Así vivió el cardenal Tauran el diálogo con el Islam

El Islam tiene «diferencias irreconciliables» con el cristianismo, pero también muchos puntos en común. Su doctrina puede llegar a predicar la violencia, pero también está avanzando hacia una sana laicidad. Y las peticiones de reciprocidad entre países musulmanes y cristianos son justas si se entienden bien, pero no pueden lanzarse desde el «ojo por ojo». Estas son algunas de las claves que el difunto presidente del Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso dejó en una de sus últimas entrevistas antes de morir

María Martínez López
Foto: CNS

El Islam tiene «diferencias irreconciliables» con el cristianismo, pero también muchos puntos en común. Su doctrina puede llegar a predicar la violencia, pero también está avanzando hacia una sana laicidad. Y las peticiones de reciprocidad entre países musulmanes y cristianos son justas si se entienden bien, pero no pueden lanzarse desde el «ojo por ojo». Estas son algunas de las claves que el difunto presidente del Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso dejó en una de sus últimas entrevistas antes de morir

El primer objetivo del diálogo interreligioso no es conseguir nada, sino conocerse. Así lo entendía el recientemente fallecido cardenal Jean-Louis Tauran. Y así se manifiesta en un texto que ha quedado como legado de su labor al frente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.

Se trata de una entrevista que concedió a Giancarlo Mazzuca y Stefano Girotti para su libro Nosotros, hermanos. Un puente entre cristianos y musulmanes, publicado en junio en Italia por la editorial Mondadori. En esta entrevista, comenzaba explicando que el diálogo interreligioso es «esencialmente el encuentro de personas pertenecientes a religiones diversas para conocer o conocer mejor qué cree el otro y cuál es su visión de la vida y el comportamiento que le inspira su religión».

Este conocerse busca, en un segundo momento, crecer tanto en «el respeto recíproco» como en «la búsqueda conjunta de la verdad». Y, por último, todo ello lleva a «ver qué posibilidades hay de un trabajo común por el bien de todos».

En este trabajo –continuaba–, si bien es importante lo que pudiera hacer su equipo, cuenta «sobre todo el nivel popular» y el papel de las iglesias locales para que «las personas de varias religiones que viven, estudian o trabajan juntas puedan convivir serenamente». Ante la pregunta de hasta qué punto da resultado este diálogo, afirmaba sin dudar que «lo sabio es ser siempre positivo y optimista, sin buenismo ni pacifismo».

Los frutos de Ratisbona

La entrevista para Noi fratelli ofrece una importante visión de conjunto, sobre todo, de la relación de la Iglesia con el islam. No falta, por ejemplo, la cuestión del polémico discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, que desató una oleada de rechazo en el mundo árabe, porque fue «mal entendido y también instrumentalizado».

El cardenal Tauran fue puesto por Benedicto XVI al frente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso precisamente al año siguiente, por lo que vivió en primera fila y fue en gran medida el artífice de la reconstrucción de puentes. Pero también de la construcción de otros nuevos. «Superada la crisis de los primeros días –recuerda–, después hubo iniciativas para profundizar en temas como la fe y la razón, o la violencia en nombre de la religión», o el nacimiento del Forum Católico-Musulmán.

Islam y violencia

En el centro de esta polémica estuvo, precisamente, la espinosa cuestión de la violencia en el islam. Mahoma –explicaba el cardenal– comenzó su predicación «entre una dura oposición y persecución violenta», que afectó también a la primera comunidad musulmana. Por eso huyeron a Medina. Sin embargo, allí Mahoma recibe, según la tradición islámica, la «orden de la guerra», se convierte en líder y juez, y «la guerra, que al principio es solo defensiva, se convierte también en expansiva».

Con todo, «en el Corán no hay ningún texto que legitime el suicidio o lo promueva por motivos religiosos», por ejemplo para cometer atentados. Sí hay invitaciones a la guerra santa o jihad, que puede ser de dos tipos: la grande es la lucha contra las propias pasiones, la pequeña el uso de la fuerza para la defensa o difusión del islam. Dentro de esta forma de combate estaría también, por ejemplo, financiarla económicamente.

La misericordia es el antídoto

¿Cómo actuar, entonces, frente al extremismo religioso y el terrorismo? Retomando una afirmación del Papa Francisco, que ha dicho varias veces que el antídoto es la misericordia y el perdón, el difunto presidente del Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso explicaba que «la misericordia es, al mismo tiempo, prevención y medicina. Cuando una persona, en una situación particular de necesidad, es tratada con humanidad y misericordia, difícilmente caerá en la trampa del extremismo. Por esto las relaciones personales son de primera importancia».

La historia de los orígenes del islam también influye en que en este –reconocía el cardenal– se dé una estrecha relación entre religión y política. Pero también esta religión «está trabajando» para encontrar la necesaria separación y colaboración entre la esfera política y la religiosa. «De hecho está llamado a encontrar “su” laicidad», igual que «en Occidente existen varias formas de laicidad».

¿Qué reciprocidad?

Otra cuestión sensible que el cardenal abordó en la conversación es la de la petición de reciprocidad; es decir, el concepto de que los fieles de una religión en un país mayoritariamente de otra reciban el mismo trato que se da en los países de la primera religión a las minorías. Este concepto se utiliza, por ejemplo, para exigir que los países musulmanes permitan construir iglesias o, de lo contrario, que no se permitan las mezquitas en países occidentales.

Esta reciprocidad, «bien entendida, evita que caigamos en la trampa del doble rasero». El mismo Tauran, durante su visita de abril a Arabia Saudí, dio pasos para que en este país se pudieran construir templos cristianos. Esta comprensión sana se basa en la regla dorada de que «lo que es bueno para ti, también es bueno para mí». Pero «si se trata de una aplicación de la ley del talión –ojo por ojo, diente por diente– no es admisible por el cristianismo».

La Biblia y el Corán

Con todo, en la entrevista el cardenal también ofrecía explicaciones más de fondo sobre las similitudes y diferencias entre cristianismo e islam. Por ejemplo, explicaba cómo ambas tienen una visión distinta de la Escritura y la revelación. Para los cristianos –explicaba– «Dios habla a una persona humana que la transmite fielmente», pero después de haberla «hecho suya en cierto modo. La palabra de Dios se convierte también en “palabra de hombre”, sin perder por ello su carácter divino».

En cambio, los musulmanes creen que el arcángel Gabriel le dictó el Corán a Mahoma, y este a sus compañeros; por lo que es «un mero transmisor y su único intérprete», a través de la Sunna o tradición. La visión de Jesús y de la Virgen que aparecen en el Corán –añadía– son más cercanas a los evangelios apócrifos que a los canónicos.

Diferencias irreconciliables, pero no contraposición

Los musulmanes –continuaba el cardenal– valoran la labor de los monjes y sacerdotes «que no saben lo que es la soberbia». Pero, para ellos, «tendemos a “exagerar”» por considerar a Jesús el Hijo de Dios en vez de un simple profeta. «Por eso somos invitados a no exagerar».

Tauran constataba, por tanto, que «sobre este punto las dos posiciones no son conciliables», que el mismo Corán dice que «será Dios quien juzgue entre ambas». Pero esto «no nos debe llevar a la contraposición» porque «también hay convergencias importantes», tanto teológicas como morales.

María Martínez López