Clemente XII

Joaquín Martín Abad
Foto: Universidad de Salamanca

El 6 de febrero –tal día como este jueves– de 1740 murió en Roma el florentino Lorenzo Corsini, Papa Clemente XII. Fue elegido a sus 78 años el 12 de julio de 1730, en un cónclave de más de cuatro meses de duración. El primer Borbón en España, Felipe V, había puesto veto al cardenal Imperiali, candidato favorito al que solo le faltaba un voto; y a continuación pasó lo mismo con otro siguiente candidato vetado, el cardenal Corradini.

Pero no viene a esta columna porque Clemente fue quien encomendó al arquitecto Nicola Salvi construir la Fontana di Trevi; hay que fijarse –antes o después de tirar la moneda– en el frontispicio de la fuente de agua que proviene del acueducto dell’Acqua Vergine (desde Salone, sudeste de Roma), pues lleva su nombre con el año MDCCXXXV y VI de su pontificado.

Tampoco porque firmó un concordato entre la Santa Sede y España en 1737, que regulaba los beneficios eclesiásticos. Ni siquiera se trae aquí por curiosidad: fue capaz de gobernar la iglesia habiendo quedado ciego a los dos años de su elección, porque también tuvo su arte en escoger buenos colaboradores. Y aún menos porque hizo cardenal a un hijo del mismo Felipe V, Luis Antonio de Borbón y Farnesio, cuando tenía 8 años; y, sin ser obispo, fue arzobispo primado de España en Toledo desde 1735, y a la vez arzobispo de Sevilla de 1741 a 1754, momento en que renunció secularizándose de la tonsura y se casó. Cosas que pasaban.

Viene por algo menor pero significativo para Madrid, y sobre todo para el real monasterio de la Encarnación. Clemente XII dio su anuencia al decreto de 9 de mayo de 1733, de la Congregación de Ritos, por el que el 27 de julio de cada año se podía celebrar en la iglesia de este real monasterio la Misa de san Pantaleón, y que las monjas agustinas recoletas –que lo habían solicitado con la venia del rey– pudieran también cantar ese día el oficio propio de san Pantaleón (rito doble de segunda clase) como fiesta (con vida, milagros y martirio del santo) y en los territorios del reino, para el clero secular –y regular de ambos sexos– (rito semidoble) como memoria libre.

Desde entonces se celebra la fiesta en este real monasterio de la Encarnación porque,  entre más de 2.000 reliquias, está la de la ampolla con la sangre y un trocito de la canilla del santo médico y mártir, Pantaleón.

Joaquín Martín Abad