Non sufficit orbis (El mundo no es suficiente)

Al inicio de la Unión Íbera (1580-1640) Felipe II de España y I de Portugal acuñó como lema: Non sufficit orbis («el mundo no es suficiente» o «el orbe no basta»). Curiosamente este será el título de una de las películas de la saga de James Bond, la decimonovena, en 1999, The World Is Not Enough. Al finalizar la unión de las coronas de Portugal y España, y coincidiendo con el I Centenario de la fundación de la Compañía de Jesús, esta retomó y reformuló la divisa del monarca ibérico para convertirla en Unus non sufficit orbis («un solo mundo no es suficiente»). En el caso de los jesuitas lo vincularon con la misión universal que ellos querían llevar a cabo desde la época de su fundador, san Ignacio de Loyola, y que su colaborador Jerónimo Nadal resumió con la frase «el mundo es nuestra casa».

A mi juicio, aunque evidentemente Felipe II y James Bond y Su Graciosa Majestad querían controlar el mundo —también la Compañía de Jesús o al menos de eso la acusaron para justificar su expulsión—, pienso que la monarquía hispánica quiso ir «más allá» (el Plus ultra de Carlos I) y crear realmente una unión donde cada territorio tuviera su independencia —aunque unidos por un monarca—, una lengua que vertebrara pero que no anulara las propias de cada comunidad y una misma fe.

La heredera de este proyecto es la actual comunidad iberoamericana que no solo se restringe a los territorios americanos sino a todos aquellos que discuten, negocian, aman o rezan en portugués o español. Y esto lo encontramos en los territorios lusófonos o de habla española —con reconocimiento oficial Guinea ecuatorial o el Sáhara Occidental— en África, en las Islas Filipinas —español— o en Macao en la República Popular de China o Timor Oriental —portugués—.

Tampoco olvidemos que en Estados Unidos hay más gente que reza a Dios en español o portugués que en España o Portugal. De hecho, algunos dicen que el Papa León XIV quiere redefinir la comunidad latinoamericana y no restringirla solamente a los territorios geográficos sino abrirla a las comunidades lingüísticas; por cómo se dirigen en la oración al Creador.

Esta semana en España tenemos la oportunidad de reflexionar sobre esta gran comunidad global que abarca al menos a setecientos millones de personas a propósito de la XXX Cumbre Iberoamericana que tendrá lugar en Madrid. Pero también porque estaremos atentos al primer viaje iberoamericano de León XIV a Uruguay, Argentina y Perú.

A ello nos ayudarán, además de los actos oficiales de la propia Cumbre, multitud de encuentros paralelos auspiciados por instituciones muy diversas. Destaco el encuentro luso-hispano organizado por la Academia Portuguesa da História, el Instituto Camôes y el Observatorio Diego de Pantoja, junto a otras instituciones, el 4 de noviembre en la iglesia de San Antonio de los Alemanes (antigua iglesia de la comunidad portuguesa en tiempos de la Unión Íbera) y la Real Hermandad del Refugio —de acceso libre—. O la Cumbre de Expedicionarios Miguel de la Quadra Salcedo en Casa América el 5 de noviembre con asistencia de los organismos internacionales iberoamericanos.

Creo que nos conviene caer por un momento en la cuenta de la divisa que impulsó el rey Felipe II y que continuó la Compañía de Jesús. Porque los monarcas hispano-lusos no buscaban solo un poder mundial, sino que se sabían llamados a crear una comunidad global que trascendiera lo material —evidentemente es una interpretación discutible—. De aquí que el mundo no fuera suficiente, pues había que aspirar a algo más allá. Y es que además estaban legitimados por la propia Iglesia a través de la concesión que los sucesivos Papas les otorgaron con el Patronato regio y el Padrôa. Su misión era entendida por ellos mismos como sacerdotal, es decir, como mediadora entre Dios y los hombres. Se comprende que cuando se produjo la separación de Estados otra institución con poder global, la Compañía de Jesús, intentara tomar el testigo de la monarquía hispánica con su misión evangelizadora.

Los líderes iberoamericanos se reunirán en estos días bajo otro lema (divisa): Iberoamérica. Juntos construimos nuestra Comunidad. Juntos la proyectamos hacia el futuro y hacia el presente. No exageramos si afirmamos que se encuentra en consonancia con la invitación que hace el Papa León a toda la humanidad en su encíclica Magnifica humanitas: «Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad. Queremos identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos» (n. 2).

Cinco siglos diferencian los lemas de los todopoderosos Austrias y el de los actuales líderes iberoamericanos, pero, sin embargo, les une el intentar construir un futuro más humano. La monarquía hispánica consiguió con su deseo de trascender el mundo cohesionar unos territorios y unas gentes que a pesar de los cambios de regímenes y los vaivenes de la historia se sienten una comunidad hermana a día de hoy. Ojalá que los actuales líderes consigan proyectarnos juntos «hacia el futuro y hacia el presente». Tal vez no les iría mal recordar que Non sufficit orbis.