Nadie ha podido tener la experiencia de haber sido amado con un amor absolutamente puro, total, en el que no cupiera la más mínima sombra de temor. El reto que se nos plantea a todo seguidor de Jesús es establecer con Dios un modo de relación que nunca hemos experimentado con nadie

Decía Dostoyevski que quien no tiene suelo bajo sus pies no puede tener Dios. Y, en efecto, Dios solo puede nacer en el suelo, en la tierra que somos. Una tierra que, desde el primer día, cuenta con dos componentes inseparables que son el amor y el temor. Amor de apego en los primeros momentos de la existencia hacia unos brazos maternos que protegen, alimentan, cuidan y sostienen. Un amor que nunca será suficiente ni podrá (ni debería tampoco, en caso de que fuera posible) cubrir por completo las aspiraciones del deseo infantil, total, sin límites, de alguna manera devastador. De ahí que la hostilidad surgirá como reacción a la inevitable frustración experimentada por esa falta de totalidad esperada. Desde entonces, el amor agradecido se verá necesariamente entrelazado con la hostilidad y el rechazo. La ambivalencia afectiva, el cruce de amor y odio, arrastrará de modo inmediato el temor. Un temor que se tornará en un fantasma de abandono, de pérdida, de soledad, de aislamiento y de muerte.

Este es el terreno emocional del que todos partimos y que condiciona todo nuestro devenir en la relación con el mundo y con los otros. También con Dios. Dios amado, por tanto, a modo de madre que sostiene, consuela y protege. Dios temido también porque pudiera abandonarnos en la indefensión radical con la que experimentamos nuestra contingencia y finitud.

Más adelante, el cruce del amor y el odio tomará cuerpo en las vinculaciones con quien desempeñe las funciones paternas (padre biológico o no). El nombre del padre, representado por el progenitor o por quien hiciere sus veces, se constituirá en el emblema de la ley que limita y organiza el deseo. Será también un modelo que seguir. Y se constituirá igualmente en una promesa de futuro. Pero la eterna ambivalencia afectiva marcará también este nuevo modo de vinculación y podrá ir dando pie a otros modos de amor y temor más evolucionados. Amor de ideal, amor de identificación, de admiración y cariño. Temores también de castigo, de mala mirada, de descontento e insatisfacción. Y será siempre ahí, en esa primitiva tierra de amor y temor que nos constituyen en la existencia, donde caerá la semilla de la fe religiosa y donde irán tomando cuerpo nuestras imágenes religiosas. Al modo de la figura paterna también Dios aparecerá como representante de la ley que limita al deseo. Igualmente se propondrá como un modelo que seguir («Sed perfectos, como vuestro padre celestial es perfecto», Mt 5:48) y asimismo, como el padre, se convertirá en una promesa de felicidad. Ley, modelo y promesa movilizadoras siempre del amor y el temor.

Tales imágenes del Dios Ley que premia y castiga, del Dios modelo que exige, y del Dios promesa de felicidad para todos los que son fieles, se constituyen por otra parte en un óptimo instrumento de toda institución (política, religiosa, familiar, educativa) para propiciar el miedo y, con él, un total sometimiento y control de sus miembros. La obra de Jean Delimeau El miedo en Occidente da buena prueba de ello.

«Un Dios diferente»

Pero el Dios que se nos manifiesta en Jesús nos plantea a todos un difícil reto, por no decir imposible. Porque el Dios de Jesús es, como nos señaló el teólogo francés Christian Duquoc, un «Dios diferente». Un Dios que se nos ha manifestado no en el poder y la magnificencia que asustan, sino en la fragilidad de lo humano y en la debilidad extrema de un ajusticiado. Ese es el reto: el de pensar y relacionarnos con un Tú que no puede sino amar. Y que ahí, en esa impotencia del amor que se expone a ser rechazado, es precisamente donde manifiesta todo su único poder.

«El amor perfecto arroja de sí todo temor», nos dice san Juan (1 Jn 4:18). Pero nadie en este mundo ha podido jamás tener la experiencia de haber sido amado con un amor absolutamente puro, total, en el que no cupiera ni la más mínima sombra de temor. De ahí que el gran reto que se nos plantea a todo seguidor de Jesús es el de establecer con Dios un modo de relación que nunca jamás hemos experimentado con nadie, el desafío de alcanzar un amor que arroja de sí todo temor. Es la utopía que tan solo se podrá ir realizando en la medida en la que tomemos conciencia de que hemos sido primereados en el amor (1 Jn 4:10), y que tan solo podrá ser una realidad plena cuando todo nuestro devenir humano quede trascendido y podamos contemplar a Dios cara a cara, y no como en un espejo (1 Co 13:12).

Carlos Domínguez Morano, SJ
Psicoterapeuta, participó en las VIII Jornadas Ciencia y Cristianismo organizadas por la Facultad de Teología, el Arzobispado de Burgos y la Fundación Caja de Burgos sobre El miedo