Así crearon 13 españoles el mayor país católico de Asia

Filipinas es hoy el mayor país católico de Asia gracias, en buena medida, a la labor de los misioneros españoles que allí llevaron la fe por empeño del rey Felipe II, explica el padre Fidel González, misionero comboniano del Corazón de Jesús, profesor de Historia en las Universidades Pontificias Urbaniana y Gregoriana de Roma

Colaborador
El Santo Niño del Cebú

Filipinas es hoy el mayor país católico de Asia gracias, en buena medida, a la labor de los misioneros españoles que allí llevaron la fe por empeño del rey Felipe II, explica el padre Fidel González, misionero comboniano del Corazón de Jesús, profesor de Historia en las Universidades Pontificias Urbaniana y Gregoriana de Roma

Las Islas Filipinas son el país con mayoría católica de Asia gracias a la evangelización comenzada por los misioneros españoles.

Todo comenzó con la expedición mandada por España alrededor del mundo, dirigida por Magallanes, muerto precisamente en las Islas, y concluida por Juan Sebastián Elcano, cuya gesta figura en el Escudo de España con las dos columnas del Plus ultra. La expedición de Magallanes y Elcano fue financiada por la Corona de España y fue la primera circunnavegación del mundo de la Historia. Partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519, con 5 naos y 234 hombres (Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago), y de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre del mismo año. Regresarían, el 6 de septiembre de 1522, a Sanlúcar, con solamente una nao, la Victoria, y 18 supervivientes.

El 16 de marzo de 1521 llegaron a Sámar, lo que significó que fueran los primeros europeos en avistar las Islas Filipinas, a las que Magallanes llamó Islas de San Lázaro. Al día siguiente, desembarcaron en Homonhon, una pequeña isla donde Magallanes hizo construir dos cabañas para curar a sus enfermos. Aquí encontraron a los primeros habitantes y experimentaron su típica hospitalidad y su magnífica acogida, pues les ayudaron con todo lo necesario para sobrevivir.

La primera Misa en las Islas

El mapa con la travesía de Magallanes y Elcano

El día de Pascua de 1521, el capellán de la expedición, el sacerdote ecijano Pedro Valderrama, celebró la primera Misa en tierra filipina. Para Magallanes, era muy importante mantener una paz estratégica con los indígenas y convertirlos al cristianismo. Como testimonio de su intención de convertir a los nativos en cristianos está la Cruz de Magallanes, una cruz de madera colocada allí por el explorador y que todavía se conserva en la isla de Cebú. No era su intención quedarse en aquellas islas, sino continuar hasta las Islas de las Especias (las Molucas). Sin embargo, la amistad de Magallanes con el datu (el rey local) le ofreció la ocasión para navegar hasta Cebú, una de las Islas mayores.

Los primeros frutos de aquella amistad fue la de favorecer el Bautismo de los primeros filipinos, explicado de manera muy elemental y superficial por el mismo Magallanes, enseñándoles el Padrenuestro, el Avemaría, el Credo y la señal de la Cruz. En tal sentido, Magallanes y los suyos no sólo se consideraban exploradores en busca de las especias, sino también misioneros del Evangelio…, a su modo. El padre Valderrama bautizó así al datu Humabon, a la reina y a unas 800 personas de Cebú. Será precisamente este hecho lo que favorecerá, años más tarde la predicación misionera del Evangelio.

Una imprudencia mortal

Sin embargo, un hecho imprudente y equivocado de Magallanes malogró aquel primer encuentro entre españoles y filipinos y los primeros e imprecisos pasos de la evangelización.

En la madrugada del 27 de abril de 1521, Magallanes y 50 de sus hombres llegaron a la playa filipina de Mactan, con el objetivo de ocuparla y enviar un mensaje al datu local Lapu-Lapu para que abandonase el paganismo. Magallanes estaba tan seguro de su victoria en la isla, que pidió a los otros capitanes que no se involucraran en una posible lucha. Al llegar, como la marea estaba baja, tuvieron que dejar los barcos lejos de la costa, con lo que Magallanes y sus hombres llegaron agotados tras caminar un kilómetro por el agua. Ya en la playa, los hombres de Magallanes empezaban a quedarse sin municiones, y mientras un millar de indígenas locales del datu Lapu-Lapu avanzaban, uno le clavó una lanza en la pierna a Magallanes, haciéndolo caer. En ese momento, todos los demás corrieron a él y lo lancearon, falleciendo en combate. Los españoles perdieron la batalla, y Magallanes cayó en combate sin llegar a las Molucas, que se encontraban a sólo unos días. Otros muchos españoles perecerían en aquel viaje épico, junto con todas las naves, menos la Victoria. Al frente de esa nave se puso de capitán Juan Sebastián Elcano, que tras llegar a las islas Molucas, objeto del viaje, emprendió su regreso a España. Elcano atravesó el océano Índico y, dando la vuelta a África, completó la primera circunnavegación del globo.

La Cruz de Magallanes, en la isla de Cebú

Tras la expedición de Magallanes, en febrero de 1542, Ruy López de Villalobos zarpó al archipiélago, desde México, con 5 navíos y 370 hombres. No logró ningún propósito práctico, pero fue él quien dio a las Islas el nombre de Filipinas, en honor del príncipe Felipe, primogénito del emperador Carlos V, heredero de la Corona española, que a pesar de la férrea oposición de los portugueses, sostenía el derecho de España sobre las Islas.

Bautismo con examen incluido

La misión propiamente dicha comenzará a partir del 13 de febrero de 1565, cuando el explorador Miguel López de Legazpi, acompañado del agustino fray Andrés de Urdaneta y sus compañeros, llegan al archipiélago. Estos frailes misioneros tuvieron mucho cuidado en no repetir los errores de Magallanes, que superficialmente había hecho bautizar a muchos en poco tiempo. Muchos de aquellos bautizados habían abandonado una fe sin raíces, tras la marcha de los pocos españoles de aquella primera expedición, que dejó a los bautizados sin guía ni formación alguna.

Ahora, los agustinos comenzaron una nueva evangelización, dando el Bautismo con cuentagotas: sólo a quienes daban muestras de una verdadera conversión, y a quienes manifestaban el deseo sincero del Bautismo. Les enseñaban los puntos elementales del Catecismo, las oraciones fundamentales, los 14 artículos de la fe, los sacramentos, los vicios capitales, las 14 obras de caridad, los 10 mandamientos de Dios y los 5 de la Iglesia, el acto de contrición, etc. Tal era el contenido de su Catecismo fundamental. Se pedía, además, que el catecúmeno reconociese sus errores paganos del pasado y reafirmase su fe, recibiendo conscientemente el sacramento, y se pedía a los adultos aprender de memoria aquel Catecismo. Antes de recibir el Bautismo, el candidato era examinado por un misionero, y se le inculcaban las obligaciones del cristiano, desde la asistencia dominical a la misa, hasta la confesión anual. Toda aquella metodología catequética seguía la ya puesta en marcha en Nueva España (hoy, México), de donde procedían gran parte de los misioneros. Todo, mientras ellos mismos aprendían las lenguas locales y preparaban los primeros Catecismos en ellas.

La llegada de las otras Órdenes

Tras los agustinos, llegaron los franciscanos, en 1577. Ellos comenzaron una sistemática obra de evangelización, obteniendo muchas conversiones gracias a su celo indómito, y a su notable espíritu misionero, que los lanzará desde Filipinas hasta Japón, China y otros lugares de Asia. Para ellos, morir misionando o en las misiones equivalía a un verdadero martirio. Por ello, no temían los riesgos que aquellas misiones comportaban, y muchos sellarían con su sangre su actividad misionera.

En Filipinas, los franciscanos dieron pasos de gigante, introduciéndose en la vida de la gente con un espíritu de notable adaptación, aplicando sus experiencias de Nueva España. Misioneros de ascesis, mostraban un estilo martirial ejemplar y de total dedicación a la gente, acogiendo los valores de los indígenas para promover su formación, desde la música hasta las maneras de celebrar el culto litúrgico. En 1581, llegan los jesuitas; en 1587, los dominicos; y en 1606, los agustinos recoletos. Mientras tanto, ya en 1578, fue erigida la primera diócesis en Manila, sede del Gobierno colonial desde 1571; y en 1595 se crean otras tres diócesis: Nueva Cáceres, Nueva Segovia y Cebú.

De Filipinas saldrán muchas expediciones misioneras de agustinos recoletos hacia China, Japón y, más tarde, hacia Tonkín (Vietnam). Entre ellos, muchos de los primeros misioneros mártires en estos países.

