En el primer centenario de la ordenación de obispos chinos en Roma - Alfa y Omega

En la fiesta del apóstol Judas Tadeo —evangelizador de Oriente—, el próximo 28 de octubre, vamos a conmemorar el aniversario de ordenación de seis obispos chinos en la basílica de San Pedro por Pío XI. La ordenación de estos sacerdotes diocesanos, paúles, jesuitas y franciscanos fue el fruto más elocuente del Concilio Plenario de la Iglesia Católica de China celebrado en Shanghái en 1924.

Y entendamos que el Concilio sinense estaba en continuidad con los que se convocaban en la misma época en otros países también llamados de misión (por los europeos); de manera muy especial en la América de raíz hispana.

La ordenación fue consecuencia de la aplicación de la carta apostólica Maximum illud de Benedicto XV, signada en 1919. El documento pidió romper con el eurocentrismo católico que de facto existía, promover el estado de misión universal en toda la Iglesia y desarrollar un auténtico clero nativo (indígena) en los países considerados de misión, de modo que no dependieran de los misioneros extranjeros. Con ello, Benedicto quiso evitar que la Iglesia cayera en la tentación de la colonización que desde el siglo XIX habían llevado a cabo los países europeos y Estados Unidos y que se intensificaba en África y Asia tras la Primera Guerra Mundial. El Papa también urgió a la propia Iglesia a evitar las acciones que la igualaran a una potencia colonial extranjera, pues su tarea siempre fue la de predicar el Evangelio. De aquí la importancia y lo simbólico de esta ordenación en la propia Roma.

Encabezados por el representante pontificio en China, Celso Constantini, promotor de este concilio chino, llegó a Roma el grupo de sacerdotes nativos. Tras su ordenación, realizaron todo un recorrido europeo, que en cierto modo les ayudó a conocer la identidad de los misioneros que evangelizaron grandes partes de su país.

Creo que la importancia de esta ordenación es que demostró ante el mundo que era el Papa quien gobernaba a la Iglesia y no las potencias coloniales, como en ese momento sucedía en China. Además, se quiso reafirmar que la Iglesia en China ya no estaba controlada por estados europeos, como Portugal con su Padroâo, y posteriormente por los pertenecientes a la Alianza de las Ocho Naciones en el siglo XIX.

El propio Pontífice comunicó a la Iglesia en China que a estos nuevos obispos se les encomendó ser la cabeza de diferentes vicariatos apostólicos. En cierto sentido, fue en 1926 cuando comenzó la sinización de la Iglesia en China. Aunque no olvidemos que el primer obispo chino fue Luo Wenzao [Gregorio López], en 1685, formado como sacerdote por los dominicos españoles en Filipinas. 

El nombramiento de estos obispos lo realizó el Papa con su carta apostólica Ab ipsis pontificatus primordiis en junio de 1926, dirigida a los vicarios y prefectos apostólicos de China. Junto al nombramiento, el Sucesor de Pedro quiso derogar los derechos de extraterritorialidad y protectorado que los países extranjeros tenían sobre territorios chinos y que consideraban colonias. De manera muy especial, esta protección la ejercía Francia.

El Obispo de Roma era muy consciente de que, en la realidad, el hecho de estar bautizado en China suponía que se debían rendir cuentas ante las autoridades francesas y no ante las locales. Y debemos tener en cuenta que los tribunales franceses estaban en Shanghái, que las comunicaciones eran malas y que China es inmensa, por lo que no era infrecuente que las infracciones cometidas por un bautizado quedaran impunes al no poder acudir al tribunal francés.

Pío XI quiso corregir los abusos que se cometían en China y que se justificaban en muchas ocasiones en nombre de la fe católica. Se desligaba así de las prácticas colonialistas y buscaba garantizar la libertad e independencia de la fe.

Sin embargo, estos abusos históricos han llevado a identificar muchas veces lo católico con una ideología extranjera y como un elemento de control social por el país invasor. Y esto fue tolerado y promovido por realidades y personalidades eclesiales en China (y fuera de ella) durante el siglo XIX y XX. ¡Tenemos que reconocerlo!

Se entiende así el esfuerzo de Pío XI por corregir estos abusos que tanto daño han hecho al catolicismo en China. Y que en la misma línea se expresara el Papa Francisco en su viaje a Mongolia en el 2023 al pedir «a los católicos chinos que sean buenos cristianos y buenos ciudadanos». 

A mi juicio, la ordenación de los obispos chinos en Roma fue un acto de reconocimiento de la Iglesia a la propia identidad de China y, a la vez, de defensa del catolicismo ante la utilización como arma de colonización por parte de poderes civiles.