Abrazos que cambian la Historia - Alfa y Omega

Abrazos que cambian la Historia

La peregrinación del Papa Francisco a Jordania, Israel y Palestina culmina con el abrazo frente al Muro de Jerusalén junto a un rabino y un representante islámico. Ha sido el momento simbólico de un viaje en el que el diálogo entre los cristianos, en particular católicos y ortodoxos, ha recibido un nuevo impuso para superar un milenio de separación. Los protagonistas han sido los gestos inesperados y espontáneos de este Pontífice, en particular la genialidad de convocar una cumbre de oración entre los presidentes de Israel y Palestina en el Vaticano

Jesús Colina. Roma
El Papa Francisco abraza al rabino judío Abraham Skorka y al líder musulmán Omar Abboud, en el muro de las lamentaciones, de Jerusalén, el pasado lunes

El abrazo de un Papa, un rabino y un líder musulmán ante el Muro de Jerusalén resume, en una imagen, uno de los objetivos del viaje del Papa Francisco a Jordania, Israel, y Palestina. Una peregrinación breve, del 24 al 26 de mayo, pero intensísima. Las protagonistas no han sido las palabras o discursos. El protocolo en muchas ocasiones ha dejado lugar a los gestos inesperados. Gestos que están llamados a cambiar la Historia.

«¡Lo logramos!», se dijeron en español Francisco, el rabino Abraham Skorka y el líder musulmán argentino Omar Abboud. No sólo se referían a ese abrazo que las cámaras de televisión lanzaban en directo a los canales de todo el planeta como un gesto de fraternidad, entre hijos de Dios que le adoran según tres tradiciones religiosas diferentes. En momentos en los que la paz entre palestinos e israelíes se encontraba totalmente estancada ante la incapacidad estadounidense para sentar a los líderes de ambos pueblos ante sus responsabilidades, ese abrazo significa mucho.

Abrazos que cambian la Historia son los que se ha dado el Papa con los Presidentes de Israel y Palestina, Simon Peres y Abu Mazen. Ambos han aceptado la propuesta de Francisco de encontrarse, en Roma, el próximo 6 de junio, para celebrar una cumbre espiritual de paz.

Los setenta periodistas que acompañaron al Papa en el avión rumbo a Jordania fueron casi testigos directos de las negociaciones que lograron este resultado. Entre ellos, se encontraba uno de los propiciadores del acuerdo, Henrique Cymerman, periodista de origen luso-español, corresponsal en Israel de Antena-3 y del diario La Vanguardia. Cuando Francisco le saludó, al igual que sus colegas, le dijo: «Adelante, me gusta la idea, tienes carta blanca para eso». Luego, cuando volvió a pasar a su lado, añadió: «En dos semanas». Aunque nos costaba creerlo, se estaba organizando, en tiempo real, la cumbre que, por primera vez, mete de lleno la dimensión espiritual en las negociaciones de paz en Oriente Medio.

En esta ocasión, quien convoca no será el emperador del planeta, con el ejército más poderoso. Esta vez, quien invita es un hombre que sólo puede utilizar como herramienta de presión la conciencia moral de los líderes políticos. Desde un principio se notaba que la propuesta del Papa tenía buena acogida entre los líderes palestinos e israelíes. Pero había un problema. Era demasiado tarde. Simon Peres, el Premio Nobel de la Paz, concluye su mandato a finales del próximo julio, y los últimos días de su mandato tenían una agenda institucional complicadísima. ¿Cómo organizar una cumbre en tan poco tiempo? Pero, al mismo tiempo, ¿cómo perder esta oportunidad que posiblemente sea única?

Un esfuerzo personal del Papa

El Papa movilizó a todos sus contactos personales por responsabilidad no sólo ante estos dos pueblos que habitan en la tierra de Jesús, sino también por las implicaciones que el conflicto tiene en todo el cercano Oriente y en las relaciones internacionales. Había que jugarse el todo por el todo para que la idea saliera.

