Devoción, política y poder en la España de los Austrias

Ricardo Ruiz de la Serna
Cristo yacente de Gregorio Fernández, 1615. Monasterio de La Encarnación, Madrid. Foto: Patrimonio Nacional Retrato de María de Austria. Rodrigo de Villandrando. Monasterio de La Encarnación. Foto: Patrimonio Nacional

El visitante debe prepararse para viajar en el tiempo. Se le van a abrir las puertas más secretas, los salones más reservados, las estancias a las que casi nadie podía acceder cuando los Austrias gobernaban el mundo. Podrá admirar los tesoros de los reales monasterios de Las Descalzas y de La Encarnación durante los siglos XVI y XVII. Debe, pues, aprestarse para la maravilla y el asombro

Retrato de María de Austria. Rodrigo de Villandrando. Monasterio de La Encarnación. Foto: Patrimonio Nacional

Gracias a Patrimonio Nacional y a la Fundación Banco Santander, desde el pasado 5 de diciembre y hasta el 15 de marzo de 2020, se puede visitar, en el Palacio Real de Madrid, esta exposición deslumbrante que lleva por título La otra Corte. Mujeres de la Casa de Austria en los monasterios reales de Las Descalzas y La Encarnación. Comisariada por el catedrático de Historia del Arte Fernando Checa Cremades, la muestra exhibe más de 110 piezas vinculadas a los dos recintos sagrados instituidos por mujeres de la realeza. En efecto, la fundadora de Las Descalzas fue la princesa de Portugal Juana de Austria, hija del emperador Carlos. El monasterio de La Encarnación lo erigió la reina Margarita de Austria, esposa del rey Felipe III. En Madrid, a pocos metros de este palacio, se alzan, pues, sendas construcciones de una princesa de Portugal y una reina de España. Casi nada.

Así el visitante puede recorrer once estancias que dan a conocer la llamada Pietas austriaca, que cohonestaba poder real y devoción. Estas mujeres entraban en religión, pero no se separaban por completo del mundo. La tranquilidad monástica no suponía una ruptura con el siglo. Los retratos femeninos de Juana de Portugal, su hermana la emperatriz María de Austria, su hija sor Margarita de la Cruz, la infanta doña Isabel Clara Eugenia, sor Ana Dorotea, hija del emperador Rodolfo II, y Ana Margarita de Austria, hija de Felipe IV, van marcando el paso de una exposición de mujeres poderosísimas, influyentes y en ocasiones, inquietantes. Vean la mirada de María de Austria en el óleo de Pantoja de la Cruz perteneciente a la colección de Las Descalzas.

Arqueta relicario San Víctor, de Wenceslao Jamnitzer. Monasterio de Las Descalzas Reales, Madrid. Foto: Patrimonio Nacional

Somos, pues, afortunados de poder conocer la intimidad de reinas y princesas mediante la contemplación de cuadros, esculturas, paños y tapices, relicarios y sagrarios labrados en oro y plata dorada como la del arca-relicario de San Víctor (1557), obra del orfebre vienés afincado en Núremberg Wenzel Jamnitzer, a quien apodaban el Cellini tedesco. Presten atención a las figuras de las virtudes –Fortaleza, Doctrina, Alegría, Probidad, Fortuna, Templanza, Potencia, Justicia, Prudencia e Inmortalidad– representadas por sus atributos y nombradas en latín. John Ruskin escribió en Mañanas en Florencia (1875) que «las grandes naciones escriben sus autobiografías en tres manuscritos: el libro de sus acciones, el libro de sus palabras y el libro de su arte. Ninguno de estos tres libros puede entenderse a menos que se lean los otros dos, pero de los tres el único verdaderamente fidedigno es el último». Gracias a esta pieza fabulosa de Jamnitzer, podemos comprender hasta qué punto el ideal humanista de la belleza y la tradición clásica había arraigado en el espacio germánico durante el Renacimiento. España no era ajena a esa tradición. El emperador Rodolfo II, padre de sor Ana Dorotea, descubrió la alquimia precisamente durante el tiempo que vivió en Madrid junto a su tío el rey Felipe II.

Pero sigamos andando porque aquí están las obras de Pedro de Mena, espejo de los escultores del siglo XVII español, doloroso, patético y conmovedor en su grandeza barroca. Desde estas salas, podemos alcanzar la profundidad y la magnificencia de este periodo de la civilización occidental que se prolongó hasta bien entrado en siglo XVIII en las formas artísticas de los imperios español y portugués. La Iglesia triunfante sobre la Reforma se abre paso con prácticas devocionales que subrayan lo fugaz de la vida y el sufrimiento de Cristo por nuestros pecados. ¡Ay! Esta Dolorosa y este Ecce Homo, ambos de 1673, nos mueven a la piedad a través de la contemplación y la interiorización haciendo buena la observación de la espiritualidad ignaciana: «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente».

Busto de la Virgen Dolorosa, de Pedro de Mena, 1673. Monasterio de Las Descalzas Reales, Madrid. Foto: Patrimonio Nacional

Pedro de Mena está bien acompañado. Cerca de él nos recibe el sobrecogedor conjunto de Gregorio Fernández que acogía la Sala Capitular de Las Descalzas, hoy desaparecida, y que comprende este estremecedor Cristo yacente (1615), al que ha precedido un Cristo a la columna ante el cual uno solo puede sentir escalofríos. Deténganse a admirar estas tallas deslumbrantes y dolientes. Háganse cargo de cómo veía esto la congregación religiosa que, dentro de los muros del monasterio, contemplaba la vida con la vista puesta en el mundo sobrenatural más allá de la muerte. Estos Cristos, estas vírgenes, estas obras de arte fabulosas, no se agotan en su lacerante belleza, sino que indican el sufrimiento que el Redentor padeció por los pecados del mundo. El corazón debe sentirse herido ante estas muestras de dolor, esta carne desgarrada y esta humanidad ensangrentada.

Así, después de recorrer estas once estancias en las que la devoción de las reinas y las princesas se da la mano con la política y el arte, uno solo puede sentir sobre sí el peso de un tiempo en que retirarse del mundo a orar por él no significa una ruptura, sino una mirada distinta sobre él. A fin de cuentas, todo es pasajero –citemos el Eclesiastés: «¡vanidad de vanidades, todo es vanidad!»– pues, como advirtió santa Teresa de Jesús, «la vida es una mala noche en una mala posada». No es un mal recordatorio para un tiempo que ha olvidado que estamos llamados a la vida eterna.

Ricardo Ruiz de la Serna