Nos explicaron la creación solo como respuesta a la pregunta sobre el origen, como el hecho más antiguo, y por tanto, más alejado de nuestra vida. Cuando es todo lo contrario, porque la creación encierra el sentido de la vida: que «todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios». Que «la naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia?».

Manuel María Bru