Voy a su habitación y allí estaba ella, con su cara de mucha paz y sus pocas fuerzas, dejando que la hermana muerte llegara despacio pero sin violencia. Su hija mayor estaba a su lado, rendida, porque la noche había sido toledana. Aproveché para cogerle la mano y, rápidamente, me acordé del día que la conocí más profundamente y pasamos bastante tiempo hablando.

Llevaba la comunión como en miércoles anteriores, pero este día ella estaba muy triste. El puñetero diagnostico. El médico, según la mujer, se lo había soltado a bocajarro y sin anestesia: no volvería a caminar, siempre necesitaría una silla de ruedas. El tumor iba ganando sus batallas particulares y esta era una de ellas. La agarré de la mano y lloramos juntos. Ya me había hablado de sus tres maravillosas hijas y de su hermana, por lo que después de escucharla y dejar que se desahogara se me ocurrió decirle, para sacarle una sonrisa, que «tenía cuatro maravillosos motores para empujar la silla y que jamás la silla de ruedas sería un impedimento».

Mi sorpresa es que esa tarde su hija y hermana la trajeron a Misa en el sillón de la habitación y, por la mañana, había hecho un pacto con su hija: ella estaría feliz si la chica se confesaba. Cosa que su hija cumplió. Pero después me dijo la joven: «No sé qué le has hecho a mi madre, pero te has pasado, porque quiere que le compremos un plástico para sacarla por el pueblo cuando llueva».

Otra de las cosas que  aquel miércoles me dijo entre lágrimas mi amiga fue lo mucho que le gustaría que hablase con su hija mayor –la que había pasado la noche con ella–, porque estaba reñida con el Señor.  Cumplí su  deseo.

Manuel Lagar
Capellán del hospital de Mérida