En la primera cama de la habitación 536 estaba Luisa (mujer morena, de 42 años, que lloraba a lágrima viva y sin consuelo). Cuando pudo acompañar sus lágrimas con palabras y darse cuenta de que mi presencia era real, comenzó a expresar en voz alta lo mismo que estaba pensando: «El médico se ha equivocado, esto no me puede estar pasando a mí. Llevo más de cuatro año con este dolor y siempre me han dicho que no era cáncer. Y encima cómo me lo ha dicho: que es muy grave y está muy avanzado. Así no se dicen las cosas».
«Te han dado muy mal esta noticia, Luisa», le repetí varias veces, haciéndome eco de sus palabras. En ese momento se me ocurrió pedirle que me dijera cómo ella se habría dado esta noticia. Luisa me miró y comenzó a detallar cómo lo habría hecho: me dijo que nunca dejaría de darle esperanza al enfermo, incluso le habría quitado importancia y habría puesto en duda el diagnóstico hasta que hubiera una prueba más concluyente. Lo que no habría hecho es decírselo de esa forma, «que parece que se estaba alegrando de que yo tenga cáncer».
La miré a los ojos, con toda la ternura que fui capaz, y le dije que nadie lo hubiera hecho mejor. «Vales para dar ese tipo de noticia a los demás. Sin embargo, me dices que estás sufriendo, no tanto por la noticia que te han dado —que aún no crees que sea verdad—, sino por cómo te la han dado. Desde que se fueron los médicos no paras de repetirte lo que ellos te han dicho, haciéndote más daño con tus pensamientos que los médicos con sus palabras». Seguimos la conversación y por fin salió alguna que otra sonrisa. Empezó a descubrir que tenía fuerzas, sin olvidar que estaba en la primera fase de su enfermedad, la fase del rechazo, la negación y las ganas de matar al mensajero que trae la mala noticia. En esta fase es muy importante empezar a sentir pequeñas luces de esperanza y felicidad que mitiguen el sufrimiento que ha producido el diagnóstico aún no asimilado.
Al salir me acerqué a su marido para decirle que dentro esperaba un cuerpo para ser abrazado y que juntos sería menos doloroso, porque el amor es el mejor antídoto contra el dolor y el sufrimiento.