Trabaja en el Vaticano y desde 2017 camina de Roma a Jerusalén por la unidad de los cristianos

Trabaja en el Vaticano y desde 2017 camina de Roma a Jerusalén por la unidad de los cristianos

Hyacinthe Destivelle lleva doce años dedicando sus veranos a peregrinar a pie. Cuando llegó a Estambul, el patriarca ecuménico le retó a llegar a Jerusalén. Su próximo reto será cruzar Siria y el Líbano

María Martínez López
El patriarca Bartolomé le sugirió seguir hacia Jerusalén. Foto: cedida por Hyacinthe Destivelle.
El patriarca Bartolomé le sugirió seguir hacia Jerusalén. Foto: cedida por Hyacinthe Destivelle.

Durante el curso, el dominico francés Hyacinthe Destivelle es uno de los responsables del diálogo con las Iglesias ortodoxas en el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Pero cada verano, aparca las reuniones y los complicados documentos teológicos para peregrinar durante varios días, solo y a pie, por los caminos de Oriente Medio, de Roma a Jerusalén.

Dos viajes que comenzaron casi a la vez: cuando lo nombraron en 2013 y llegó a Roma desde su anterior destino, en San Petersburgo (Rusia). Se preguntó dónde hacer su retiro anual. «Yo soy el camino», sintió como inspiración. En 2014 empezó por la Vía Francígena, que unía Canterbury (Inglaterra) con Roma. Llegó en 2016, y en 2017 decidió continuar por la Vía Francígena del Sur hasta Bríndisi.

No niega que a veces se ha sentido desamparado al caminar solo. Foto: cedida por Hyacinthe Destivelle.
No niega que a veces se ha sentido desamparado al caminar solo. Foto: cedida por Hyacinthe Destivelle.

Allí, en la comunidad de Bose, se enteró de la existencia de la Vía Egnazia, que atravesaba Apulia (el tacón de la bota de la península itálica) hacia la antigua Bizancio, actual Estambul. Esta se convirtió en su nueva meta a partir de 2019. 

La pandemia no lo frenó. En julio de 2020, tomó uno de los pocos vuelos que había a Ohrid, en Macedonia del Norte, y caminó hasta la frontera con Grecia. Aunque «estaba oficialmente cerrada, pude cruzarla a pie» y continuar hasta Edesa y Tesalónica, cuna de los santos Cirilo y Metodio, cuenta a Alfa y Omega. 

Al llegar a Estambul en 2022, Destivelle solicitó una audiencia con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé, al que ya conocía. «Para mí, Estambul era el final de mi recorrido. Pero el patriarca me dijo: “¿Por qué no ir hasta Jerusalén?”». Desde entonces, ha estado recorriendo Turquía.

¿Cómo cruzará Siria y el Líbano?

Hace unas semanas, terminó la etapa de este año en Yayladagi, en la frontera con Siria. «Desde ahí me gustaría seguir el viaje el año que viene. Necesitaré un visado de salida para dejar Turquía a pie y otro para entrar en Siria». Espera poder alojarse en un monasterio siriaco cercano, y luego continuar por la costa hacia Latakia, Tartus y el Líbano. 

A pesar de las dificultades que viven estos países, prefiere ver el vaso medio lleno. «Allí hay más comunidades cristianas que en Turquía, así que creo que será mucho más fácil encontrar alojamiento por las noches». 

Aunque hasta ahora no le ha ido mal. «Si hay lugares cristianos, les pido hospitalidad. A veces, descubro esos lugares sobre la marcha, como ocurrió con los frailes capuchinos indios en Antakia, o con un fraile marista en Tarso». Si no conoce o encuentra una iglesia o monasterio, pregunta en el bar del pueblo. «Siempre se encuentra a alguien: es la experiencia de una providencia total. A menudo quieren ofrecerme un té y algo de comer».

Mapa del itinerario que ha seguido desde Roma. Foto: Hyacinthe Destivelle.
Mapa del itinerario que ha seguido desde Roma. Foto: Hyacinthe Destivelle.

En Turquía, a menudo ha pedido hospitalidad en las mezquitas. «Uno de los imanes, al acogerme para pasar la noche en la mezquita, me mostró el versículo del Corán en el que se dice que hay que acoger al peregrino. Y me recibieron muy bien». En ese templo, se quedó al fondo rezando el oficio de lecturas. La experiencia «me hizo sentir una cierta comunión, diría que cercanía espiritual, con los musulmanes».   

Cientos de kilómetros solo

Más impactante es la experiencia de caminar solo durante cientos de kilómetros. «A veces me preguntaba si no sería imprudente, sobre todo en algunos tramos del camino expuestos en las montañas o cuando me encontraba con perros abandonados». 

Estos tiempos, unas diez horas diarias, los dedica a rezar «por quienes me han pedido una oración y por mi conversión. Pero desde el principio mi principal intención de oración es la unidad de los cristianos». Y lo hace de la mano de san Pablo, cuyos pasos en buena medida está siguiendo: Roma, Macedonia, Tesalónica, Filipos, Iconio, Tarso, Antioquía y, espera, Damasco. 

«Voy releyendo sus epístolas mientras camino. Es el apóstol de la unidad, que buscó generar unidad en su propio interior y con Cristo, y que trabajo incansablemente por la unidad de las Iglesias». Por eso, explica, el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos concluya en el día en que se conmemora su conversión. 

Dedica buena parte de las diez horas diarias de camino a la oración. Foto: Hyacinthe Destivelle.
Dedica buena parte de las diez horas diarias de camino a la oración. Foto: Hyacinthe Destivelle.

¿Qué hará al llegar a Jerusalén?

Si consigue llegar a Jerusalén, «lo primero que haré, por supuesto, será ir al Santo Sepulcro y rezar en el lugar de la muerte y resurrección de Jesucristo». Con todo, señala que «en cierto sentido, no es el destino de mi viaje lo que importa: el destino está a lo largo del camino». 

«La gracia de una peregrinación así», explica, «está en primer lugar en el viaje interior que caminar posibilita. Pero también en los incontables encuentros que jalonan la ruta». En este sentido, «atesoro el recuerdo de todos aquellos que fraternalmente me han abierto las puertas». 

Por ejemplo, «hace dos años, un hombre musulmán con su puesto de frutas y verduras en el camino quería a toda costa hablar conmigo y ofrecerme sus frutos. Me dijo una frase que se me ha quedado grabada en la memoria: “Si todo viene de Dios, lo único que importa es compartir”».

Y de camino a Konya (antigua Iconio), un hombre «dio la vuelta para venir a buscarme» en coche. Cuando le explicó que su objetivo era precisamente caminar, «me dio su número de teléfono y me dijo que le avisara por la noche al llegar, porque quería invitarme a cenar. Y así fue».

Todas estas experiencias han contribuido a cambiar su visión del ecumenismo. «El caminar me lleva a ver la labor ecuménica en primer lugar como un viaje, una peregrinación. La meta, la unidad, no está al final del camino sino a lo largo de este, mientras caminamos».