Depredación digital de la persona - Alfa y Omega

El asalto algorítmico a la identidad personal, o antropopiratería, mediante el cual la tecnología es capaz de hablar en nuestro nombre, suplantar nuestra presencia y atribuirnos ideas o discursos que jamás hemos expresado, constituye una nueva forma de vulneración de la dignidad humana que es preciso conocer y analizar en la era de la Inteligencia Artificial (IA).

Hace unos días me enviaron un vídeo aparentemente protagonizado por monseñor Munilla titulado A los 80 esto te pasará te guste o no. Quien me lo remitió destacaba el interés de algunas cuestiones relacionadas con la salud. Al escucharlo, mi sorpresa fue mayúscula. El contenido no resultaba problemático por promover la prevención o el cuidado de la salud, algo sin duda positivo, mi asombro se debía a que parecía expresar una mentalidad cada vez más extendida en Occidente: una antropología implícita próxima a ciertas corrientes espiritualistas contemporáneas, donde el bienestar físico se convierte en valor supremo. Resonaban en él algunos planteamientos propios del sincretismo de la Nueva Era, caracterizados por una visión holística de la salud que, en ocasiones, corre el riesgo de atribuir al cuerpo y a la longevidad una importancia excesiva, cercana a una auténtica sacralización de la salud, a la sustitución de Dios por la salud y de la salvación por el bienestar.

La usurpación de la personalidad, la depravación digital, los bulos, mentiras, o la sobreabundancia de información mezclando lo que puede ser veraz o falsa, que la OMS ha llamado infodemia, se viene realizando desde hace tiempo; políticos, gente famosa, personas con prestigio, religiosos, incluso personas relativamente anónimas que ven y escuchan cosas que nunca dijeron ni pensaron, indefensos. La usurpación digital de la personalidad aún no constituye en España un delito autónomo tipificado, aunque su creciente impacto demuestra la necesidad de una regulación específica. No obstante, la usurpación de identidad puede encajar en el artículo 401 del Código Penal, mientras que los deepfakes y la clonación de voz pueden generar responsabilidad civil.

Algunos contemplan estos contenidos con diversión, especialmente cuando afectan a personas con las que discrepan ideológicamente, e incluso pueden llegar a pensar que “algo de verdad habrá”. Sin embargo, el daño que producen es profundo. No solo vulneran los derechos y la dignidad de quienes son suplantados o difamados, sino que erosionan progresivamente la confianza en las personas y en las instituciones.

Quienes fabrican engaños y difunden bulos buscan sembrar la sospecha y destruir la confianza. Primero se deja de creer en un político, después en otro; más tarde en la democracia, en los científicos, en los sacerdotes, en los cardenales, en la religión y, finalmente, en la propia sociedad. Así surge el nihilismo cognitivo: la pérdida de confianza en la verdad, en los valores y, en los casos más extremos, incluso en Dios. Cuando una sociedad deja de creer en la verdad, se resquebraja uno de los pilares esenciales de la convivencia. Recuperar la confianza es posible; destruirla, lamentablemente, resulta mucho más fácil.

Dice el papa León XIV en Magnifica Humanitas (MH 132): «El uso de las plataformas digitales y los sistemas de IA acelera los profundos cambios en la comunicación pública y política. Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre los verdadero falso, mezclando datos y opiniones. La desinformación nos surge con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador. Las posibilidades de manipular contenidos, imágenes y vídeos expone a los ciudadanos a perspectivas parciales son dañosas. El problema afecta la dimensión cultural y moral, ya que la calidad de la comunicación pública depende directamente de la confianza social y repercuten ella».

El problema más profundo de la antropopiratería no es solo la suplantación de identidades concretas, sino la erosión de la confianza en la verdad, que puede desembocar en una auténtica sociedad de la sospecha digital. Cuando cualquier imagen, voz o testimonio puede ser artificialmente fabricado, la verdad deja de ser reconocible y la confianza, fundamento de la convivencia humana, comienza a desmoronarse. Sin confianza en lo que es verdadero, se debilitan las relaciones personales, las instituciones democráticas y la vida común; se pierde la esperanza, se restringe la libertad y se abre paso el nihilismo cognitivo.

La fidelidad a la verdad exige integrar las posibilidades que ofrece la técnica, en un camino de sabiduría, capaz de custodiar juntos, la dignidad de cada persona y el futuro de nuestra casa común (MH 237).