10 de octubre: santo Tomás de Villanueva, el obispo que donó su cama a su criado y se la pidió para morir
Uno de los santos preferidos de León XIV es un agustino místico y caritativo al mismo tiempo. Confesor de Carlos I y obispo de Valencia a su pesar, santo Tomás de Villanueva donó todas sus posesiones a los pobres antes de morir
«Santo Tomás de Villanueva emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a la perseverancia en la oración, en la vida de caridad y en la obediencia». Con estas palabras a los jóvenes en la plaza de Lima, en junio, León XIV, que dio un testimonio personal acerca de la influencia del santo agustino en su vida, reconociendo que «su ardiente caridad me ha alentado en los momentos de prueba y en los momentos de servicio».
Tomás nació en Fuenllana, en la provincia de Ciudad Real, el año 1486. Iba a nacer en su pueblo, Villanueva de los Infantes, pero una epidemia de peste aconsejó a sus padres mudarse para su llegada al mundo. El caso es que muchos vieron un signo de predestinación cuando la enfermedad desapareció del pueblo el día de su nacimiento.
En Villanueva fue al colegio que llevaban los franciscanos, lo cual marcó quizá su sensibilidad hacia los pobres. De hecho, aunque su familia no pasaba necesidad, al niño se le veía a menudo en el pueblo falto de ropa adecuada, pues había donado todo lo posible a los menesterosos. En una ocasión, cuando algunos de ellos llamaron a su puerta pidiendo limosna, al no tener nada que darles, Tomás les regaló todos los pollos del corral familiar.
Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, donde obtuvo el título de Maestro en Artes. Por lo visto, el centro incluso le ofreció una cátedra al acabar su formación. Sin embargo, él tenía otros planes: en 1516 viajó a Salamanca y allí ingresó en el convento de San Agustín, recibiendo la ordenación sacerdotal tan solo dos años más tarde.
Los años siguientes vieron a Tomás de Villanueva ocupando cargos de cada vez más responsabilidad en el seno de los agustinos. En todas las casas en las que estuvo procuró fomentar tanto la vida de comunidad como el espíritu misionero que había abierto la conquista de América. Fue prior conventual, visitador general y prior provincial de Andalucía y Castilla, y también fue profesor de universidad y confesor del rey Carlos I, quien admiraba del santo el particular don de oratoria y de piedad que desplegaba en sus homilías.
En 1544 fue propuesto como arzobispo de Valencia, pese a que dicha responsabilidad le resultaba en principio demasiado para él. La diócesis levantina llevaba un siglo sin un obispo residencial y exigía un esfuerzo ímprobo levantarla de nuevo. Poco a poco, Villanueva fue visitando todas las parroquias, una a una, y cuando acabó convocó un sínodo diocesano para reavivar la comunión. Concienciado de la labor de los sacerdotes y de su formación, creó un colegio diocesano a modo de seminario, una iniciativa novedosa en esos tiempos, que poco años más tarde propuso para toda la Iglesia el Concilio de Trento.
Su especial predilección por los pobres también la cuidó durante sus años en Valencia. Sus preferidos eran los niños abandonados: publicó un edicto en el que se ofrecía a los padres de niños que no pudiesen cuidar y alimentar para que lo hiciera por ellos el obispo. A tal fin, habilitó una dependencia en el palacio arzobispal para que dejaran allí a los menores, con una campanilla para avisar de que alguien había dejado allí un niño. Al final de su vida, era casi un centenar el número de chavales acogidos por el obispo en su casa.
Con los más pobres
Como buen padre de familia numerosa, hizo sus cuentas y se apretó el cinturón. Redujo al mínimo sus gastos, lo que permitió, además de cuidar a los niños, dar de comer cada día a más de 400 mendigos que acudían a palacio. Y se ocupó de los valencianos más descartados de todos: los moriscos, a quienes la Reconquista había dejado en el estrato social más desfavorecido.
Sin embargo, su bondad natural no le hacía tragar con todo. En 1548 dejó sin sacramentos a toda la ciudad, debido a lo que consideraba un atropello por parte del poder civil, que había detenido a dos clérigos por un delito cuando el fuero explicitaba que debían ser juzgados por la Iglesia. Fueron varios meses de tensión que se resolvieron cuando el virrey de Valencia dio la razón a su obispo.
Esta abundante manifestación de su fe estaba además acompañada por unas intensas vivencias espirituales. Mas de una vez lo vieron arrobarse durante la consagración en la Eucaristía, y en una ocasión llegó a pasarse un día entero suspendido en un delirio místico. Por este motivo, prefería celebrar la Misa en su capilla antes que hacerlo en público.
El santo de Villanueva manifestó varias veces su deseo de morir sin poseer cosa alguna, así que en septiembre de 1555 donó lo poco que le quedaba a los pobres y a los empleados del arzobispado. Su misma cama se la regaló a un criado, al que se la pidió prestada de nuevo solo para morir.