El viernes de Dolores salió por séptimo año la procesión del Cristo del Perdón y María Santísima de la Misericordia. La dirige una hermandad de jóvenes que se preparan a conciencia durante varios meses para que la procesión sea un momento de devoción y de fe.

Al ritmo de la banda, el Cristo del Perdón avanza por las calles de Vallecas. Fueron tres horas donde descubrí un rostro de mi barrio de Puente de Vallecas al que no suelo estar acostumbrado. Al paso del Cristo (y de la Virgen de la Misericordia) mucha gente se asomaba al balcón. Encontraba personas que nunca había visto en mi vida. Todos, vecinos del barrio. Se santiguaban y rezaban. A los niños les hacían la señal de la cruz. Un silencio profundo envolvía el paso. Una joven me dijo que allí encontró la paz que le faltaba desde hacía semanas. Un par de chicas, que visiblemente eran pareja, rezaban y lloraban al paso del Cristo. La gente de los bares se asomaba. «¡Viva la Virgen!», gritaba una joven con su cerveza en la mano. Un niño desde su balcón gritó: «¡Viva Dios!». Otro niño le decía a su padre, en ese tono confidente pero que se escucha perfectamente: «¿Se va a morir?». Una mujer –que no conocía de nada– me pedía entre sollozos que rezara por ella y la bendijese. Al pasar por una iglesia evangélica, se veía a muchos asomados y sacando fotos.

Mientras Cristo pasaba, la gente tenía una experiencia religiosa cuyo alcance nunca se podrá medir. La gente conectaba perfectamente con el dolor de Cristo y de su Madre. Se sentían comprendidos y acompañados en sus fatigas. Estoy seguro de que ha hecho más esa procesión que muchas catequesis y homilías. Solo Dios lo sabe. Al terminar, uno de los costaleros decía satisfecho –y todo sudado–: «Hemos hecho una evangelización». No puedo estar más de acuerdo.

José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid