Poder o autoridad
El Papa es el Vicario de Cristo. Ahí reside su indiscutible autoridad, que es moral y, por tanto, muy superior a cualquier otra; y eso es precisamente lo que algunos líderes no pueden soportar. Esa autoridad no depende de la fuerza. No necesita imponerse: interpela incluso a quien no cree
Confundir la misericordia con la debilidad es quizá el signo más evidente de nuestro tiempo. Donald Trump es su más insigne abanderado. El presidente de los Estados Unidos arremetió esta semana contra el Papa León XIV, a quien acusó de ser «DÉBIL con el crimen y terrible en política exterior». Lo escribió así, con esa mayúscula gritona, en su red social, a la que irónicamente llamó Truth Social. Se mostró crítico con el Santo Padre por su oposición a la guerra de Irán, lo que, en su opinión, supone «complacer a la izquierda radical».
Acompañó el líder estadounidense su mensaje con esta imagen que recuerda a aquellos carteles propagandísticos que se hicieron populares durante la Segunda Guerra Mundial, en los que unos y otros arengaban a los propios despreciando a los ajenos: imágenes llenas de fervor militar y carentes de compasión.
En la imagen, Trump aparece reflejado como un mesías —acaso su más íntima aspiración—, mezclando la clásica iconografía cristiana con los símbolos del nacionalismo estadounidense: bandera, águilas, soldados, aviones, la Estatua de la Libertad. Es como si quisiera remarcar que su país tiene una misión sagrada que justifica el uso de la fuerza militar. De hecho, los militares y sus armas parecen surgir del cielo, como si fuera el mismo Dios quien les enviara.
Más allá de su irreverencia, la foto, aunque retirada a las pocas horas de su publicación, explica a la perfección la diferencia entre el poder y la autoridad. Es indiscutible que Donald Trump acumula mucho del primero y que de lo segundo anda más bien escaso. Y es precisamente eso lo que parece escocer de la actitud del Santo Padre. León XIV, como él mismo recordó, no habla como un político, sino como un pastor: «No le tengo miedo a la Administración de Trump. Seguiré hablando en voz alta del mensaje del Evangelio, por el que trabaja la Iglesia». ¿De dónde procede esa libertad interior, esa ausencia de temor ante el que, aparentemente, es el hombre más poderoso de la tierra? La respuesta la dio Shakespeare hace tiempo: «El amor no prospera en los corazones que temen las sombras». El Papa, como ha recordado el presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, Paul S. Coakley, es el Vicario de Cristo. Es decir, el que hace las veces de Jesús, su delegado. Ahí reside su indiscutible autoridad, que es moral y, por tanto, muy superior a cualquier otra; y eso es precisamente —no sus palabras sobre Irán o Gaza— lo que algunos líderes no pueden soportar. Esa autoridad no depende de la fuerza. No necesita imponerse: interpela incluso a quien no cree. Y, en España, ha logrado poner de acuerdo a Sánchez y Feijóo, que han respaldado al Papa.
León XIV habla desde el amor al otro, que es siempre más importante que cualquier idea, que cualquier razón. Un amor que no se reduce al emoticono, sino que es raíz profunda y respuesta. Por eso el Sumo Pontífice no tiene miedo, porque sabe que el auténtico mal no viaja en aviones presidenciales, sino que se insinúa, agazapado entre las sombras, en una batalla que, gracias a Dios, ya ha perdido. Trump tiene poder. El Papa tiene algo más difícil de explicar y más difícil de combatir: autoridad.