Un interés evangelizador

La ocupación española de las Filipinas fue prácticamente pacífica. A Felipe II le preocupaba que no se repitiese la historia dramática de la conquista de México y de Perú. Por otra parte, a excepción de los moros, una población mixta de malayos con árabes y chinos, en su mayoría musulmanes, a partir de finales del siglo XV, los españoles establecieron pronto una buena relación con las poblaciones. Las Filipinas no ofrecían entonces ventajas económicas a la Corona, pero Felipe II insistió ante el Consejo de Indias en permanecer en ellas, a pesar de las propuestas de abandonarlas por tales motivos. El rey argumentó su permanencia, precisamente, por el motivo de mantener allí una presencia evangelizadora. Felipe II incluso nombró primer Co-gobernador en el Gobierno de Legazpi al agustino fray Andrés de Urdaneta, que había sido uno de los comandantes marinos en la expedición de Villalobos antes de entrar en los agustinos.

Ni cruzada, ni conquista

La colonización española de las Filipinas tuvo siempre tres preocupaciones: una, el comercio de especias; otra, establecer un puente con Japón y China, no sólo comercial, sino sobre todo evangelizador; y, por último, la evangelización de Filipinas. Mientras que la primera no tuvo éxito, la segunda sí que levantó ese puente durante bastante tiempo, y la tercera logró plenamente sus objetivos.

Tanto Urdaneta como sus Hermanos agustinos estaban convencidos de que el dominio español sobre las Islas tenía que estar basado y dirigido por las directivas papales de la evangelización, y no sobre los planes de conquista o de cruzada contra los infieles. Por ello, se distinguirán siempre en la lucha contra las injusticias, que a veces algunos colonizadores cometían.

Réplica de la nao Victoria, única superviviente de la expedición

En sus comienzos, impartirán pocos Bautismos, al tener muy presente las anteriores experiencias negativas tanto en México como en las mismas Filipinas, y consideraban necesaria le permanencia española en las Islas si se quería una perseverancia, ya que la marcha de los españoles cuando murió Magallanes demostraba la superficialidad de aquellos Bautismos. Por eso, estaban convencidos de que era mejor que los naturales permaneciesen paganos a que recibieran superficialmente un Bautismo sin cimientos.

Sólo 100 bautizos en cinco años

Así, entre 1565 y 1570 no hubo más de 100 Bautismos. Entre 1570 y 1578, el crecimiento fue mínimo, y la mayor parte era de niños. El número crece en la década de 1580, alcanzando una cifra de casi 250.000. En 1594, los agustinos estiman haber bautizado unos 244.000; los franciscanos, 30.000; y los dominicos, 14.000. Son cifras aproximadas: el hecho está en que los cristianos aumentan en la medida en que llegan más misioneros: su número había crecido, desde los 13 de 1576, a 267 en 1594, y ya en la última década del siglo XVI casi la mitad de la población filipina podía llamarse cristiana.

A los frailes se sumaron, en 1581, los jesuitas llegados a Manila. Fundan misiones muy bien organizadas y en lugares estratégicos, distinguiéndose por la buena formación intelectual de sus miembros. Siguen los métodos de los demás misioneros, pero insisten en la fundación de escuelas y catecumenados, con una división de los estudiantes en decurias, donde son instruidos con ayuda de estudiantes mayores. Hay que reconocer el papel preponderante de los agustinos para abrir la brecha de entrada del cristianismo en las Islas; por su parte, franciscanos y dominicos evangelizaban con un ejemplo de vida que atraía a la gente, y los jesuitas añadieron un método educativo que formará generaciones de filipinos en la fe cristiana.

Mucho más bueno que malo

Se dieron fallos y contradicciones en los comportamientos de misioneros y colonos. Sin embargo, si el árbol se conoce por los frutos, hay que señalar cómo la obra evangelizadora, llevada a cabo desde la convicción y no con la fuerza de la espada, dará el fruto de la creación de la realidad católica globalmente más fuerte del Lejano Oriente. Como escribe un historiador filipino reciente, «los filipinos son lo que son hoy gracias a ese pasado, y si bien hubo aspectos lamentables, ha habido muchos más que los filipinos reconocen positivamente».

Fidel González Fernández, MCCI