Amor a sus hermanos - Alfa y Omega

Amor a sus hermanos

Alfa y Omega

«Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo»: así proclama la Liturgia de la Horas en el rezo de Vísperas, precisamente, del Oficio de pastores. La Iglesia, pues, enseña que la primera obligación de sacerdotes, obispos, y ¡cómo no! el sucesor de Pedro, no es hacer cosas por los demás, por necesarias e importantes que sean, sino orar por su pueblo. Justamente, el propósito de nuestro Papa Benedicto XVI, que nunca ha dejado de tenerlo como prioritario, y que ahora lo expresa con la claridad y con la fuerza de este momento, ciertamente único, del final de su pontificado: «El Señor me llama -dijo en su último Ángelus en la Plaza de San Pedro, el pasado domingo, en que se proclamó el Evangelio de la Transfiguración en el Tabor- a subir al monte, a dedicarme aún más a la oración».

Como ha hecho siempre en su magisterio, Benedicto XVI no se aparta ni un ápice de la Luz del Señor en su Palabra, sencillamente, porque sabe muy bien que ilumina la vida entera, siempre y en todo lugar. ¿Acaso no es ésta una clave que explica el secreto de su claridad y de su sabiduría admirables? «Meditando este pasaje del Evangelio -decía desde esa ventana a la que salía por última vez-, podemos extraer una enseñanza muy importante. Sobre todo, el primado de la oración», tanto, que, sin ella, «todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo». Es una lección para todos, y han de enseñarla, como oficio esencial de su ministerio, justamente los pastores de la Iglesia. No en vano, ante la actividad creciente de la caridad con los pobres y las viudas de Jerusalén, en la primera comunidad cristiana, los apóstoles eligieron a los diáconos, porque ellos habían de dedicarse a la oración y al servicio de la Palabra. Y esto «nos indica también a nosotros -decía el Papa en una de sus catequesis sobre la oración, el 25 de abril de 2012- el primado de la oración y de la Palabra de Dios, que luego produce también la acción pastoral». Y añadía, sin duda consciente del Responsorio breve de la Liturgia de las Horas que abre este comentario, que, «para los pastores, este primado de la oración es la primera y más valiosa forma de servicio al rebaño que se les ha confiado. Si los pulmones de la oración y de la Palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el peligro de asfixiarnos en medio de los mil afanes de cada día: la oración es la respiración del alma y de la vida».

A esta luz, ¡qué verdaderas suenan las palabras del Papa en su rezo del Ángelus del domingo del Evangelio de la Transfiguración! «El Señor me llama a subir al monte, a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, ¡al contrario!: si Dios me pide esto, es justamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma dedicación y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero en un modo más adecuado a mi edad y mis fuerzas». Y precisamente este modo más adecuado hará más fecundo, si cabe, su ministerio de pastor, de aquel que ama a sus hermanos, pues le va a permitir seguir creciendo más y más en lo que constituye el corazón mismo de la oración, una relación con Cristo -como el mismo Benedicto XVI pedía al final de su primera catequesis sobre la oración, el 4 de mayo de 2011- «cada vez más intensa, afectuosa y constante». Es el amor mismo de Cristo, tan preciosamente manifestado ya en su primera encíclica, Dios es amor, que reclama amor.

¡Cuán identificada con el himno a la caridad, en definitiva con Cristo-Amor, de 1Cor 13, 1 y ss., aparece en este último día de su pontificado la vida entera de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI!: «Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; si no tengo amor, no soy nada… El amor es paciente, es servicial y no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad…» Pero no acaba ahí san Pablo: «Cuando yo era niño -añade, y con él, sin duda, el Papa- hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo de adivinar; entonces veremos cara a cara». Y, al mismo tiempo aparece en ambos la paradoja cristiana: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». He ahí la madurez cristiana, la infancia espiritual del que camina hacia el cara a cara con Dios, del que sube al monte de la oración, como hoy hace el sucesor de Pedro.

«Cuando eras joven -le dice Jesús a Pedro, tras confesarle la fidelidad de su amor-, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Y dice el evangelista que Jesús aludía «a la muerte con que iba a dar gloria a Dios»; y que, a continuación, le dijo: «Sígueme». El mismo seguimiento de su sucesor hoy: en el amor orante a su Señor, amando a sus hermanos.