No será un encuentro como esos de Washington, en el que los representantes negocian por la noche hasta el agotamiento un pedazo de tierra, un acceso a telecomunicaciones, o préstamos internacionales. Al regresar a Roma, al ofrecer una espontánea rueda de prensa a los periodistas, él mismo lo explicó: «Los gestos más auténticos son los que no se piensan. Yo había pensado que se podía hacer algo, pero entre los gestos concretos que he realizado ninguno había sido pensado de este modo. La invitación a los dos Presidentes se había pensado que podía tener lugar allí, durante el viaje. Pero había muchos problemas logísticos. Muchísimos. No era fácil escoger el territorio en el que se debía realizar. Al final, surgió la idea de la invitación. Y espero que salga bien. Pero no eran gestos que yo había pensado. A mí esto me surge como algo espontáneo. Aclaremos lo que será el encuentro en el Vaticano. Será un encuentro de oración, no será un encuentro de mediación. Nos reuniremos con los dos Presidentes para rezar, nada más. Y yo creo que la oración es importante. Esto ayuda. Después todos regresan a casa. Participará un rabino, un islámico, y participaré yo. He pedido que organice las cuestiones prácticas al custodio de Tierra Santa», el fraile franciscano Pierbattista Pizzaballa.

El Papa con Mahmoud Abbas, Presidente de Palestina, en Belén, el domingo 25

Jerusalén, la ciudad de paz de las tres religiones

En las negociaciones de paz, una de las cuestiones más complicadas es la cuestión de Jerusalén como capital del futuro Estado palestino que debería reconocer la comunidad internacional al culminar el proceso de paz.

Los periodistas le preguntaron al Papa en el avión cuál era su posición: «Hay muchas propuestas sobre la cuestión de Jerusalén. La Iglesia católica, el Vaticano, tiene su posición desde el punto de vista religioso: una ciudad de la paz para las tres religiones. Las medidas concretas a favor de la paz deben negociarse, quizá se decidirá que un parte se convierta en capital de un Estado, y la otra del otro… Pero no me siento con la competencia para decir que se haga esto o lo otro. Sería una locura por mi parte. Creo que hay que entrar con fraternidad, con confianza mutua, en el camino de la negociación. Hace falta valentía. Y yo rezo mucho al Señor para que estos dos Presidentes tengan el valor para seguir adelante. Sobre Jerusalén, lo único que digo es que debe ser la ciudad de paz de las tres religiones».

¡Me siento bienaventurado!

El Papa había dejado este mensaje al Presidente Peres durante su encuentro en Jerusalén. La sintonía no podía ser mejor. El diálogo espontáneo entre estos dos testigos de la paz fue una auténtica gozada. Peres hablaba en hebreo, el Papa en italiano.

El Pontífice, con una pequeña sonrisa, reconoció al Presidente que, en ese momento, quería «inventar una nueva Bienaventuranza, que me aplico hoy, en este momento: Bienaventurado el que entra en la casa de un hombre sabio y bueno. ¡Y yo me siento bienaventurado!» Y como mirándose alrededor, también le dijo: «¡Que Jerusalén se convierta en la ciudad de la paz!».

Un diálogo igualmente franco y confiado había mantenido antes con el gran muftí, jeque Muhamad Ahmad Hussein, en la explanada de las Tres Mezquitas. Francisco se dirigió a los representantes musulmanes definiéndolos «amigos, queridos hermanos». Y añadió: «¡Que nadie instrumentalice para la violencia el nombre de Dios! ¡Trabajemos juntos por la justicia y la paz! ¡Salam!».

Otro gesto inesperado dio credibilidad a esta propuesta del Papa. Su visita al muro de cemento construido por Israel para separar a los territorios palestinos, y que tantos sufrimientos e inconvenientes ha provocado para la vida diaria de sus habitantes, comunicó mucho más que mil palabras. Fue una manera silenciosa de mostrar al mundo que los muros de separación surgen cuando antes se han levantado muros de incomprensión entre los corazones.

El Papa abraza a Simon Peres, Presidente de Israel, en Jerusalén, el pasado lunes

Abrazo ecuménico

La otra cara de la moneda de este viaje, su primera y fundamental razón de ser, queda sintetizada también en otro abrazo: el gesto de fraternidad entre el Patriarca ecuménico de Constantinopla y el Papa de Roma en el Santo Sepulcro, testigo de la resurrección de Jesús. En ese lugar, que desde hace siglos separa a los cristianos divididos por cismas, por primera vez en la historia unió a todas las Iglesias cristianas de Tierra Santa: católicos, greco-ortodoxos, armenios, siríacos, coptos, abisinos, y otras confesiones.

También en esta ocasión, el Papa sorprendió con sus gestos inesperados que comunican más que mil discursos. Francisco besó la mano del Patriarca ecuménico Bartolomé. Se trata de un gesto que nunca antes había realizado el Papa y que viola todas las normas del protocolo vaticano. En realidad, el Pontífice lo ha realizado en el pasado también cuando recibe en su residencia de Santa Marta a algún sacerdote anciano.

Hace unos meses, explicó que este gestos de humildad refleja la imagen de un Dios que, en Jesús, se abajó, se aniquiló y se hizo «siervo, a pesar de que era Señor». Estos gestos sencillos y directos tienen un efecto desarmante. En esta ocasión, el Papa hizo de esta expresión una profecía para el futuro del ecumenismo. El Papa, a quien los ortodoxos ven desde hace mil años como un representante del mundo occidental, en ocasiones con connotaciones políticas, mostraba veneración y respeto hacia el hermano separado.

Si de Francisco y Bartolomé dependiera, seguramente habrían dado pasos aún más decididos en la superación del cisma del año 1054. Ahora bien, los dos saben muy bien que la unidad plena entre los ortodoxos y los católicos requiere consenso a todos los niveles: teológico y también jurisdiccional. A nivel teológico, para comprender y vivir de manera práctica la comunión dentro de la Iglesia; a nivel jurisdiccional, para comprender y vivir de manera compartida el primado del obispo de Roma y de los obispos en el mundo.

Al regresar a Roma, el Papa reveló a los periodistas que, «con Bartolomé, hemos hablado de la unidad, que se hace por la calle, en el camino. No podremos hacer nunca la unidad en un congreso de teología. Me confirmó que Atenágoras le dijo verdaderamente a Pablo VI: Metamos a todos los teólogos en una isla, y nosotros avancemos juntos».

Para el Papa, el ecumenismo, la búsqueda de la unidad plena entre los cristianos, no es algo que se reduce a las teorías, sino, ante todo y sobre todo, una cuestión de vida concreta. «Tenemos que ayudarnos, por ejemplo, con las iglesias. También en Roma muchos ortodoxos utilizan iglesias católicas». El mismo Santo Padre reveló que los dos líderes cristianos hablaron del concilio panortodoxo, que Bartolomé ha convocado en Estambul para el año 2016 y que continuamente experimenta dificultades a causa de las divisiones políticas entre las Iglesias ortodoxas, particularmente entre el Patriarcado de Constantinopla y el de Moscú.

El Papa Francisco y el Patriarca Bartolomé besan la losa de la unción, en el Santo Sepulcro de Jerusalén, el pasado domingo

Una sola Pascua de Resurrección

Otro tema que conversaron en los diferentes encuentros privados que Jerusalén brindó al Patriarca y al Papa fue el de la búsqueda de un acuerdo para que los católicos y los ortodoxos celebren la fiesta de Pascua, la resurrección de Jesús, en el mismo día. Hoy día los calendarios litúrgicos son diversos.

El mismo Pontífice reconoció ante los periodistas: «Es algo ridículo: Dime, tu Cristo, ¿cuándo resucita? El mío la semana próxima. -El mío, por el contrario, la semana pasada».

Francisco siguió reconociendo que, «con Bartolomé, hablamos como hermanos, nos queremos, nos contamos las dificultades de nuestro gobierno. Hemos hablado bastante de ecología, de hacer juntos un trabajo conjunto sobre este problema».

La paz en el mundo y la paz entre los cristianos, el ecumenismo, han cobrado un nuevo impulso tras los dos abrazos del Papa en Jerusalén. El camino que sigue será difícil, pero Francisco seguirá echando mano a la espontaneidad. Una espontaneidad que más bien es libertad de espíritu para superar prejuicios y convenciones anquilosadas.